En Hiroshima Mon Amour, una joven actriz francesa que filma una película en esa ciudad, pasa su última noche en un hotel, en compañía de un japonés. Son dos desconocidos, pero lo que podría ser la fugaz aventura de una noche se convierte en un intenso idilio que hace que ella rememore un amor imposible vivido en Nevers (Francia) unos años antes. La relación amorosa se convierte entonces en un proceso introspectivo a través del cual la mujer reconstruye su pasado y revela sus sentimientos más íntimos a su compañero.

Mejor Película Extranjera 1960 para el Círculo de Críticos de Nueva York

  • IMDb Rating: 8,0
  • RottenTomatoes: 100%

Película / Subtítulos

En 1959, el cineasta francés Alain Resnais realizó su primer largometraje, con guión de la escritora Marguerite Duras. Narrando el breve encuentro amoroso entre una francesa y un japonés en la ciudad de Hiroshima, Resnais sugería en su película múltiples lecturas posibles, conformando así Hiroshima Mon Amour como una obra capital en el cine francés de los últimos años.El que más tarde sería director de L’annèe Dernière à Marienbad, Muriel, La guerre est finie o Staviski planteó ya desde el principio de su carrera la preocupación básica de toda su obra: el pasado, la memoria y el olvido, en una reflexión inquietante que denunciaba tanto los gratuitos estragos de la guerra como nuestra capacidad para olvidarlos. En tiempos de paz, estos personales viven una apasionada e imposible historia de amor sobre la que continuamente flotan las sombras de tiempos pasados: su imposibilidad de liberación del recuerdo es, al tiempo, la génesis del encuentro.

Por vez primera, la relación erótica de una pareja era planteada en el cine en términos adultos. La película, en un descubrimiento visual que renovaba el anquilosamiento de tantos directores de la época, versaba igualmente sobre esa relación, combinándola de forma maestra con la reflexión política, de suerte que una no podría existir sin la otra.

La novedad del lenguaje cinematográfico utilizado pudo hacer pensar muchos que la película no superaría los estrechos límites del público especializado. Sin embargo, no fue así. Desde su proyección en el Festival de Cannes de aquel año (fuera de concurso, puesto que había sido eliminado de la competición «por razones diplomáticas»), Hiroshima Mon Amour cautivó a un público masivo, sensibilizado inmediatamente por la inteligencia de sus imágenes. Eran los años de la irrupción de la nouvelle vague y quizá los espectadores confiaban ya en encontrar siempre películas «distintas». No obstante, Resnais estuvo desvinculado del movimiento; si bien su instinto cinematográfico podía coincidir en cierto modo con las libertades formales propuestas por Godard, Truffaut o Chabrol, su compromiso político, en cambio, le diferenciaba notablemente de sus compañeros de generación en aquellos años.

La política proteccionista de André Malraux permitió, como a los demás, el riesgo expresivo de su película; pero, al margen de esa circunstancia, Alain Resnais ha permanecido fiel a su primer espíritu, renovando y experimentando en cada una de sus nuevas películas. Lo que podría parecer paradójico es, sin embargo, la característica fundamental de su obra, No en vano, desde Hiroshima Mon Amour, afrontaba reflexiones que el cine no había expresado visualmente hasta entonces o, al menos, no había intentado armonizar en un conjunto donde pudieran darse cita extremos aparentemente irreconciliables. El poético texto de Marguerite Duras que da pie al escalofriante montaje de Resnais, en el que se alternan documentos reales con la ficción, fue publicado en España hace doce años. Su vigencia permanece en la traducción y recreación de las imágenes de la película. Tampoco en este caso podrían separarse. Hiroshima Mon Amour no admite divisiones: su unidad es su valor. Clásico ya en la historia del cine. (Diego Galán – ElPais.com)