En Why Don’t you Play in Hell?, Ikegami es un gangster que guarda rencor hacia un viejo rival de cuya hija siempre ha estado enamorado. Hirata, un director de cine, y un hombre llamado Kouji, también se ven involucrados en este enredo.

  • IMDb rating: 7.4
  • RottenTomatoes: 83%

Premio del Público Festival de Toronto 2013

Película / Subtítulo

Juegos de masacre. Doce años después de aquella ácida radiografía de una juventud japonesa ensimismada en delirios autodestructivos (El club del suicidio, 2001), el realizador de culto Sion Sono, propone un giro sorprendente en su carrera con Why Don’t you Play in Hell?, una comedia sanguinolenta, suerte de manga-filme plenamente asumido, que de nueva cuenta coloca como protagonistas a un grupo de jóvenes. El grupo de cinéfilos enardecidos que responden al nombre de Fuck bombers pretende irrumpir con fuerza en la realización fílmica con sus cámaras de 8 mm y bajo la guía de su líder, el muy entusiasta Don Hirata.

En Why Don’t you Play in Hell?, Sion Sono juega con dos registros temporales. En un primer momento refiere los esfuerzos de esos aficionados juveniles y los enfrentamientos de dos clanes de yakuzas (el de Muto y su sanguinaria esposa contra el del jefe Ikegawa), y cómo esa lucha sin cuartel afecta la carrera de Mitsuko, hija de los primeros y aspirante a estrella de cine. En el segundo tiempo, diez años después, los Fuck bombers procuran rescatar la vocación suspendida de la joven, y de paso la propia, realizando con participación directa del clan del yakuza Muto la vieja película soñada, obra maestra del cine de acción y de las artes marciales.

Asistimos así a un gradual desbordamiento de artificios escénicos, retruécanos narrativos y delirios gore, todo en clave de parodia caricaturesca de un género que pareciéndose agotar cada año, sorprende siempre con novedosas mutaciones. En la lúdica incursión en el infierno que ahora propone Sono se mezclan la añoranza por los formatos en vías de desaparición, las cintas de 35 mm, las obsesiones de la cinefilia, el gusto por la tira cómica, las leyendas locales y la divertida analogía de un estudio de rodaje con un campo de batalla. El director veterano juega con sus jóvenes seguidores cinéfilos; comprende y comparte sus fobias y manías, incluso sus novatadas técnicas, y a lado suyo sale victorioso y engreído, con una película terminada, dejando tras de sí toda una estela de cadáveres y devastaciones. Pareciera esta cinta un paréntesis caprichoso en la filmografía del autor. Sus próximas películas bien podrán tener registros muy distintos. Por lo pronto, hay la libertad suprema de la cinefilia, el fantasioso privilegio de un maestro siempre capaz de sorprender de una obra a la siguiente. (Carlos Bonfil: Diario La Jornada)