En Primer, cuatro hombres trabajan en un garaje construyendo aparatos altamente complejos. En parte por accidente y en parte por su pericia, descubren un mecanismo dotado de poderes que les permite conseguir casi todo lo que quieran. Se trata de un hallazgo que podría cambiar el mundo, pero que pondrá a prueba las relaciones entre sus inventores.

Mejor Película (Festival de Sundance 2004)

  • IMDB Rating: 6,9
  • Rottentomatoes: 72%

Película / Subtítulo

En 2004 irrumpía en el Festival de Sundance un ingeniero y graduado en matemáticas llamado Shane Carruth. Lo hacía ganando el Premio del Jurado con Primer (2004), su ópera prima y su primer acercamiento al mundo cinematográfico. Una cinta de escasísimo presupuesto –unos 7000 dólares– rodada durante cinco semanas y con una tortuosa postproducción de dos años. Cine independiente en el sentido más estricto del término; en cada decisión pesaba más el abaratamiento de costes que cualquier otro criterio. Dan fe de ello su escaso personal –cinco personas– y reparto, la participación de amigos y familiares así como la polifacética labor llevada a cabo por parte del padre de la criatura haciendo las veces de director, fotógrafo, guionista, productor, músico y actor. Con ese risible margen (económico) de maniobra el director americano logró, por encima de otras sensaciones, sorprender y confundir al público. Decir que se entiende al completo la película sería una boutade, una provocación. Siendo reduccionistas se puede clasificar Primer como un film de ciencia ficción sobre viajes en el tiempo, aunque también tontea con el thriller. Pero que nadie se lleve a engaño, poco tiene que ver con los clásicos del género, lo que ocurre en Primer escaparía a la comprensión de Doc y Marty MacFly. Doce monos (1995), Looper (2012), la trilogía de Regreso al futuro o Efecto mariposa (2004) parecen juegos de críos al lado del texto encriptado cortesía de Shane Carruth.
Ambientada en Texas. Dos ingenieros –en un principio cuatro– trabajan en una corporación por el día. Por las noches y en sus ratos libres lo hacen en el garaje, tienen una pequeña empresa con la que buscan conseguir financiación para sus proyectos personales. Uno de ellos es una máquina reductora de masa, que permite restarle peso a los objetos. Funciona perfectamente hasta que uno de los dos –Abe– descubre que tiene un efecto secundario, la máquina es capaz de alterar el espacio-tiempo, capaz de retroceder al pasado. El guion, con una jerga científica al alcance de muy pocos, juega con las paradojas de los viajes temporales, hasta el punto de sumergir al espectador en un galimatías científico-técnico en el que sólo hallará confusión. Premeditadamente incomprensible, el director rehúye cualquier escena explicativa, está todo al servicio del desconcierto. Algo así como meter en una coctelera “low cost” Regreso al futuro (1985) y Carretera Perdida. Un dispendio neuronal del que posiblemente no se obtenga recompensa alguna. No obstante, en medio del farragoso juego temporal, se pueden sacar un par de lecturas al alcance de todos; Carruth, por encima de la pedantería de laboratorio, reflexiona sobre el valor del tiempo, el deterioro de las amistades en régimen de competencia profesional y las implicaciones éticas de los hallazgos que pueden trastornar la realidad conocida. El realizador americano habla, antes de la crisis, de jornadas laborales extensas en las que el tiempo escasea y se convierte en uno de los grandes problemas de la sociedad actual. No hay tiempo para el ocio, solo para el trabajo. Los protagonistas verán la posibilidad de tener días de 36 horas, de alargar artificialmente la vida del minutero con el afán de recuperar el tiempo robado. Una novedad que revolucionaría el mundo y que repercutirá en su relación o en la de sus “yo paralelos”, ya que se termina por perder la noción de la identidad de los que aparecen en pantalla. Lo que está claro es que sus vidas se solapan hasta el punto de confundirse. El relato multilineal, la falta de un hilo conductor más sólido, una voz en off que no aclara nada y la ausencia de pericia narrativa hacen que la película se pierda en sus peripecias jeroglíficas. Pero ahí reside su originalidad, en parecerse más a un tratado científico que a un relato convencional. Si Carruth nos hubiese contado la historia de forma convenida perdería su carácter hipnótico y su condición de excepcional.
En esa huida de lugares comunes, que es Primer, se pisan muchos charcos y se trata de tapar las carencias como buenamente se puede. El diseño de producción marcadamente realista, dando la sensación de falso documental, deteniéndose en pormenores intrascendentes pero que realzan su verosimilitud, es un punto a favor. Su banda sonora así como la faceta de Carruth como actor dejan bastante más que desear. La música hace las veces de tortura china, sin que apenas se perciba; forma parte de esa clase de fijaciones que no llaman nuestra atención hasta que se aprecian – como las gotas que caen en un lavabo con parsimoniosa y simétrica cadencia, o el ruido de las agujas de un reloj–. Así mismo, su falta de expresividad no tiene por qué suponer un lastre interpretativo si el papel así lo requiere, pero no es el caso. Son defectos a los que se atizaría con más ahínco en una película de presupuesto estratosférico o con visos de reconocida profesionalidad. De todas formas en Primer, rodada en 16 mm, con un equipo de gente amateur y de neófitos, nada hace pensar en su condición de humilde, de cenicienta –dado su presupuesto, son sorprendentes sus 425.000 dólares de recaudación–. Se aprecia una destreza técnica que no evidencia su lugar (cinematográfico) de procedencia. En resumidas cuentas: Carruth nos propone una ecuación para muchos irresoluble, un juego científico en un marco narrativo, una cuadratura del círculo fallida. Un pitagórico ejercicio de retórica. Una ridiculez –por diminuta, tan sólo 75 minutos de metraje– de largo alcance. (Andrés Tallón Castro – elantepenultimomohicano.com)