The Handmaid’s Tale sucede en un futuro distópico donde se ha implantado una dictadura fundamentalista y una joven se ve forzada a vivir como una concubina para dar hijos a su señor. Tras el asesinato del presidente de los Estados Unidos y la mayoría del Congreso, se instaura en el país un régimen teocrático basado en los más estrictos valores puritanos. Los Estados Unidos de América desde ese momento pasan a ser conocidos como la República de Gilead. En esa nueva sociedad la mayor parte de los valores modernos quedan olvidados. La mujer pasa a un segundo plano, siendo única y exclusivamente un objeto cuyo valor está en sus ovarios, pues hay un problema de fertilidad en Gilead.

Mejor Serie Drama y Mejor Actriz en los Globos de Oro 2017
Mejor Serie Drama, Mejor Actriz y Mejor Guión en los Premios Emmy 2017
Mejor Serie Drama 2017 para el Sindicato de Productores

  • IMDb Rating: 8,6
  • RottenTomatoes: 95%

Temporada 1 / Subtítulos

 

¿Alguna vez han imaginado cómo sería el vivir bajo el yugo de una teocracia enloquecida? Por si alguien no sabe bien qué serie ponerse a seguir, The Handmaid’s Tale es la adaptación que han realizado Hulu y MGM Television de una novela publicada en los años ochenta por la respetadísima escritora Margaret Atwood (ganadora, entre otros muchos premios, del Príncipe de Asturias de las Letras). Cuando escribo estas líneas solamente se han estrenado cuatro episodios —es posible que para cuando lo lean ya haya salido el quinto— pero son suficientes para decir que merece la pena subirse al carro. Eso sí, mejor ponerse a verla en un día soleado y cuando tengan las defensas altas, porque la historia que cuenta, aunque ficticia, es tremebunda.

La serie describe un futuro distópico en el que los Estados Unidos, después de sufrir una serie de calamidades ambientales y sanitarias, han caído bajo una dictadura que ha arrastrado toda la sociedad americana hacia un terrorífico Estado de autoritarismo puritano, en el que cada ámbito de la vida se rige por una interpretación enloquecida de la Biblia. Una epidemia de infertilidad ha provocado que las pocas mujeres que todavía son capaces de concebir bebés hayan sido convertidas en «Criadas», una clase social específicamente entrenada para servir en los domicilios del estrato dominante. Entre sus «atribuciones» está la de dejarse violar por el señor de la casa, con la complicidad de la esposa, durante un acto llamado «la ceremonia», en el que se intenta que la Criada se quede embarazada para darle descendencia al matrimonio bajo cuyas órdenes sirve. Todos los ciudadanos viven bajo un régimen de terror religioso-fascista. Los homosexuales, los médicos abortistas y otros «pecadores» son condenados a la horca. Las mujeres carecen de derechos, no pueden trabajar ni tener propiedades a su nombre. Los varones que no pertenecen a la clase dirigente viven también como siervos y ni siquiera pueden tener pareja si no reciben la autorización gubernamental. La población vive atemorizada por una omnipresente red de espías que, al estilo Gestapo, intenta localizar a cualquier ciudadano rebelde que se atreva a salirse de las normas. Todos los habitantes han de hablar con términos religiosos incluso cuando se saludan, y cualquier actitud sospechosa puede conllevar interrogatorios, detenciones y, en última instancia, la condena de un tribunal religioso ante el que ningún acusado tiene derecho a la defensa.

La protagonista de la historia es June, una mujer que antes del levantamiento puritano había trabajado en una editorial y que perdió a su familia durante la fase inicial de la dictadura. Su marido fue asesinado y su hija pequeña fue secuestrada sin que haya vuelto a tener noticia de ella. Su recuerdo, y la remota posibilidad de volver a encontrarla algún día, son los únicos motivos por los que pelea para mantenerse viva y trata de quitarse de la cabeza la idea del suicidio. Rebautizada como Offred —el cambio del nombre es una de las tácticas empleadas para intentar arrebatar a las mujeres de su personalidad—, vive una existencia miserable como Criada, sometida al capricho de sus señores y atormentada por la constante paranoia de que alguien pueda descubrir sus pensamientos «indeseables». Aunque por lo demás casi todo el mundo parece infeliz en esa sociedad.

Semejante panorama es descrito con sentido del ritmo y mucha precisión en los dos primeros episodios. La narración combina secuencias del presente con escenas que recuerdan cómo era el mundo antes. La voz en off de la protagonista, que narra y comenta lo que va sucediendo, sirve como punto de vista, ya que de cara a los demás, cualquier queja o expresión de disconformidad podría delatarla ante los espías del gobierno. Tras dos capítulos que nos ponen en situación, lo que de verdad hace que la serie suba un escalón es el tercer capítulo, que es brillantísimo, pero también debe de estar entre lo más deprimente que he visto en ficción televisiva en mucho tiempo. En ese tercer episodio se desgrana ya sin frenos —aunque con elegancia y son cargar las tintas más de la cuenta— la clase de horror que supone vivir bajo una teocracia y muy especialmente lo terrible de la condición de esclavas de las Criadas. Impacta mucho que una historia de ciencia ficción distópica se parezca a lo que sucede hoy en algunos países. También se lanza un mensaje, muy oportuno dados los tiempos en que vivimos, sobre la facilidad con la que una democracia occidental podría derrumbarse si se diesen las condiciones indicadas, y lo que sucede cada vez que un grupo de fanáticos se hace con el control de un país. Esto es, que todo el progreso conseguido a base de sangre, sudor y lágrimas durante doscientos años o más, se esfuma en cuestión de semanas o meses. Derechos que se consideraban indiscutibles e irreversibles le son arrebatados a la gente en un abrir y cerrar de ojos. La mitad femenina de la población pierde su ciudadanía y cualquier consideración como individuos libres. Pese a tratarse de una sociedad patriarcal, también los hombres han de seguir un rígido código de conducta dictado por los fanáticos.

La serie está fantásticamente escrita; la propia Margaret Atwood ha intervenido en la producción (hasta ha aparecido en alguna escena) y las secuencias han sido filmadas con enorme efectividad, pero la principal arma es el extraordinario trabajo de la actriz protagonista, Elisabeth Moss, a la que algunos recordarán por Mad Men o Queen of Earth. Lo que Moss hace aquí es impresionante y apostaría dinero a que le van a llover los premios, el Emmy incluido. Su rostro es como un barómetro; en cada momento podemos entender lo que está sintiendo y pensando su personaje. Incluso cuando hace las voces en off como narradora consigue modular cada frase a la perfección —muchos actores fallan cuando se trata de grabar monólogos sin cámaras, pero ella lo hace de maravilla—, y ofrece así un magnífico contraste entre el tono sumiso que se ve obligada a emplear como Criada y sus verdaderos pensamientos, más propios de la mujer que era antes de la dictadura. Lo mismo puede decirse de Alexis Bledel (la de Las chicas Gillmore), que también hace un trabajo excepcional interpretando a otra Criada, la que acompaña a la protagonista en algunas tareas como hacer las compras. O de Yvonne Strahovski, a la que vimos en Dexter, y que aquí interpreta a la señora de la casa en la que vive June, un personaje mucho más complejo de lo que parece a primera vista. Por no mencionar a Ann Dowd (la hemos visto en la serie The Leftovers y en unas cuantas películas), que interpreta a la «Tía Lydia», la cruel encargada de la educación y el buen comportamiento de las Criadas. Las actrices, como se ve, dominan el cartel, puesto que casi todos los personajes importantes son femeninos.

En cuanto al estilo narrativo, lo que más me ha sorprendido es la facilidad con que se crea una opresiva atmósfera de terror sin recurrir a lugares comunes. Por ejemplo, no hay demasiadas secuencias rodadas en escenarios oscuros o inquietantes. Al revés; casi todo es bastante luminoso —aunque, como es habitual en las producciones americanas, se abusa de los filtros— y casi toda la escenografía tiene un plácido aire burgués, como de novela romántica decimonónica, que no hace sino contribuir a que la historia resulte más chocante y perturbadora. Podemos ver a las Criadas dando un paseo junto a un pintoresco río, como en un agradable cuento de sobremesa, y de repente aparecen cuerpos ahorcados junto a guardias armados, como si los talibanes se hubiesen apoderado del universo de Jane Austen. Aún no he leído la novela de Atwood, pero es fácil deducir que muchos detalles escalofriantes proceden de su pluma. Es difícil describir la sensación de angustia que, más allá de todas las calamidades que les suceden a los personajes, provoca el que todo el mundo vaya por ahí saludándose con expresiones que parecen salidas de una secta ultracristiana. Estos detalles ayudan a poner en su contexto los horrores que el argumento describe. Un ejemplo: hay una secuencia breve pero muy ilustrativa en el que la protagonista, que en su día recibió educación católica, ve reducida a escombros la catedral católica de la ciudad. Vamos, que la teocracia puritana ni siquiera tolera formas diferentes de cristianismo, lo cual nos da idea de hasta qué punto llega su fanatismo. Otro gran acierto del guion es que, además de la vida de mierda que tienen las Criadas y demás servidores, los miembros de la propia clase dirigente —que antes del alzamiento fanático también vivían sus vidas con mayor libertad— tienen sus propios problemas para adaptarse a la sociedad de pesadilla de la que, a su manera, también son prisioneros. Excepto algunos individuos de tendencias sádicas o psicopáticas, los propios privilegiados del sistema parecen abrumados. Además se nos muestran momentos de esos que otras historias distópicas suelen olvidar, como aquellos en que la protagonista consigue hallar, en mitad de su tremebunda vida, pequeños consuelos con las cosas más sencillas o inesperadas. Esos momentos en que la vemos disfrutar con cosas a las que antes no hubiese prestado atención (y que suelen aparecer en las memorias de prisioneros de campos de concentración nazis, del gulag y similares) no hacen sino recordarnos el miserable estado al que ha sido reducida.

Es imposible adivinar el futuro, pero por lo visto hasta el momento me parece difícil que esta temporada de The Handmaid’s Tale termine decepcionando. No se me ocurre cómo podrían estropearla. Sus creadores parecen haberle tomado el pulso al argumento, y no era fácil (de hecho la novela ya fue adaptada en los noventa, pero la película resultante era muy mala). Casi cada elemento está en su sitio y Elizabeth Moss se carga la serie a las espaldas con una facilidad pasmosa. Traten de verla, aunque insisto, no es lo más alegre que hay en cartelera, y no pocas secuencias les dejarán un amargo sabor de boca. En cualquier caso, tiene los mimbres para convertirse en una de las grandes series de la temporada. Muy recomendada, salvo que no quiera usted que le amarguen la jornada. (Emilio de Gorgot – JotDown.es)