En Blow Out, un ingeniero de sonido que trabaja en películas de terror baratas, mientras graba efectos sonoros, observa cómo un coche en el que viaja una pareja cae desde un puente a un río. A pesar de sus esfuerzos, sólo consigue salvar a la chica. Cuando se entera de que el hombre muerto era un candidato a la Presidencia de la Nación, recuerda haber escuchado un disparo antes del accidente y, entonces, empieza a sospechar que fue un atentado

  • IMDb Rating: 7,4
  • RottenTomatoes: 85%

Película / Subtítulos (Calidad 1080p)

 

El sonido, desde su irrupción en el cine, ha sido el aspecto menos agraciado para la realización de películas, el registro para su reproducción se mantiene como concepto automático, casi primordial a la hora de armar una banda sonora. Sonido ambiente y música, las dos únicas pistas que una película necesita. En otra entrega, hablábamos de la imagen como la parte constitutiva de una película, relegada por la historia, dejada en un segundo plano. Si la imagen no es el motor de una película (al menos en el cine contemporáneo) menos aún lo puede ser el sonido, ni siquiera puede apelar a una construcción dramática que parta de una banda sonora. Algunas películas han hecho un esfuerzo (no hay escape a la narración, por lo visto) por contar una historia en el que el sonido fuese la voz cantante, poseedor de un dramatismo rutilante. Una de ellas es Blow Out (aquí en Argentina conocida como El Sonido de la Muerte), obra maestra de Brian De Palma que pone en primera persona la labor de un sonidista que trabaja para películas de terror clase B. Tras salvar a una joven de un accidente descubre (en una grabación previa al hecho) un indicio sonoro de lo que podría tratarse un asesinato. La joven no viajaba sola sino que acompañaba a un candidato presidencial, dato suficiente para empezar a tejer el entramado “conspiranoide”, propio de la época para los Estados Unidos, tratándose de un film de 1981.

De Palma se preocupa, desde el punto en el que ya hay certezas de que se trató de un crimen, en desnudar los mecanismos utilizados para construir una banda sonora. Aquí el protagonista tiene dos sonidos: el de un disparo y luego el de un neumático que se pincha. La variable temporal que marca una distancia entre un sonido y otro, es la línea recta hacia la idea de un crimen, que desecha la hipótesis tejida hasta el momento, la de un accidente automovilístico. ¿Qué hubiera sucedido si en vez de sonidos hubiera tomado fotografías de ese “accidente”? ¿Valdría en este caso una imagen más que mil sonidos? De Palma sin embargo es consciente de las debilidades del sonido ante el poder de la imagen, mucho más aún si se alía con la historia. De esa manera la elaboración de una estructura policial emerge a modo de sostén, pero la habilidad del director de Snake Eyes surge por encima para potenciar los efectos dramáticos del sonido, y poner su intervención en el nivel del acontecimiento. La imagen aparece para complementar al sonido, y no al revés como lo es habitualmente.

Hay una estela de desencanto que planea Blow Out, y es la de la imagen que parece fortalecer su sombra porque el sonido no es, en definitiva, un material probatorio. Es decir, si pensamos en que el personaje quiere sacar a la luz la conspiración sobre la muerte del político, necesita que una masa le crea y no lo hará sin una imagen (al menos) que lo respalde. Es allí, en ese punto, en el que nos encontramos con todas las frases hechas: “ver para creer”, “una imagen vale más que mil palabras” y otras tantas que conforman un contrato social sobre la creencia, más aún cuando se trata de acontecimientos inesperados, extraordinarios que sucumben un orden preestablecido. ¿Qué pasaría con una Blow Out de segunda década del siglo XXI? ¿Bastaría un montaje como el que hace aquí el protagonista? Probablemente el sonidista sería un agitador, que alteró las imágenes, que armó una banda sonora y que todo pertenece a una campaña para ensuciar el buen nombre de un candidato, que para colmo no puede defenderse. La alteración de una imagen registrada no es algo propio de la tecnología digital ni de sus mecanismos para crear un verosímil que aparece impostado, tan solo han cambiado los métodos pero la dinámica sigue siendo la misma.

El sonido es (y más aún si la industria premia el armado de bandas sonoras de via crucis pertenecientes a personajes como en The Revenant) un aspecto marginal del lenguaje cinematográfico, existente para contribuir con un verosímil, no para narrar, menos aún para experimentar o para liderar un rapto de vanguardia. Para cerrar el círculo de Blow Out -y del propio protagonista-, de todo su periplo para dar a conocer un atentado político no queda más que un grito (tomado de una muerte) para doblar una película clase B. Desencanto, cinismo… Brian De Palma. (Jose Tripodero – LosCuentaHistorias.com)