«Mi veredicto es: Yo, Olga Hepnarová, víctima de vuestra bestialidad, los condeno a pena de muerte». Esas fueron las famosas palabras de la asesina en masa, Olga Hepnarová, de 22 años de edad, quien en 1973 condujo un camión contra un grupo de personas inocentes en Praga.

  • IMDb Rating: 6,7
  • RottenTomatoes: 79%

Película (el link tiene subs en español)

El 10 de junio de 1973, una joven de 22 años residente en Praga arrolló a 25 personas en un acto de venganza. Olga Hepnarová afirmó haber sido una víctima del bullying, denostada por una sociedad que, en su apatía y falta de fe, la había condenado a lo que era ahora. Poseedora de una lucidez que la llevó a afirmar en varios escritos que «era una persona destruida por la gente», Hepnarova, a pesar de sus actos injustificados, encarnó en sí misma cuestiones nada fáciles de abordar.

Los transgresores actos de Hepnarová estaban dirigidos contra la sociedad entera, de la cual se percibía como víctima. Ella quería pasar a los libros de historia como una advertencia. Sin embargo, actualmente su nombre es sinónimo de asesina en masa, y ha pasado a la historia como la última mujer ejecutada en Checoslovaquia. Weinreb y Kazda, desviándose de las convenciones de la cultura pop en torno a los retratos de asesinos, han reconstruido los hechos en Já, Olga Hepnarová de una forma introspectiva y bastante imparcial con un tono existencialista.

Los cineastas han estructurado la historia en torno al comportamiento autodestructivo de Hepnarová, partiendo desde su suicidio frustrado, pasando por la tragedia y terminando en la pena de muerte. Aunque el recorrido de la trama parece lineal, la naturaleza y forma de la investigación se despliega en una serie de viñetas dramatizadas y entrelazadas imperceptiblemente: estancias en asilos, la marcha del hogar, la alienación y los fallidos encuentros amorosos y sexuales.

El orden cronológico no es el único eje estructurador de Já, Olga Hepnarová que rehúsa formular una acusación directa de culpabilidad hacia esta joven marginada e inconformista. Este planteamiento contribuye a sumergirnos en el tumultuoso mundo interior de Olga. Kazda y Weinreb sondean su vida interior, pero sin descuidar la ambientación, lo cual se refleja en una escenografía cuidadosamente iluminada y en una dirección de fotografía atmosférica y monocromática, obra de Adam Sikoras. El espíritu, meticulosamente reconstruido, de la normalidad de 1970 constituye un fondo crucial no solo para la psicosis de Olga, sino también para las tribulaciones de su vida como lesbiana, algo que podría —o no— haber sido el factor decisivo detrás de sus acciones. Esta lucha interna obliga a los espectadores a preguntarse por las causas, por la parte de responsabilidad que corresponde a la sociedad y por el estado mental de Hepnarová.

Como en el caso de otros asesinos en masa, el enigma de Hepnarová magnetiza e acrecienta la curiosidad para indagar más allá de su exterioridad. En una interpretación satisfactoria, la actriz polaca Michalina Olszańska encarna a Olga como si fuera una intelectual decadente, un alma torturada. Su discurso refleja la influencia de Kafka, Camus y Freud, y el pensamiento de Olga no es el único rasgo inconformista: su existencia ermitaña, su aislamiento auto-infligido (Hepnarová nunca sonreía, y tampoco lo hace Olszańska), retratado mediante tomas en su mayoría estáticas con estrechos paneados ocasionales y el aprovechamiento de la profundidad, todo ello remarca su desconexión literal y figurada con respecto a la realidad exterior. Los directores han realizado, en suma, una ópera prima excepcionalmente madura y del todo fascinante.