En Personal Shopper. Maureen, una joven estadounidense en París, se hace cargo del guardarropa de una celebridad. Aunque no le gusta su trabajo, es lo único que encontró para su pagar su estancia mientras espera una manifestación del espíritu de Lewis, su hermano gemelo desaparecido hace poco. Maureen comienza entonces a recibir en su móvil extraños mensajes anónimos.

Mejor Director en el Festival de Cine de Cannes 2016

  • IMDb Rating: 6,2
  • RottenTomatoes: 80%

Película / Subtítulo

Y luego está Personal Shopper. Y lo importante casi es el luego como adverbio destinado a provocar la impaciencia de la espera. Y lo que cuenta es la impaciencia. Fue aparecer la película de Olivier Assayas en la sección oficial e inmediatamente se colocó al margen, en otro lugar, en otro momento. Luego. El director francés reinventa el cine de fantasmas y lo hace en una época sin ellos. Vivimos tiempos transparentes en los que todo sucede al momento y a la luz no tanto del día como de una pantalla, da lo mismo cuál.

Pues bien, es ahí, en ese espacio poblado por el ruido de la inmediatez y despoblado completamente de mitos donde el responsable de Demonlover (la película más parecida a ésta) sitúa una historia de una mujer acosada por el recuerdo y el espectro de su hermano gemelo recientemente desaparecido. Ella es, tal y como anuncia el título, la encargada de las compras de una rutilante estrella mediática. Los fantasmas de Assayas se aparecen entre el universo poblado de espectros de la moda, las luces de los iPhones y la paranoia narcisista en la que, en efecto, vivimos.

Protagonizada por una Kristen Stewart tan seductora como excesiva, la idea de Personal Shopper es jugar sin complejos en un terreno mestizo en el que, literalmente, todo vale: desde el cine habitado por ectoplasmas más propios de la serie z al suspense de filiación hitchcockiana, y todo ello sin olvidar el juego laberíntico de pantallas que se devoran más propio de De Palma.

La película avanza entre interrogaciones, pistas falsas, callejones sin salidas. El espectador es convocado a una especie de ouija en lo que cuenta es la sensación de pérdida. En todos los sentidos. Ella intenta sobrellevar el luto por un hermano que, en su calidad de médium, no le abandona. Su recuerdo se materializa en un íncubo sin alma que la acosa a través de la aplicación para mensajes de Apple. Mientras, ella conduce su moto por las calles de París de tienda de lujo en escaparate de Gucci guiada por otro espíritu inmaterial: la dictadura del buen gusto, la estupidez, el lujo… El alma de, quizá, toda esta ceremonia del exceso, la confusión y el consumo que nos invade.

La sensación es la de inquietud, cuando no de la simple molestia. Y es ahí donde la estrategia de Assayas se descubre tan lúcida como extraña. Toda la cinta juega con la idea de equiparar el viejo y ya olvidado escalofrío de las viejas y ya olvidadas películas de terror con la fiebre de un universo tecnológico que no admite más fantasma que el de la desesperación, la soledad y el ensimismamiento. Durante todo lo que dura Personal shopper, Stewart apenas levanta la mirada de zombi de su teléfono, abducida por una presencia no identificada y siempre misteriosa. Y ahí, en la turbación solipsista de quién sabe si en las redes sociales vivimos todos. Brillante. Turbador.

Bien es cierto que la película, por momentos, navega en un mar de imprecisión. El riesgo produce estas distorsiones. Pero, sea como sea, es imposible no dejarse seducir por una película tan inquietante, brumosa, desesperante y, sobre todo, diferente. Al final de la primera proyección para la prensa hubo abucheos, que son el equivalente a los retuits con insultos. Es decir, la masa enfurecida se levantó en forma de linchamiento contra la quiebra de la unanimidad; es decir, la prueba de que Personal Shopper es de lo más estimulante que hemos visto.