En Naked Lunch, y después del trágico accidente sufrido por su mujer, un escritor que cae en la adicción a ciertas drogas, empieza a sufrir horribles alucinaciones que lo transportan a un mundo de pesadilla absolutamente kafkiano, la Interzona.

Mejor Película Canadiense en los Premios Genie 1991
Mejor Guión y Mejor Actriz Secundaria 1991 para el Círculo de Críticos de Nueva York

  • IMDb Rating: 7,1
  • RottenTomatoes: 69%

Película / Subtítulos (Calidad 1080p)

 

David Cronenberg realiza su película Naked Lunch inspirándose en la novela homónima del irreverente William S. Burroughs, perteneciente al movimiento estético beatnick, tendencia artística y vital que posibilitó una nueva expresión de los latidos profundos del romanticismo más agresivo y rabioso.

Así que película, novela e historia se encadenan en una secuencia de temas y actitudes que conforman un universo singular, de forma que resulta imposible entender la una sin las otras y viceversa. Si es que “entender” es el verbo más apropiado para el caso que nos ocupa, donde la lógica temática y discursiva son trascendidas y superadas por las pasiones más irracionales y las conductas más aberrantes, donde lo real se impregna de una irrealidad tan absurda como surrealista.

Situemos, pues, al autor y su texto en su contexto. Escrita y publicada en los años 50 cuando la represión mccarthista imponía una moral dogmática y gazmoña a la sociedad y a sus pensadores, El almuerzo desnudo escenifica la demoledora rebeldía de una generación cuyo credo se basa en la denuncia y destrucción de los valores morales y éticos de las clase medias y su dirigentes, es decir, de lo que se conoce como civilización occidental, cuyo máximo exponente era la sociedad norteamericana. Las malignas flores baudelarianas devienen entonces en maldición malsana e infernal, en la que los miedos más profundos emergen como pesadillas alucinatorias, sin límite alguno para la imaginación y la locura. Porque lo que el artista pretendía era algo mucho más extremo que la consigna de épater le bourgois, exhibida por los ingenuos vanguardistas de comienzos del siglo XX. La honda frustración individual y social de la generación beat y la necesidad de mostrar su rabiosa disconformidad deja en pañales el escándalo suscitado por Alfred Jarry cuando se pronunció por primera vez en un escenario la palabra “merde”. Pues lo de “culo-caca-pis” no es nada comparado con la deliberada y atrevida muestra de sexo, carne, semen y violencia verbal que contiene la obra de William S. Burroughs.

Por otro lado, hay que recordar que los miembros de esta generación continúan la tendencia de sus predecesores —Conan Doyle, Allan Poe y otros muchos— respecto a considerar las drogas de todo tipo como fuente de experimentación y forma de conocimiento existencial y estético. Lo que puede suscitar escándalo a aquellos que desconozcan o hayan olvidado los trances alucinatorios, propiciados por los hongos mágicos, que experimentaban los responsables del oráculo de Delfos en su supuesto camino hacia el universo de los dioses, bajo la protección de un Dionisos muy convenientemente alojado en sus misterios. Lo mismo, para la amplia gama de chamanes amantes del peyote y otras sustancias, inductoras de las más variadas experiencias dirigidas a penetrar en el incomprensible mundo del espíritu. Lo que sí es novedad es el extremo a que la generación beat llevó este método exploratorio del “yo” más profundo, subconsciente y paranormal. Todo valía para rozar los límites de una realidad sin control. Tanto el alcohol sin tasa como cualquier clase de drogas psicodélicas y psicotrópicas sirvieron a aquellos artistas para mostrar la destrucción de una sociedad que despreciaban, al tiempo que se destruían a sí mismos. La biografía de WSB ilustra casi canónicamente su afiliación al credo beat, tanto por sus adictivas conductas como por los temas elegidos, y por su afán de revolucionar las artes mediante un antiacademicismo experimental y siempre renovador.

Como era de esperar, la novela no se parece en nada a una narración convencional. Lo que encontramos es un conjunto de relatos breves a modo de capítulos o viñetas, denominados “rutinas” por su autor, que no forman parte de un argumento cohesionado. En cada uno de ellos aparece un personaje llamado William Lee, alter ego de WSB, que recorre un itinerario infernal buscando droga por EEUU y Méjico, por sus plazas y calles, por sus mercados e iglesias, todo envuelto en la niebla de la alucinación y la inconsciencia. El viaje sugiere escenarios norteafricanos como Tánger y un espacio simbólico llamado Interzona. Los personajes que aborda o con los que conversa, con un discurso tan salvaje como subversivo e incomprensible, son los destinatarios de las diatribas más hiperbólicas e irreverentes contra el estado y las instituciones que los representan. Si el lector puede superar el lenguaje ofensivo y descarnado con que está escrito este texto-novela, sin trabas ni tabúes por lo que se suelen considerar aberraciones sexuales y homosexuales, actos de pedofilia y otras lindezas criminales, llegará al fondo de la pesimista y satírica visión del mundo que propone el autor, mediante las acumulación de las caricaturas violentas y esperpénticas de los seres que lo habitan.

La publicación de la novela no habría sido posible sin la ayuda y gestión de los amigos de WSB, Allen Ginsberg y Jack Kerouac, que colaboraron en el rescate y organización de los “capítulos”, así como en la posterior edición. Fue precisamente Kerouac el que sugirió el título Almuerzo desnudo: un instante helado en el que todos ven lo que hay en las puntas de sus tenedores, oscura y surrealista alusión a la sutil percepción extrasensorial provocada por los alucinógenos. O quizá se trate de otra cosa, que con los surrealistas nunca se sabe. Lo que sí son racionales y coherentes son el prólogo y el epílogo que enmarcan este disperso y singular relato. En el primero, WSB analiza sus experiencias como multiadicto y da una lección sobre los síntomas y consecuencias del consumo de drogas. Además ofrece una relación casi exhaustiva de la variedad de productos tóxicos cuyo consumo y comercio denuncia con vehemencia y argumentos contundentes.

Su propia vida ejemplifica la trayectoria del drogodependiente y sus consecutivos descensos a los infiernos de la pérdida de la conciencia y de la dignidad humana. Claro que este texto-marco lo escribió después, una vez curado de su adicción por un médico de Londres, que le sometió a un tratamiento novedoso y especial a base de apomorfina, gracias a lo que WSB llevo una vida bastante normalizada hasta los 83 años, si consideramos las experiencias vividas en su juventud, constitutivas de la materia temática de su obra: el pecado, la culpa y la obsesión por la homosexualidad no declarada o asumida. Todo ello bajo la forma de la escritura automática —sí es que ésta es posible— preconizada por los surrealistas y su amor por el subconsciente.

La película no es una versión de la novela, pues no es ése el propósito de Cronenberg. Lo que le interesa al director es mostrar el proceso de creación literaria del propio Burroughs, como escritor maldito en relación con sus experiencias asociadas al consumo de drogas. Para ello se vale de una variedad de materiales extraídos de la vida y obra del autor, algunos contenidos en su anterior autobiografía Yonki y otros textos como Maricón, obras siempre controvertidas y temporalmente censuradas. El cuerpo principal del filme se nutre de una buena parte de la novela, transformada en un relato lineal y cohesionado que es el armazón donde se suceden las secuencias en que los personajes viven sus cínicas y enfermizas experiencias. Todo ello envuelto en una niebla apenas traspasada por una luz mortecina, donde las máquinas de escribir se convierten en cucarachas con anos parlantes, los bugwriters, las máquinas monstruosas de Cronenberg, revulsivas y evocadoras de una atmósfera tan alucinada como kafkiana.

Droga y creación, vida y literatura, se asocian en esta película de contenido metaficcional, ya que su argumento desarrolla precisamente el proceso de la escritura creativa en general y el de esta novela en particular. Si consideramos el carácter singular y minoritario de esta película, se comprende que apenas haya tenido recorrido comercial, lo que no la privó de algunos premios en el ámbito canadiense, en el año 1992, un año después de su estreno en este país.

Willian Lee (Peter Weller) es un exterminador de insectos que ha perdido uno de sus recipientes de insecticida. Sus jefes le comunican que su mujer Joan Lee (Judy Davis), es una agente-espía de Interzone Corporation y que debe matarla. De vuelta a su casa, en una fiesta de alcohol y drogas, ella se coloca un vaso en la cabeza, él dispara y la mata. A partir de entonces la empresa le envía al extranjero, a Interzone, en una misión secreta consistente en escribir informes, para lo que el doctor Benway (Roy Scheider) le proporciona un billete y un salvoconducto. Una vez en el país de destino, muy parecido a Tánger, Bill se pasea por las calles y conoce a Hans (Robert A. Silverman) su primer guía de zocos y mercados, y a otros escritores como el matrimonio formado por Tom Frost (Ian Holm) y Joan Frost, encarnada por la misma Judy Davis. Se suceden orgías, borracheras, “colocones” y periodos de alucinación en los que Bill permanece encerrado en su habitación hablando con su máquina de escribir. Tras varias experiencias con homosexuales, más o menos festivas, sus amigos americanos, Ginsberg y Kerouac, le convencen para que les dé lo que ha escrito para publicarlo. Tras su marcha, Bill realiza un recorrido por los lugares de la droga para buscar a Joan Frost y, cuando la encuentra, percibe los aspectos más podridos de ese submundo, su carácter destructivo y los negocios de sus mercaderes. Finalmente huye con Joan en un coche hasta que una policía de pseudosoviética les detiene y le pide que demuestre que es escritor. Bill se vuelve y dispara a su mujer. El automóvil y su ocupante se dirigen a otro mundo que, curiosamente, se llama Amexia.

Esta estructura, similar a la de un relato policíaco, oculta una compleja trama en la que interactúan un conjunto de símbolos y metáforas visuales y verbales, que remiten al núcleo temático y sustancial de la película. Ellos nos sugieren un conglomerado de asuntos y conceptos relacionados con las drogas como estímulos del proceso creativo de la escritura. Todo a través del viaje como itinerario alucinado en el que las ideas de Cronenberg sobre Burroughs cobran sentido y se organizan en un todo, la película que expresa de una forma expresionista e incluso feísta el universo interior de un artista maldito.

Al comienzo de la narración, un colega bromea con Billy le dice que “el insecticida engorda a las cucarachas”, una anticipación de los insectos con ano parlante y peludo que hablan con el protagonista. Es precisamente el ano de una cucaracha el que da a Bill la orden de matar a su mujer y las primeras instrucciones para su viaje creador. Más adelante, serán las máquinas de escribir las que debatirán con Bill, y mostrarán su carne roja como reclamo de deseos y actos sexuales. Otras veces, estos artefactos humanizados pelearán hasta la muerte y la destrucción, de modo que en ellos se fusionen las pasiones más abyectas y sublimes con la escritura como medio de expresión, y la droga como principal estímulo. También el ciempiés acompaña a los personajes como metáfora del polvo mágico y pasaporte al mundo del caos o el delirio más allá de la conciencia. La carne negra de los mataderos que Bill visita acompañado de Hans, su primer camello, son repugnante amasijos de ciempiés gigantes listos para su venta. Los loros coloridos y obscenamente cárnicos de la jaula que precede el orgasmo del elegante Ives Cloquet (Julian Sands), el exquisito dandy homosexual y compañero de juergas nocturnas, no dejan indiferente al espectador, sino más bien asqueado ante imágenes tan repugnantes y agresivas. Sólo su fuerza simbólica y su deliberado tratamiento provocador las hace aceptables como ingrediente semántico fundamental para el sentido de la película.

Más hiperbólicas resultan las criaturas con cabezas con ubres, acopladas a las bocas de los drogadictos, que Bill encuentra en su último paseo por los lugares más sórdidos tras los que se esconde la intención de denunciar un negocio, cuyo capo mafioso no es otro que el doctor Benway. Éste se muestra cínicamente tras despojarse de su disfraz femenino de Fadela (Monique Mercure), la madame dominante y lesbiana que manipula y controla a la pobre Joan tanto con el sexo como con las drogas. No obstante el insecto más significativo desde el punto de vista simbólico es la cucaracha, que representa lo más sucio y escondido de la sociedad, la basura oculta tras las paredes y bajo las alfombras. Aparte de sus reminiscencias kafkianas, el animal nos sugiere la podredumbre o la corrupción de los seres humanos, por lo que no es casual que el primer oficio de Bill sea el de exterminador. Como el escritor que extrae los desechos más repulsivos de la sociedad, los hace aparecer y los destruye. Un gesto que parece aludir a la generación beat y sus combativas denuncias. Todo se transforma en este delirante relato: el saco con los restos de la máquina muerta muta en frascos de sustancias estupefacientes; los pedazos de la máquina rota, tras pasar por la fragua, surgen con sus teclas y ubres rebosantes de líquidos que Bill bebe al tiempo que escribe: de nuevo el alucinógeno y la creación, unidos en una misma criatura. Conway, el gran suministrador, vive debajo de la piel y la carne de Fadela. Toda imagen esconde un significado y en él se transforma, con él se funde. Eso es lo que nos ofrece Cronenberg: una desmesurada, incómoda y repulsiva metamorfosis.

Como película que trata explorar la relación entre vida y literatura en relación con la obra de WSB, El almuerzo desnudo cumple su objetivo mediante la articulación de  tres ejes temáticos: la droga como forma de exploración de la conciencia, la literatura y la homosexualidad latente. Sobre estas cuestiones se reflexiona ampliamente a lo largo del filme, para configurar un corpus conceptual que refleja con bastante fidelidad la forma de ser y pensar de la generación beat. Para ello, Cronenberg se vale en primer lugar de unas imágenes desafiantes que sirvan de revulsivo al espectador del cine más convencional.

En segundo lugar, se sirve del diálogo como forma de suscitar la reflexión sobre la cuestión literaria casi siempre, y ocasionalmente, para tratar el tema de la homosexualidad. Si en otros filmes, el diálogo tiene una función complementaria dentro de los recursos del lenguaje cinematográfico, en este caso resulta fundamental y esencial para entender el significado de la historia que se  relata en la película. En ocasiones, los parlamentos de los personajes son breves, apenas una pincelada llena de sugerencias. Otras, el discurso verbal se alarga y asienta, incluyendo hipótesis y argumentos de mayor densidad. Y siempre resueltos con una ironía llena de finura, que distancia al espectador del feísmo con que se tratan las imágenes.

He aquí algunas perlas sobre la homosexualidad:

En el café, con sus colegas de trabajo cuando le preguntan a Bill si es marica:

—“No, Por naturaleza no lo soy”.

—“Voy a presentarte a un amigo. Está especializado en ambivalencia sexual”.

La máquina-cucaracha le habla así: “la homosexualidad es la mejor tapadera para un agente”. Pero el mejor monólogo es el que tiene lugar en el Hispano Suiza del distinguido Cloquet cuando el Bill más cínico y brillante relata a sus amigos: “Nunca olvidaré el indescriptible honor que inundó la linfa de mis glándulas cuando la funesta palabra chamuscó mi cerebro: yo era homosexual”. A continuación arremete contra su amigo con una historia deliberadamente grosera sobre hemorroides y un coche de lujo. En cuanto a la literatura, el personaje de Bill critica duramente convenciones, estilos y principios. Una idea que se repite: “escribir es peligroso… sólo si te leen” o “sabía que escribir podría resultar peligroso pero no podía imaginar que el peligro podía venir de la maquinaria”. La autocomplacencia del autor maldito sale a relucir cuando su amigo Tom Frost —el Paul Bowles de El cielo protector— expulsa a Bill de su casa: “que se jodan, están todos cuadriculados… Yo soy el único hombre completo de toda la industria”. Y también su juicio sobre la sociedad americana: “América no es joven. Es vieja, sucia y malvada. Antes de los colonos e indios, el mal estaba allí, esperando…”.

Si los beat, como los surrealistas, pretendían “eliminar todo pensamiento racional” de su discurso creador, no es eso lo que hace Cronenberg en este filme, que resulta ser muy racional y planificado hasta el mínimo detalle. Una composición secuencial que se desarrolla en un tempo lento, con muchos paréntesis y desviaciones que permitan la disertación abstracta. Con estructura y atmósfera de película negra y una excelente dirección de actores, el resultado es un relato frío y distante, donde el cinismo incorpora la especulación a la interpretación de la realidad. La literaria y la vital. Una historia que analiza un universo irracional con procedimientos muy racionales. (Gloria Benito – Encadenados.org)