En Viva, Jesús, un chico cubano de 18 años, intenta encontrar su verdadera identidad. Sobrevive peinando a señoras del barrio y arreglando pelucas en un cabaret de La Habana. Pero su vida cambia por completo cuando su padre, un famoso boxeador al que daban por muerto, sale de la cárcel y regresa para vivir con él. Desde ese momento, lucharán por volver a ser padre e hijo.

  • IMDb Rating: 7,2
  • RottenTomatoes: 81%

Película

El director irlandés Paddy Breathnach.se ha definido más de una vez como un fan acérrimo de Cuba. Fue justamente en uno de esos viajes a la isla que descubrió un show de travestis en un club nocturno que lo emocionó hasta las lágrimas. Años después, aquellas observaciones y sensaciones servirían de materia prima para Viva, este largometraje centrado en los avatares de un joven de 18 años en plena búsqueda de su identidad.

Jesús es un peluquero homosexual que se gana la vida arreglando pelucas en un club de drag-queens en La Habana, entre otras changas. Una noche pide que lo dejen actuar y, para sorpresa de todos, lo hace muy bien, con pasión, talento y sentido artístico. Su vida cambia drásticamente cuando regresa su padre, un famoso ex boxeador que acaba de salir de la cárcel y al que, claro, no lo pone muy contento que su hijo se suba a un escenario vestido de mujer.

Seleccionada para representar a Irlanda en los Oscar del año pasado, Viva mostrará la progresiva reconstrucción del vínculo entre ambos en medio de una ciudad que, lejos de la postal turística, ofrece una carnadura barrial y mundana. Hay, también, largos silencios y miradas entrecruzadas y cargadas de acusaciones que Breathnach muestra con una mezcla justa entre sutileza y ternura.

Viva, es cierto, cae en algunos lugares comunes del cine estilo Sundance y por momentos se vuelve condescendiente con el espectador, pero la vitalidad y la energía convierten a este relato madurativo, de reencuentros y vueltas de página, en una más que digna aproximación al siempre complejo vínculo entre padre e hijo. (Ezequiel Boetti – OtrosCine.com)

Son historias que se vuelven a contar una y otra vez, porque se sabe que funcionan. El joven-oruga que vive en la oscuridad hasta que deviene mariposa. El padre largamente ausente que vuelve al reencuentro con su hijo, huérfano de madre.

¿Y si son historias mil veces contadas, contadas de nuevo como quien pulsa botones, por qué prestarles atención? Porque los actores creen en ellas como si fueran nuevas, como si fueran verdaderas, y así nos las hacen creer, con la compañía de una cámara que los acompaña con intensidad. Viva es una película irlandesa filmada en Cuba, producida por Benicio del Toro, escrita por Mark O’Halloran (Calvary, 2014) y dirigida por el irregular Paddy Breathnach. Jesús (Héctor Medina), un joven peluquero, peina las pelucas de Mama (Luis Alberto García), dueño de un club nocturno de La Habana, que presenta espectáculos musicales a cargo de drag queens. Clásicos inoxidables de la canción romántica caribeña, en la voz de Blanca Rosa Gil y Rosita Fornés, de alguna foránea como Massiel ¡y hasta Cacho Castaña!, interpretados por maquilladísimos caballeros en drag, que hacen lip sync.

Jesús palía las dificultades económicas con algún rebusque como taxi boy, mientras sueña con ponerse el vestido y subirse al escenario. Pero no se anima a pedírselo a Mama. Hasta que se anima, la misma noche en que va por allí un hombre que resulta ser su padre, el ex boxeador Ángel, bastante venido abajo (Jorge Perugorría, con una panza que antes no tenía y un tórax de toro). Como puede verse, el guion es una suma de lugares comunes. Y encima Mark O’Halloran, que en Calvario había escrito el ídem de un cura católico, les pone a padre e hijo los nombres que les pone, vaya a saber por qué. Pero todo eso es barrido por las actuaciones –fieras, viscerales, en el caso de Medina delicadísima, en el de García de una imponente presencia natural– y por la proximidad de la cámara, que tiende a encerrar a sus personajes en espacios apretados, contra el fondo de las paredes descascaradas de La Habana. La fotografía de Cathal Watters es otro de los puntos altos, con colores saturados, muchos dorados en los atardeceres y contraluces y siluetas en el club nocturno, donde el timidísimo Jesús deviene Viva, la dama que lleva al público al delirio. (Horacio Bernades – Página 12)