The Brest Fortress es un drama bélico que retrata las durísimas condiciones de vida de las tropas soviéticas tras la invasión nazi de la Unión Soviética, con su «Operación Barbarroja», en junio de 1941.

  • IMDB Rating: 7,5

Película / Subtítulo

La historia ha conocido famosos, prolongados y terribles asedios, desde Numancia a Stalingrado y Leningrado -en la “Segunda Guerra Mundial”-, pasando por Massada, Jerusalén, Constantinopla, Viena, El Álamo, Sebastopol, Baler o el Alcázar de Toledo. Algunos de ellos han tenido su película – o películas – glosando el valor de los defensores y su resistencia sobrehumana. Uno de esas páginas heroicas la escribieron los miembros del “Ejército Rojo” que en el verano de 1941 se opusieron a la arrolladora “Blitzkrieg Hitleriana” desde las ruinas de la fortaleza de Brest, en la primera batalla del recién abierto “Frente del Este”.

Sin embargo su heroísmo no fue celebrado en su momento por las autoridades soviéticas, tal como hubiera sido lo más lógico dentro del clima de exaltación que acompañó a lo que esas mismas autoridades bautizaron como “La Gran Guerra Patria”, quitándole contenido ideológico al conflicto y jugando la siempre rentable carta del nacionalismo agredido. Los supervivientes fueron juzgados y expulsados del Partido –alguno incluso enviado al “Gulag” -, y únicamente varios años después de la muerte de Stalin, en 1957, cuando se produjo el llamado “Deshielo”, protagonizado por el nuevo dirigente supremo, Nikita Kruschev, estos fueron rehabilitados, concediéndoseles a título póstumo distinciones como la “Orden de Lenin” o la consideración de “Héroe de la URSS”, algo que los responsables de la película nos comunican al final de esta, y que no deja en muy buen lugar al régimen comunista.

The Brest Fortress es una reciente producción bielorrusa, pues en dicha ex república soviética se encuentra el lugar donde ocurrieron los hechos, hace ahora algo más de setenta años. Y sin ser ninguna obra maestra del género bélico, ni tampoco renovar una sola de sus claves, sí que se trata de un film interesante, por aportar un punto de vista que no es el habitual (o al menos el que aquí hemos conocido habitualmente).

Hablamos de una película inevitablemente emotiva, en la que instintivamente nos ponemos de parte de los agredidos, a quienes observamos en los últimos momentos de paz, bailando y asistiendo a una función de cine, antes de ser atacados a traición, y lamentamos sinceramente la terrible tragedia en la que se van a ver inmersos. De una película que nos ofrece un encomiable trabajo de reconstrucción histórica, vertebrada en torno a los recuerdos de un personaje ficticio – un crío que formaba parte de la banda de música -, al que vemos interactuar con algunos de los auténticos protagonistas del drama.

Sin embargo, The Brest Fortress no está exenta de limitaciones, no siendo la mayor de ellas su dilatado metraje, por encima de las dos horas, algo por lo demás consustancial al cine de hoy, ya sea realizado en uno u otro país, y que conduce siempre a algún bache en el ritmo narrativo, incluso en una historia como esta, de acción constante.

También es víctima The Brest Fortress de un guión excesivamente plano y previsible. No necesariamente tenía que seguir las premisas y convenciones de Hollywood, pero podría haberse separado un poco de la pura hagiografía épica, introducir algún que otro matiz en los personajes, para que no parecieran todos ellos fabricados de una misma pasta, tan de una sola pieza, tan ideal, tan rematadamente heroicos. Su amplio equipo de guionistas y su director no lo consideraron conveniente, y por ello da la impresión, en lo tocante a ese aspecto, de que la película hubiera podido filmarse perfectamente en los años 60 o 70, en plena “Era Breznev”, cuando la “Unión Soviética” aun estaba en pie, y manufacturaba de manera puntual productos propagandísticos dirigidos a su amplio mercado.

Pero no se trata The Brest Fortress de una película de los años 60 y 70, y de ello dan buena prueba los efectos digitales aplicados a las escenas bélicas, que si bien abaratan considerablemente la producción, poniéndola al alcance de cinematografías poco boyantes económicamente -como me imagino debe de serlo la bielorrusa-, por otro lado le confieren a determinadas secuencias una textura de videojuego que también nos puede distanciar de lo que estamos presenciando.

Tampoco llega, por descontado, a la altura de “Masacre: Ven y Mira” (Idi i smotri, Elem Klimov, 1985), bastante más dura en su denuncia de la agresión nazi contra Bielorrusia, y con la que comparte la misma visión de la guerra a través de los ojos de un niño, aunque el film de Klimov aporta una perspectiva mucho más sombría, y una muy elaborada factura técnica, innovadora para su momento.

El realizador, Alexander Konstantinovich Kott, es un guionista y director de origen ruso, nacido en Moscú en 1973 y alumno del gran Andrzej Wajda en la “Escuela de Cine” de Cracovia (Polonia), que ha trabajado a caballo entre el cine y la televisión. En cuanto al reparto, siento no poder añadir nada, pues para mí todos, ellos y ellas, son unos perfectos desconocidos. Desempeñan su papel con convicción, metiéndose en la piel de unos hombres y mujeres a los que les tocó vivir una hora terrible, la hora más sombría de Europa, una hora de crueldad, barbarie y destrucción que se cobró decenas de millones de vidas humanas, algunos millares de las cuales perecieron en esa fortaleza fronteriza a orillas del rio Bug, en la primera batalla librada en territorio soviético. (Fernando Cuesta – cineultramundo.blogspot.com.ar)