En Once Upon a Time in Hollywood, la estrella de un western televisivo, Rick Dalton, intenta amoldarse a los cambios del medio al mismo tiempo que su doble de riesgo. La vida de Dalton está ligada completamente a Hollywood, y es vecino de la joven y prometedora actriz y modelo Sharon Tate que acaba de casarse con el prestigioso director Roman Polanski.

  • IMDb Rating: 8,0
  • RottenTomatoes: 85%

Película / Subtítulos (Calidad 1080p)

 

Nostalgia y melancolía son dos cosas diferentes y en Once Upon a Time in Hollywood, Quentin Tarantino navega permanentemente entre ambas. Cuando lo atrapa su obsesión fetichista, de dueño del museo más grande de la cultura pop, puede resultar fastidioso, un niño pendiente de que todo el mundo sepa que él tiene o conoce los mejores discos, películas, pósters, publicidades, programas de televisión, radio y cualquier otra “objetería” posible. En cambio, cuando esa apreciación por el pasado se traduce en cierta tristeza, en una valoración de un tono y clima de época y no solo de su juguetería, sus películas pueden ser excepcionales.

Once Upon a Time in Hollywood empieza como una cosa y termina como la otra. Es cierto que ambas se retroalimentan y sin la exhibición de la parafernalia del pasado no se sentiría tanto su potencia emocional, pero Tarantino suele pasarse de rosca con las chucherías. Y durante casi la mitad del film lo que más se siente es el peso de su obsesión. Más que profundizar en la historia o detenerse en la relación entre sus personajes, los usa por momentos como turistas para recorrer calles enteras que hizo reconstruir solo para tener un lugar donde colgar sus enormes pósters que no puede desplegar en su casa. O eso parece.

Durante media película tuve la sensación de que Tarantino había hecho Once Upon a Time in Hollywood solo para poder filmar escenas de westerns y policiales clase B de cine o de televisión de los ’60. Es que apenas arranca la película ya nos está mostrando escenas enteras de las series en la que actuaba Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), uno de los protagonistas de esta historia, un actor al que ya le pasó de largo su momento de gloria y que en 1969 se dedica más bien a hacer apariciones especiales como villano de series televisivas. ¿Son necesarias verlas todas? En algún momento sabremos que sí, ya que tendrán en otro contexto su relevancia.

Su literal fiel ladero, su Sancho Sin Panza, es Cliff Booth (Brad Pitt), su doble de riesgo para las escenas de acción, un veterano de guerra jovial y amable que le hace a la vez de chofer, asistente personal y hasta único amigo real. Es en la tierna y cariñosa relación entre ellos que la película encuentra su primer eje y sostén narrativo. En sus desventuras, juntos y separados, empieza a latir el corazón emocional de la película, una especie de solidaridad entre el hombre torturado que pone la cara y el más apacible que pone el cuerpo.

La que nunca lo encuentra del todo y se mantiene más cómo una figura decorativa salvo un par de momentos, es Sharon Tate, encarnada por una Margot Robbie en estado de gracia. El personaje (que es vecina de Rick) es un misterio idealizado, pura belleza e inocencia, pero en la piel de Robbie se vuelve tan magnética que uno quisiera que la película jamás abandone la escena en la que ella baila en la Playboy Mansion. Todo lo que pueda recrear Tarantino de ahí en adelante parecerá superfluo. Lo que tiene para decir la película sobre la inocencia perdida, quizás, pueda resumirse ahí.

De a poco, muy de a poco, cuando cada escena parece no poder escapar a ser otra cosa que un collage de citas y homenajes de Enciclopedia Hipster de los 60, la película se va armando. Es a partir de una larga secuencia de acciones en paralelo que Once Upon a Time in Hollywood se encuentra a sí misma. En ellas, cada uno de los personajes atraviesa una experiencia fuerte y movilizadora, emotiva o divertida. Rick, filmando borracho una serie de escenas de un western de TV en el que encarna a un villano. Sharon, yendo a ver a un cine una película en la que ella actúa. Y Cliff, bueno, conociendo a “los hippies” de Charles Manson que terminarán conectando la historia de ellos dos con la de Tate. Y mejor no contar más porque el resto es pura sorpresa.

La novena película de Tarantino crece y crece mientras se la ve y más aún con el paso de las horas (escribí esto a tres horas de haberla visto y cada vez me parece mejor). Hay en ella una languidez y una tristeza que convierten a la nostalgia de a poco en melancolía, y la cita que parecía un guiño de conocedor se vuelve de golpe relevante narrativa y emocionalmente. Hay algo de la inocencia de Tate y de la amistad franca del actor y su amigo/asistente que te hacen sentir más el paso del tiempo que mil posters, trailers y referencias visuales. Y el cariño que Tarantino tiene por estos personajes le da al film un corazón latiendo que las últimas películas no tenían. O no tanto.

Once Upon a Time in… Hollywood es una evidente carta de amor de Tarantino a esa ciudad y a esos sueños de la Meca del Cine en una época en el que seguramente le gustaría haber estado trabajando en lugar de este siglo XXI más corporativo e industrializado. Hay una magia casera, accesible pese a todo en ese cine, en esos personajes y en ese universo que habitan que lo vuelve emocionalmente poderoso. Y la dupla de Rick y Cliff son, acaso, de los últimos exponentes de ese modo de vivir y de filmar.

Quizás no sea un éxito de público ya que tiene una extraña estructura narrativa que no cobra real potencia hasta la última de las tres horas, pero el placer está en dejarse llevar por esa melancólica belleza que lo envuelve todo. Pese a ser una catarata de referencias (a veces tengo la impresión que, si no quiere dirigir más, Tarantino podría dedicarse a ser director de arte y production designer), la película termina siendo mucho más que eso. Un poema triste, pero divertido a la vez, sobre un mundo que va desapareciendo frente a nuestros ojos y que solo la magia del cine puede salvar. (Diego Lerer – MicropsiaCine.com)