Coco ha trabajado toda su vida en una estación de servicio, pero cuando ésta se vende, se queda sin trabajo. Desocupado y sin muchas expectativas, sobrevive intentando vender cuchillos artesanales que él mismo fabrica. El perro, un excelente dogo de pura raza acabará convirtiéndose no sólo en su amigo, sino en la única esperanza de una vida mejor.

Premio Especial de la Crítica (Festival de San Sebastián 2004)

  • IMDB Rating: 7,1
  • Rottentomatoes: 83%

Película

En el horizonte cinematográfico de fines de los ’90 y principios del 2000, una nueva generación de directores (mal llamada en sus inicios “nuevo cine argentino”) renovó en términos estéticos y temáticos una década viciada por el peor costumbrismo, el anquilosamiento temático y una carente audacia narrativa. La búsqueda de nuevos códigos estilísticos y la desestructuración de un realismo obsoleto dio como resultado una identidad emparentada directamente con la antológica “generación del ’60”, que también había activado un cambió enérgico dentro del panorama nacional.

Dentro de este marco Carlos Sorín estrenó Historias mínimas (2002), film que estaba en relación con las producciones de la nueva “generación del ’90”. Pero su creador, si bien compartía interrogaciones estéticas, no era parte de dicha generación sino anterior a ella. Su opera prima La película del rey data de 1986, y le abrió las puertas para rodar con capitales norteamericanos (de ahí su paso en falso del ’89, Eterna sonrisa de New Jersey). Luego sobrevino un silencio (llámese cine publicitario) de trece años que culminaría en 2002 con un consenso de crítica y público, además de la acumulación de premios a nivel nacional e internacional.

El Perro sigue a rajatablas la propuesta de Historias mínimas. Sorín ubica la historia de Juan Villegas y el perro Bombón en la Patagonia, como lo hiciera con sus tres películas anteriores. Un paraje desolado, de largos recorridos ausentes, donde el tiempo parece detenerse tras un silencio sepulcral. Rasgos que se hermanan con las criaturas que suele moldear el director: personajes cotidianos, solitarios –pero no por opción– que buscan con timidez una compañía para aplacar la soledad. Las supuestas trivialidades y los encuentros (casuales o no) son precisos dentro de la propuesta. Los devenires en la vida de los personajes se muestran como infinitos pliegues que esquivan todo determinismo. El destino, si bien incierto, nunca es del todo pesimista. Le Chien (posteriormente Bombón) es algo más que un compañero de viaje; es una fuente de trabajo para un desocupado de cincuenta y tantos años que se las arregla vendiendo cuchillos artesanales. Sorín parece haber encontrado su lugar en el mundo y allí desplaza sus piezas con un infinito amor (algo no tan común en el cine actual).

Lejos del pintoresquismo, fuerte tentación de los paisajes del sur, la película El Perro toma energía de su protagonista y de la empatía que contagian sus aventuras. Como don Galván (protagonista de La mecha), Juan Villegas se plantea como un prototipo altruista caído en desgracia pero no carente de esperanza. El hecho de ser un actor no profesional lo hace aun más diáfano y lo acerca más a una puesta hiperrealista que se hace deudora tanto del cinéma vérité como del clasicismo (el uso de la música, de la estructura secuencial y de la puesta de cámara en favor de la emoción y el sentimiento así lo sugieren).

El cine de Sorín no se basa en grandilocuencias o efectismos; es un largo peregrinaje que encuentra en las pequeñas anécdotas, casi efímeras, su razón de ser. Pero aquí la anécdota ya prefigurada en Historias mínimas es el centro absoluto del relato. Lo que antes era un abanico de personajes que se entrelazaban “equitativamente” ahora se reduce a las figuras de Villegas y Donado (un amaestrador atractivo pero algo estilizado), que funcionan a modo de contrapunto. Esta apuesta a la linealidad gana en la identificación y el delineamiento de los personajes, pero el guión resulta un tanto forzado y pierde el dinamismo que ejercían los diferentes puntos de vista en Historias mínimas. El humor continúa siendo utilizado para borrar esos atisbos de solemnidad que suelen teñir los relatos denominados humanistas.

Sorín apuesta a la sencillez (eliminando todo simbolismo) y sus historias se instalan en un universo amable que tiende a resultar ingenuo por su liviandad. El Perro no sólo no desafía estas características; las profundiza. No hay cuestionamientos (pese a algunas insinuaciones) hacia los personajes sino la actitud de focalizar sobre el futuro de cada uno de ellos. Un mundo que se va creando y definiendo a lo largo de los caminos desérticos del sur. (Bruno Gargiulo – cineismo.com)