Año 1940, en plena II Guerra Mundial. En las playas de Dunkirk, cientos de miles de soldados de las tropas británicas y francesas se encuentran rodeados por el avance del ejército alemán, que ha invadido Francia. Atrapados en la playa, con el mar cortándoles el paso, las tropas se enfrentan a una situación angustiosa que empeora a medida que el enemigo se acerca

  • IMDb Rating: 8,3
  • RottenTomatoes: 92%

Película / Subtítulos

Para el cine, lo verosímil no es una verdad establecida ni es un discurso ya pronunciado, así se trate de un género como el histórico. De hecho, según el estudioso Christian Metz, las leyes de un género se obtienen de obras precedentes de dicho género, lo que incluye una serie de textos: nunca un solo discurso.

Esto lo tiene muy presente el importante realizador londinense Christopher Nolan para llevar, a la pantalla grande, un hecho histórico acaecido en la localidad francesa de Dunkirk, durante la Segunda Guerra Mundial, en 1940, que describe el rescate de miles de hombres ante el avance de las fuerzas alemanas.

A partir de que no hay una sola manera de narrar o de contar las cosas (no hay un solo “decible fílmico”), Christopher Nolan nos muestra con su película Dunkirk (2017) que, ante la Historia (con mayúscula), tampoco hay una sola manera de sentir los sucesos: las posibilidades también cambian.

Desde ahí, el argumento de un filme no debe verse de manera unilateral: es solo la primera generalización (incluido el título) de algo que puede suceder de distintas maneras y verse, igual, desde diferentes puntos de vista.

Nolan ha decidido hablar de un hecho histórico con el mayor acercamiento posible al discurso socialmente más aceptado como verdadero, acerca de lo sucedido en Dunkerque, y ha querido hacerlo desde las regiones más afectivas de ese discurso. Por eso, su relato no es para nada aséptico.

Lo que vemos en Dunkirk está cargado de sensibilidad, a tal punto que muchas veces prescinde de diálogos o están abreviados desde el guion (del propio Nolan). Para apreciar o expresarse de tal manera, el director ha escogido la ruta del poder de la imagen. Son las imágenes las que más hablan y nos hacen sentir algo durante el transcurso de la película, con tres situaciones que cada vez se acercan más entre sí y las que se enfrentan a un enemigo del que –podemos decir– es el gran ausente de las imágenes: los alemanes (¡excelente este concepto de la amenaza invisible!).

De esa manera, la imagen se antepone a la palabra propiamente dicha y se refuerza con la eficacia de una inmejorable fotografía y de una música siempre justa como subrayado de lo que vemos. Desde allí, Dunkirk es película visceralmente emotiva, es inevitable: nos llega siempre adentro de los propios sentidos.

En manos de Christopher Nolan, las imágenes se convierten en parte del conocimiento que nos da el filme, además de la emoción que obtenemos de ese conocimiento: es la justa percepción del sentimiento humano vivido allá en Dunkerque, donde lo épico se confundió con el dolor, con el miedo, con la ansiedad, con la nostalgia, con la alegría y con la muerte.

El sentido coral de tres acontecimientos nunca anula el exacto diseño de personajes y, con ello, los actores se compenetran con esos sus personajes, no para “interpretar”, sino para vivir y hacernos vivir la esencia de la película: lo emocional. Dunkirk es filme que nos hace sentir “la sustancia del contenido” (expresión del lingüista danés Louis Hjelmslev). De esa manera, no importa el plano cinematográfico en que se manifiesten las imágenes: la plasticidad extraordinaria de ellas se comporta como un sistema de signos.

Es exquisito ver este trabajo de Christopher Nolan como propuesta “sígnica” ante un hecho histórico: los signos vibran en sus imágenes (inolvidable ver la participación de los civiles en ayuda de los jóvenes soldados). (William Vanegas – Nación.com)