Una joven estudiante que se hace llamar Lady Bird, se muda al norte de California para pasar allí su último año de instituto. La joven, con inclinaciones artísticas y que sueña con vivir en la costa Este, tratará de ese modo encontrar su propio camino y definirse fuera de la sombra protectora de su madre

5 nominaciones a los Premios Oscar 2018 incluyendo Mejor Película y Mejor Director
Mejor Película Comedia y Mejor Actriz en los Globos de Oro 2018
Mejor Director y Mejor Actriz Secundaria 2017 para el Nationa Board of Review (NBR)
Mejor Película y Mejor Actriz 2017 para el Círculo de Críticos de Nueva York
Mejor Actriz Secundaria y Premio Nueva Generación 2017 para los el Círculo de Críticos de Los Angeles
Mejor Actriz en los Premios Gotham 2017
  • IMDb Rating: 7,8
  • RottenTomatoes: 99%

Película / Subtítulos

 

Christine McPherson, quien prefiere que le digan Lady Bird –ese es su nombre dado, insiste, porque “fue dado para mí, por mí”– es estudiante de último año de un colegio católico. La hermana Sarah Joan (Lois Smith), directora de la escuela, acaba de leer el ensayo con el que Lady Bird quiere solicitar su ingreso a una universidad. “Queda claro cuánto amas Sacramento”, le dice la hermana. Eso es algo sorpresivo, tanto para Lady Bird como para el público, que a estas alturas de la película ya sabe que ella está más que frustrada con su ciudad natal.

“Supongo que le pongo atención”, responde Lady Bird, en un intento de no llevar la contraria.

“¿No crees que es lo mismo?”, le pregunta la hermana.

Esa idea, que la atención es una forma de amor (y viceversa), representa una perspicacia hermosa y de muchas maneras es la clave detrás de Lady Bird, la película hermosa y perspicaz de Greta Gerwig. Es el primer filme por el que la actriz recibe crédito único como guionista y directora (tiene créditos compartidos con Joe Swanberg y Noah Baumbach en otras películas). Gerwig, quien creció en Sacramento y es parte de la generación admirada por la protagonista de su filme –ambientado durante 2002 y 2003– conoce muy bien a sus personajes y a sus mundos. Su afecto los llena de gracia, de manera incondicional aunque no por ello sin que sea crítica hacia ellos. Y si pones la atención correcta a Lady Bird, con sus frases y paréntesis musicales y melodías, sus fragmentos corales y sus solos y duetos, sin duda la amarás. Es difícil no hacerlo.

Aunque ese no necesariamente es el caso de Lady Bird, el personaje.

Interpretada con una precisión imponente e intrépida por Saoirse Ronan (apenas a los 23 años es en la actualidad una de las actrices más formidables), Lady Bird suele tratar duramente a quienes la rodean (y también a ella misma). No porque sea problemática o imprudente —Lady Bird para nada es de esos melodramas sobre jóvenes que se ponen locos—, sino que insiste en reivindicar su individualidad incluso cuando ni ella sabe cuál es.

Lidia con la cuestión de un proyecto práctico y espiritual de convertirse en quien quiere ser con una mezcla de exceso de confianza e inseguridad que es común para los adolescentes sensibles. Es idealista e hipócrita; generosa y egocéntrica; una rebelde y una conformista; entusiasta y escéptica. Es decir, una típica adolescente estadounidense, pero también –por ello– un conjunto único de impulsos contradictorios y confusos.

“Quiero que seas la mejor versión posible de ti”, le dice su madre perpetuamente decepcionada y crítica, Marion (interpretada por Laurie Metcalf).

“¿Y si esta ya es mi mejor versión?”, le contesta Lady Bird. Es uno de muchos diálogos picudos y sardónicos, y también una pregunta existencial angustiada.

Christine (si usamos el nombre que le dio Marion) quiere satisfacer a su madre, algo difícil porque sus estándares parecen ser imposiblemente altos y sujetos a cambiar de un momento a otro. Ella también quiere ser fiel a sus propios deseos y convicciones, pero es difícil por otras razones.

Mientras que Lady Bird honra la gravedad de esa lucha, tampoco deja de lado que día a día esta está llena de absurdidad. La primera escena empieza con lágrimas. Madre e hija, mientras escuchan el audiolibro de Las uvas de la ira en la carretera de regreso a casa después de visitar universidades, lloran al oír el conmovedor último párrafo. Pero su catarsis literaria compartida da pie rápidamente a un argumento cuyo punto final llega con un tambaleo de comedia física (uno de varios que hay en el filme).

Al fin y al cabo, tanto en su tono como en la estructura, esta es una comedia sobre adolescentes. Logra ser humorística por ese ciclo eterno del último año del colegio: las fiestas y graduaciones; los exámenes de matemáticas y las obras escolares; las etapas agonizantes de solicitar ingreso a una universidad. En el camino Christine también pasa por otros rituales extracurriculares típicos de crecer. Se enamora por primera vez y tiene sexo por primera vez. Cambia a su mejor amiga leal y de muchos años (Beanie Feldstein) por una chica más acaudalada y popular (Odeya Rush). Se pelea con su madre y con su hermano mayor, Miguel (Jordan Rodrigues), y recurre al apoyo de su padre, Larry (Tracy Letts), un hombre agradable que tiene sus propios problemas.

Puede que pienses que ya has visto todo esto antes. Y probablemente sí, pero nunca de esta manera. Lo que ha logrado Gerwig –y no es para nada un logro nimio– es darle a este género de transición a la adultez, de los más convencionales y color de rosa del cine estadounidense, una sensación de frescura y sorpresa.

Los personajes parecen ser los típicos conocidos: el papá triste y la mamá que desaprueba; el hermano taciturno y su novia gótica (Marielle Scott); las chicas malas y los profesores divertidos; el novio que es demasiado bueno (Lucas Hedges) y el que es un desgraciado (Timothée Chalamet). Pero ninguno es una caricatura y, aunque se burla de todos, Gerwig no trata a ninguno de ellos con crueldad o desdén (aunque no puede decirse lo mismo por parte de Lady Bird).

El guion está excepcionalmente bien escrito, lleno de juegos de palabras y argumentos vivaces. Cada diálogo suena como algo que una persona real diría, lo que significa que las actuaciones son excepcionalmente buenas. No intenta obviar lo abrasiva que puede ser una familia o el ser parte de cierto estrato socioeconómico. Los McPherson no pueden ser descritos como pobres, pero es notoria su lucha diaria para seguir siendo parte de la clase media; queda evidenciada en la melancolía de Larry y el humor enojadizo de Marion. Son una familia amorosa pero su devoción del uno al otro no siempre significa que son amables. Son personas reales interpretadas de manera honesta.

Puede que eso se escuche como que Lady Bird es una película sosa, pero es todo lo contrario. Ojalá pudiera transmitirte lo emocionante que es. Me encantaría poder recitar todos los diálogos y contar de nuevo todas las partes encantadoramente poco convencionales. Te hablaría sobre el sacerdote triste y sobre el entrenador de fútbol americano, sobre los retratos de la eucaristía y de las bienes raíces en Sacramento, sobre los ritmos astutos y vivaces de la edición, sobre las decisiones de acompañamiento musical sorpresivamente acertadas y sobre cómo Ronan se tira al piso frente a su casa cuando recibe una carta importante. Podría incluso catalogar seis diferentes maneras en las que el final de la película te hace llorar.

Me contento con enlistar una: el sentimiento agridulce de haber visto a alguien crecer frente a tus ojos; volverse una versión de sí misma distinta y, en ciertos aspectos, mejor. En la vida real ese es un proceso que no tiene fin y es lioso, una razón por la cual necesitamos de las películas. Para ponerlo de otra manera: Lady Bird nunca será perfecta, pero Lady Bird, la película, si lo es. (A.O. Scoot – New York Times)