Los Lunes al Sol transcurre en una ciudad costera del norte de España, a la que el desarrollo industrial ha hecho crecer desaforadamente. Un grupo de hombres recorren cada día sus empinadas calles, buscando salidas de emergencia. Son funambulistas de fin de mes, sin red y sin público, sin aplausos al final; viven en la cuerda floja del trabajo precario y sobreviven gracias a sus pequeñas alegrías y rutinas.

Concha de Oro – Mejor Película (Festival de San Sebastián 2002)

Mejor Película, Mejor Director y Mejor Actor (Premios Goya 2002)

Mejor Película Iberoamericana (Premios Ariel 2003)

  • IMDB Rating: 7,7
  • Rottentomatoes: 80%

Película

Me gustó el tagline (algo así como la etiqueta) que le pusieron a Los Lunes al Sol en la Internet Movie Database: “Este film no está basado en una historia real, sino en miles.” Es que el largometraje escrito y dirigido por Fernando León de Aranoa (Madrid, 1968) se concentra en las vidas de un puñado de cuarentones desempleados. Tampoco es la primera película que aborda el tema, ni mucho menos, pero si vale la pena –y vaya que sí la vale– es porque la sensibilidad con que De Aranoa se aproximó a la cuestión, junto a los valores individuales y colectivos de un elenco sin fisuras, marcan la diferencia.

Los Lunes al Sol abre con una impactante secuencia de corte periodístico; tomas reales de una refriega entre unos obreros que acaban de ser despedidos y la policía. Poco después llega el turno de la ficción, cuyo antecedente (expresado por las mentadas tomas documentales) es el cierre del Astillero Aurora, que dejó a 200 obreros en la calle. La historia hace foco en media docena de esas auténticas paradojas humanas: trabajadores sin trabajo, hombres en plena disposición de sus facultades (exceptuando quizás a uno, ya muy carcomido por el alcohol y la depresión) pero inhibidos de aplicarlas debido a esa maldita perversión del capitalismo que se conoce como ley del mercado.

Han transcurrido dos años desde el cierre del astillero, y apenas uno de los protagonistas, Rico (el apellido no es casual), consiguió “salvarse” invirtiendo la indemnización en un bar que, noche tras noche, poco después de bajar sus persianas recibe al grupo. Y entre trago y trago (la mayor parte de los cuales quedarán impagos) cada cual rumia sus penas, su hastío, su condena. Con el transcurso del tiempo, se impondrá sutilmente la idea de que ni siquiera Rico se terminó de salvar. ¿Qué clase de salvación es esa, acotada a la supervivencia material mientras los amigos, que son su mundo, se le derrumban en las narices?

Claro que no son todas penas las que se cuecen en esta pequeña ciudad costera (que podría ser cualquiera de las provincias de Vigo y Pontevedra). También hay espacio para el humor –siempre cercano al optimismo–, y este es uno de los elementos de los que se vale Los Lunes al Sol para tomar distancia de la cursilería y los regodeos patéticos. También es el humor, junto al carisma y unos cuantos minutos de pantalla por encima de sus pares, lo que destaca al Santa, soberbiamente interpretado por un barbado, muy engordado Javier Bardem. Y la barba y los kilos extra le vienen de perillas, ya que lo terminan de arrancar del perfil de macho latino en que lo encasillaron casi todas las producciones que encaró antes… para aproximarlo al público; es decir, al “espectador común”.

Santa destaca pero no se roba la película. Y cada uno de los otros tiene tiempo, letra y situaciones para plantarse como Dios manda. Ahí está José, que sobrelleva una pareja condenada de antemano (entre otras cosas porque ella sí trabaja, lo que ahonda la brecha); Lino, que se presenta una y otra vez (y otras tantas lo rechazan) ante las empresas que solicitan personal mediante avisos clasificados; Amador, el más viejo, que exhibe la triste mueca de una normalidad matrimonial frente a sus amigos. Y Reina, que es el otro que consiguió trabajo… como un lamentable vigilante perimetral que prueba la fragilidad que se esconde detrás del eufemismo de “insertarse en el sistema”.

Ahí está el meollo de la cuestión, y Los Lunes al Sol. Estos no son desocupados del Tercer Mundo, ni desnutridos del Africa. Más aun, puede saberse que los indemnizaron con decenas de miles de dólares a cada uno, e intuirse que varios de ellos reciben o recibieron “seguro de paro” por montos que en América Latina pueden sonar exhorbitantes. Pero esto va mucho más allá del dinero. El que no trabaja (y en última instancia: el que no es explotado por otro) no sólo carece de estabilidad laboral, sino social y emocional; no tiene perspectivas como ser humano. Así están planteadas las cosas; ése es el sistema “que te desintegra si te integras, y si no te integras te desintegra también”. Y así surgen las cosas en Los Lunes al Sol, pero surgen bellamente, artísticamente: una y otra vez podemos ver a nuestros hombres frente al mar, aparentemente relajados, bajo el sol radiante del Cantábrico. Pero no están relajados; piensan –no pueden dejar de pensar– en cómo zafar de la asfixia. (Santa, por ejemplo, delira con los beneficios de instalarse en Australia.) De allí, por cierto, el título: los lunes son como domingos, porque no hay trabajo y puede disfrutarse el sol; pero no son domingos (y esto es lo que desarrolla el film) porque el sol, a gentes como estas, les está vedado.

De aquí deriva también otra veta muy interesante, ya que semejante desfase convierte a los cuarentones en una especie de adolescentes tardíos; obligados a regulgitar aquellos años en los que típicamente, normalmente, uno anda de ocio en ocio porque terminó la escuela y todavía no encontró su primer trabajo. Esto hace que los protagonistas animen un espectáculo tragicómico, siempre emotivo, que remite (mucho más que al neorrealismo con que lo asoció la crítica europea) a un film que se llamó Los inútiles (Federico Fellini, 1953). En la misma línea, el hecho de que “pase poco” y de que cada día sea similar al anterior no es algo que quepa reprochar sino agradecer al guión, ya que se trata de un elemento funcional a la historia. (Guillermo Ravaschino – cineismo.com)