En The Kings of Summer, tres jóvenes amigos, hartos de la sobreprotección de sus padres, deciden independizarse y empezar una vida salvaje sin adultos al margen de la sociedad. Deciden vivir en una cabaña perdida en el bosque, según sus normas, acorde con sus principios y en plena libertad.

Premio del Público Festival de Cine de Dallas 2013

  • IMDb Rating: 7,4
  • RottenTomatoes: 76%

Película / Subtítulos

Las películas sobre la adolescencia son un género clásico desde que James Dean se calzara su célebre chaqueta roja, allá por 1955, en Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955). Como buen subgénero, ha dado una enorme cantidad de productos, la gran mayoría de dudosa calidad (pensemos en el Frat Pack nacido bajo la mirada de John Hughes en los ’80, o en el revival del género en los ’90, pistas de entrenamiento de futuras estrellas de todo tipo, desde Tom Cruise al malogrado Heath Ledger). Sin embargo, hay un pequeño grupo de esas películas que merece ser tratado con el mayor de los respetos, por su calidad y, sobre todo, por su capacidad para recordarle al espectador adultos momentos, experiencias y actitudes que creía olvidadas, enterradas por el paso del tiempo y la mal llamada madurez; entre ellas están cintas seminales como Stan by me (Rob Reiner, 1986) o Dead Poets Society (Peter Weir, 1989). A ellas se puede sumar, más en la vena de la primera que de la segunda, The Kings of Summer.

El protagonista de The Kings of Summer es un muchacho de quince años llamado Joe (Nick Robinson), que mantiene una complicada relación con su padre viudo, Frank (Nick Offerman). Por otro lado, está el mejor amigo de Joe, Patrick (Gabriel Basso), que sufre de todo lo contrario: en su intento de ser “modernos” y “enrollados”, sus padres (Megan Mullally y Marc Evan Jackson) resultan ridículos, sobreprotectores y tan cariñosos que, literalmente, le provocan alergia. Tras una cena (obligada) con una potencial novia de su padre que terminará de forma desastrosa, Joe consigue convencer a Patrick —y, sin que sepamos muy bien cómo ni por qué, a Biaggio (Moises Arias), un extraño e hilarante chico latino— para llevar a cabo una descabellada idea: fugarse de sus casas a un claro en el bosque, y allí construir una casa, donde ellos establecerán las reglas, lejos de las exigencias y del control paterno.

Uno de los problemas que suelen tener las películas adolescentes suele ser que vienen de la mano de directores que no tienen ningún interés en retratar la adolescencia (eso explicaría por qué actores de treinta años interpretan a chicos de quince); su retrato resulta glamouroso, melodramático, y tan parecido a la adolescencia como las aventuras de Indiana Jones a la arqueología. No es el caso de Jordan Vogt-Roberts y The Kings of Summer. El joven director, que debuta en el largometraje con esta película después de foguearse en la webserie Funny or Die Presents, y su también debutante guionista, Chris Galletta, han sabido captar los altibajos de una época de la vida tan compleja y llena de contradicciones casi a la perfección, aportando una frescura, una luminosidad y una alegría que se contagian al espectador, tenga la edad que tenga. A ello ayuda la presencia de sus tres jóvenes protagonistas, cuyas interpretaciones son, simplemente, soberbias. A través de ellos podemos contemplar casi toda la gama de emociones que trae la adolescencia, de la rebeldía al arrepentimiento, del entusiasmo del primer amor al dolor del desengaño, de la amistad a la amargura y la reconciliación, y todas de una manera tan vívida y auténtica que a veces dejan con un nudo en la garganta. Escenas como la larga noche en vela de Joe mientras asume lo que él sólo puede ver como una traición, o la reconciliación entre éste y Patrick a través de las ventanillas de los coches de sus respectivos padres, deberían ser enseñadas en las escuelas de cine como ejemplo perfecto de cómo retratar lo que significa ser adolescente.

A Robinson, Basso y Arias los apoyan un reparto de secundarios en estado de gracia, la mayoría de ellos surgidos de la televisión. De entre ellos destaca Nick Offerman, el Ron Swanson de Parks and Recreation, que interpreta al padre de Joe de forma sensacional. Su trabajo es vital para el desarrollo de la película, no sólo porque desencadena la acción, sino porque aporta algo mucho más importante: el retrato de los padres como algo más que meros accesorios, la representación de algo que muchos tememos descubrir al llegar a la adolescencia, que nuestros padres son, al fin y al cabo, personas con sus virtudes y sus defectos, y que intentan hacer las cosas lo mejor que pueden, aunque a veces se equivoquen. Como nosotros, vamos. Sólo la escena en que le pregunta a su hija mayor (Alison Brie, la Annie de Community) si cree que es un bastardo coloca la interpretación de Offerman entre las mejores del año, si no directamente la mejor. A su lado, Marc Evan Jackson y Megan Mullally (ésta, por cierto, esposa en la vida real de Offerman), resultan estereotipados e incluso irritantes en sus interpretaciones de ese tipo de padres “enrollados” que todos hemos conocido —y sufrido— alguna vez, aunque quizás la idea era esa. Mención aparte merece la también casi debutante Erin Moriarty, que encarna la personificación del primer amor ideal, sin por ello resultar un personaje plano ni una mera excusa argumental.

La fotografía de Ross Riege retrata tanto la luminosa exuberancia veraniega —especialmente en las escenas en el bosque, que en manos de Riege resulta casi la plasmación en imágenes del Walden de Thoreau—, como la gris cotidianeidad de la vida suburbana de la que pretenden escapar los protagonistas, enfatizando aún más la dirección artística de Jennifer Klide y Carmen Navis, que, pese a ser contemporánea, podría situar la acción de la película perfectamente hace veinte o treinta años (los móviles apenas aparecen en un par de escenas, no hay ordenadores ni coches ultramodernos, e incluso vemos a Joe y Patrick echando unas partidas al Street Fighter II de la Super Nintendo). Ellos proporcionan el envoltorio perfecto a una historia y unos personajes que, aunque hemos visto mil veces, pueden seguir emocionándonos, haciéndonos reír con sus situaciones ridículas y, en definitiva, recordarnos qué se sentía al tener quince años y pensar que lo sabías todo y que nada ni nadie podía impedirte hacer lo que quisieras, un tiempo en que los días de verano eran eternos, y podíamos creer que todo era posible. Jordan Vogt-Roberts consigue todo eso y mucho más en apenas hora y media, y es por eso que The Kings of Summer es, de lejos, una de las mejores películas del año (Judith Romero – ElAntepenúltimoMohicano.com)