Upstream Color cuenta la historia de un hombre y una mujer que se atraen el uno al otro para verse enredados en el ciclo vital de un organismo inmortal. La identidad se vuelve una ilusión mientras luchan para unir los fragmentos perdidos de sus destrozadas vidas.

Premio Especial del Jurado al Mejor Diseño de Sonido (Festival de Sundance 2013)

Mejor Director Novel (Festival de Sitges 2013)

  • IMDb Rating: 6,7
  • Rotten Tomatoes: 86%

Película / Subtítulos (Calidad 1080p)

 

Con apenas 48 horas de diferencia vi To The Wonder, de Terrence Malick, y Upstream Color, de Shane Carruth. Mi comentario no del todo favorable a la película de Malick está en otro post (aclaro, para los que lo leyeron, que la película no me pareció detestable ni horrenda, sólo una imitación mediocre de una película de Malick, de ahí «el chiste»), pero me resulta inevitable pensar en ella al analizar la de Carruth, un cineasta que tiene muchos puntos en común, estilísticamente, con el realizador de Badlands.

A nueve años de Primer, Carruth entrega su segunda película, que tiene como punto similar a la anterior el hecho de que el hombre hace casi todo solo: dirige, produce, escribe, edita, actúa y hasta compone la música. No es eso en lo que se parece a Malick, claro, sino en determinadas elecciones estéticas y temáticas. Upstream Color está contada de la misma manera elíptica, con pocos diálogos y muchos de ellos dichos fuera de sincronía con lo que se está viendo (no es voz en off, como en Malick, sino un montaje casi asociativo, en el que pasado, presente y futuro se funden entre sí), con la misma obsesión por la cámara móvil y el plano detalle, el sol y los espacios abiertos, y esa constante búsqueda del encuadre significativamente descuidado.

Temáticamente también hay puntos de contacto fuertes ya que -así como Malick toma como propio el universo de Ralph Waldo Emerson-, Carruth revela aquí un interés similar por otro «trascendentalista» como Henry David Thoreau, y ambos ubican a la relación entre el hombre y la naturaleza en el centro de sus preocupaciones. En Upstream Color, de hecho, el libro que Thoreau escribió contando sus experiencias en una cabaña aislada del mundo, Walden, es central a la trama. Pero aquí el eje no pasa tanto por lo divino y lo místico, sin que está más centrada en la idea del mundo como lugar de experiencia/experimento, algo que hay que oír y descubrir, ya que nos influye más de lo que pensamos.

Pero allí se acaban las similitudes, ya que donde Malick es amable, luminoso y claro (parece complicado pero no lo es, su coreografía de montaje hace parecer a su filme más complejo de lo que es) Carruth elige la oscuridad, la perturbación y la intriga. En cierto sentido se puede decir que Upstream Color es casi inexpugnable: es un rompecabezas de imposible resolución. Y si bien -en mi opinión- la película termina siendo en exceso impenetrable, por lo menos funciona desde la provocación, incitando al espectador a husmear en sus misterios, mientras que en To The Wonder, más allá de cierta confusión narrativa, todo es auto-evidente desde el principio.

Ahora, ¿de qué va Upstream Color? Esa es una pregunta complicada de responder. No por que sea difícil contarlo sino por que suena bastante ridículo y absurdo si se lo cuenta, como si en lo narrativo Carruth prefiriera la lógica pesadillesca del cine de David Lynch para narrar una serie de situaciones que no estarían fuera de lugar en una película, digamos, de David Cronenberg.

Veamos. Una mujer es secuestrada por un hombre extraño que hace experimentos con gusanos y la usa a ella en sus «prácticas». Esa especie de droga la deja a la mujer como atontada y casi robótica, cosa que el hombre aprovecha -a la manera de un hipnotizador- para forzarla a darle todo su dinero. La mujer, acaso alucinando, ve gusanos recorriendo su cuerpo y decide atacarlos a cuchilladas. No logra resolverlo, pero -no pregunten cómo- termina en manos de un hombre que le hace algún tipo de operación en la que participa un cerdo, y pronto la mujer sale de ahí, sin recordar lo que pasó.

Ahí empieza la verdadera película, que poco tiene que ver con lo contado hasta ahora más que para informarnos de la lógica imposible del comportamiento de los personajes. Kris (Amy Seimetz) vuelve a la «vida normal» pero sin trabajo ni dinero ni demasiada conciencia de sí misma. En un tren conoce a  Jeff (interpretado por el director de la película), un analista de inversiones con sus propios problemas y, sin demasiadas vueltas, se enamoran y empiezan a tener una relación simbiótica. Por su forma de relacionarse queda claro que él también tiene algunos baches en su pasado.

El filme se centrará en las idas y vueltas extrañas de esta relación, mientras que en paralelo vemos a lo que parece ser un sonidista capturando sonidos de la naturaleza y otros efectos cinematográficos. Esto no sería tan extraño si no supiéramos que el hombre es el mismo que hizo la operación entre Kris y el cerdito en cuestión. ¿Cómo se conecta todo esto? No lo sé y ni creo que Carruth lo sepa. La película, en un punto, se va convirtiendo en una serie de escenas idílicas y perturbadoras a la vez, y al espectador le quedan dos opciones: entrar en el misterioso y confuso viaje que Carruth plantea o sentirse expulsado por lo absurdo que todo puede parecer y abandonarlo.

En mi caso -y luego de una fuerte resistencia inicial- logré entrar en ese universo y en un punto noté que se trataba del tipo de película que estaba esperando de parte de Malick, una en la que el complejo y cautivante trabajo audiovisual (fotografía, montaje, música) esté al servicio de ideas igualmente complejas y cautivantes y no de una serie de ideas de tarjeta postal sobre el amor, Dios y la Naturaleza. Esos personajes perdidos, sin memoria (o con memorias inseguras) en un mundo enrarecido y que parece más la creación de ese sonidista que funciona en la película como si fuera su director dentro de la trama, creando los universos que los personajes luego recorrerán, son mucho más interesantes que los íconos de To The Wonder.

Más allá de las comparaciones, Upstream Color produce algo que me interesa y que no es común en el cine de hoy: sorpresa, extrañamiento, incomodidad. Cuando un director es capaz de crear un mundo en el que no sabemos las reglas y logra interesarnos en lo que sucede en él (más allá de explicar o no cómo funciona, algo más típico del cine de ciencia ficción) me dejo llevar por sus búsquedas. Es cierto, Carruth podría hacernos las cosas un poco más fáciles, pero películas con significados pre-digeridos hay miles. Acá no hay muchas respuestas, pero hay miles de preguntas que quedan flotando…(Diego Lerer – micropsiacine.com)