En Oh Boy, Niko es un joven veinteañero que abandona la universidad y acaba vagando por las calles de Berlín. Celebrada ópera prima, en blanco y negro, que trata sobre el deseo de participar en la vida y la dificultad para encontrar un lugar en el mundo.

Mejor Película, Mejor Película y Mejor Guión en los Premios del Cine Alemán 2012
Mejor Película en el Festival de Cine de Sofía
Premio Discovery a la Mejor Ópera Prima en los Premios del Cine Europeo 2013
  • IMDb Rating: 7,4
  • RottenTomatoes: 73%

Película / Subtítulos 

Amanece en un dormitorio de Berlín. El joven se viste lentamente, sin hacer ruido. Tiene una media melena grasienta y ojos que trasuntan sopor. En la cama, junto a él, reposa el cuerpo de una chica que le sonríe y le ofrece una taza de café. Pero el chaval rehúsa tal ofrecimiento: tiene prisa, es muy tarde aun con los primeros rayos de sol. Basta el cruce de una mirada fugaz para que ella identifique el Quid, como si hubiera descifrado la realidad funesta del asunto. “Tengo que irme”. Es un viaje de ida, suponemos, pues ese universitario —ya antiguo estudiante sin facultad— en busca de un no sé qué muy oblicuo sólo desea rastrear su futuro, quizá dejarse ir un poco más al tiempo que su boyante padre le ingresa con puntualidad británica y el día 1 mil euros para sufragar los gastos del alquiler y de sus estudios de Derecho que jamás finalizará porque ni quiere ni le apetece, o sí, aunque en cualquier caso él es un fantasma en la ciudad que gobierna el destino económico de Europa. Adiós a la aventura, adiós a la mentira, adiós a ese muro que construyó para aislarse del resto, restos del detritus social que nunca ha interpretado como propio, ni siquiera a la hora de reivindicar su mérito en el colapso de las relaciones, su dulce tartazo en la cara. Porque la rutina sigue, y hay que resignarse. Olvídense del juicio fácil, del vulgar estereotipo posmoderno que se intuye en el (mal) lector de Nietzsche, acaso otra lectura sobre el ni-ni (ojo con la palabra, el monumento a la frivolidad más estúpida) que ha matado a Dios con setenta chupitos de vodka. Entierren cualquier sospecha alrededor de Oh Boy (también conocida en algunos países como A Coffee in Berlin)

Oh Boy, la película de Jan Ole Gerster es tan europea como la Nouvelle vague, sencilla en forma y con un fondo entendible; de trazo claro y asentimiento o negación tragicómica; Oh Boy no pretende abrumar con largos discursos acerca del porvenir: tan solo muestra y deja leer, siendo consciente del gancho cinético inherente a su protagonista, Tom Schilling. El actor se desplaza como una pluma o un peso pluma con cigarrillo en la boca. Desde cualquier vertiente, resulta creíble y destila autenticidad. La historia, apenas veinticuatro horas condensadas en ochenta y cinco minutos de relato, muestra una sucesión de momentos agridulces que resisten más allá del simple discurso retórico. El vecino del joven se hace trizas al confesarle —previa bienvenida al nuevo domicilio que recién alquiló este segundo— que lleva cinco años sin tener relaciones sexuales con su mujer tras padecer ésta un cáncer de mama y sufrir la extirpación de uno de sus pechos. Se desmorona y casi se hace un ovillo de espaldas a la pared, mientras llora en silencio ante la (in)comprensión de su empático interlocutor, que escucha medio atónito, medio abochornado las cuitas del destierro marital, que lo ha llevado a vivir en el sótano, donde consume dosis ingentes de fútbol y juega al futbolín con un rival invisible incapaz de ganar a ese maestro sobre el césped de madera. Duro, lo que vemos y lo que oímos. Más que las figuras del futbolín. Y, sin embargo, lo recibimos —como casi todo en este filme— con el estupor que provoca la repuesta impertinente, pero sutil, de un Woody Allen alternando con Truffaut en un club de jazz. Sólo existen las barreras del día a día, y también la frustración del café imposible: Berlín se ha conchabado para que ese veinteañero holgazán no consiga su balsámico café solo. Como él, solitario y reverso de cierta figura genéticamente huidiza que ensalzaba la canción The Importance Of Being IdleEl Perezoso que sufre por su naturaleza más o menos ociosa. Un impedido emocional que hace lo máximo con muy poco. O sea: respirar, beber, pensar, follar y, con suerte, sobrevivir a todo ello.

Ganadora del premio a la Mejor Película en la última edición de los Lola Awards (los premios de la Academia alemana), Oh Boy describe una contundente metáfora sobre la necesidad de elegir entre la utopía —tiempo para ‘realizarse’— y la vida —falta de convicción para ‘ser’—. Advertimos el tono seco y seductor de una historia cuyo guión —firmado también por el mencionado Jan Ole Gerster— mezcla eficazmente la comedia con el drama, logrando así desarmar al mirón de turno. Porque el café desaparece, o más bien no aparece o no quiere aparecer, pero el chaval insiste durante el camino, de un lado a otro, y el embrutecedor cajero no devuelve la tarjeta de crédito, y junto a la máquina hay un mendigo moribundo con monedas en un vaso de plástico pero, ay, ya no puede recuperar esa calderilla que acaba de donarle a ese señor pobre y seguramente insalubre. Los ojos de una rubia le vigilan. Y otra rubia más amistosa que la anterior, una antigua compañera de la cual se mofaba debido a su sobrepeso, ahora delgada y ¿sexualmente más apetecible? le invita a la obra de teatro en la que trabaja desde hace no mucho, que no es precisamente teatro convencional, sino una performance de etiqueta underground e ínfulas superiores celebrada en una nave dentro de un edificio que alberga toda esa subcultura que su amigo actor y acompañante, el mismo que esa mañana le ha vacilado con su interpretación de Travis Bickle en el coche, parece no entender. Y ambos, sobre todo éste, no pueden evitar las (son)risas cuando los actores lanzan gemidos y se contorsionan en el escenario para emular un nacimiento, sic. Y después el director de la obra, un ilustre gafapasta con carné de poeta torturado, les recrimina por su comportamiento en la platea. Y al cabo de unos segundos, secuencia inmediatamente posterior, nuestro héroe recibe un puñetazo y besa la lona de adoquines. Quiere café. Cafeína para el alma. Y todo sigue igual. Aunque peor que antes, o tal vez más iluminado. Tom Schilling en el vértice de una permanente fotografía en blanco y negro. Un enigma con mechones aceitosos. Como si nada hubiera ocurrido. Lo máximo con la máxima sencillez. Las ventajas, o no, de ser vago. Y no tener rumbo.