A Girl Walks Home Alone at Night sucede en la ciudad iraní de Bad City, donde puede pasar cualquier cosa. En medio de un abanico de personajes marginales, un vampiro vaga en busca de sangre. Al western vampírico se le suma un romance teñido de sangre. A Girl Walks Home Alone at Night combina géneros y estilos: invoca el western, la fascinación propia de Lynch, el terror y las novelas gráficas.

  • IMDB Rating: 7,0
  • RottemTomatoes: 95% 

Mejor directora Novel Premios Gotham 2014

Película / Subtítulo (Calidad 108op)

 

En las dilatadas calles de una ciudad iraní se recorta, bajo la claustrofóbica atmósfera producida por la densa bruma, la sombra de un James Dean que pasea errático entre las gigantescas excavadoras que rompen la quietud de la escena. La música de un jubiloso acordeón contrasta con la melancólica estampa y acompaña al joven mientras se aleja entre la espesura conduciendo un flamante coche rojo metalizado. Aunque también podría ser azul, o verde, o como la intuición individual de cada espectador tenga a bien imaginarlo pues, en la fotografía monocromática compuesta por Lyle Vincent, no hay sitio para más tonalidades que las que cada individuo quiera dibujar en este onírico poema de terror. La imagen ultra contrastada en blanco y negro de sutiles destellos en sepia se apoya, al mismo tiempo, en los contraluces que componen potentes focos de iluminación, mayoritariamente artificiales, sobre los cuerpos de los protagonistas, ofreciendo un baile de sombras cuyas siluetas juegan a ocultarse y reaparecer aprovechando la amplísima profundidad de campo que desdibuja sus facciones en un abismo tridimensional. Sin embargo, el sonido metálico de una guitarra eléctrica presagiosa nos hace despertar del ensimismamiento producido por la serenidad narrativa, al tiempo que nos descubre una espantosa imagen compuesta por una alegórica rambla llena de cadáveres amontonados que nos dan la bienvenida a la siniestra Bad City.

Así es como la joven directora y guionista Ana Lily Amirpour contextualiza el lugar en el que transcurrirá su western vampírico, A Girl Walks Home Alone at Night, para pasar posteriormente a la tradicional presentación de sus escasos personajes. Los habitantes de este pequeño pueblo sin taberna, sin depósito de agua, y sin iglesia, coinciden conceptualmente con los estereotipos del western clásico, aunque se les haya aplicado una evidente modificación superficial que justifica la hibridación genérica de la que presume su argumento. En primer lugar encontramos al vaquero de intachable moral, Arash es el personaje que abría la película y cuyo caballo ha sido sustituido por el automóvil multicolor que mencionamos al comienzo, y que será el detonante del primer conflicto. La aparición de Saeed, “el malo”, caricaturizado hasta el envilecimiento absoluto con rasgos luciferinos ocultos bajo una apariencia de traficante vulgar, propicia el robo de ese vehículo y servirá como excusa para la advertencia del gran duelo. Un duelo que llegará de forma sorpresiva mucho antes de lo esperado, y no enfrentará al héroe y al villano, como cabría esperar, sino al antihéroe, que aparecerá de repente para proclamarse como protagonista indiscutible: La chica. Amirpour cambia los roles establecidos, otorgando a la mujer el papel de rescatadora de un indefenso vaquero, que llegará tarde y tembloroso a una cita con el destino de la que se ha zafado gracias a la sangrienta intervención de esta misteriosa skater. Ella es un vampiro, descendiente de una legendaria estirpe de criaturas de la noche que han evolucionado desde el espantoso ser deformado presentado por Murnau, hasta la delicada sensualidad contemporánea. Esta transformación no sólo ha sido visible en la apariencia, sino también en el comportamiento: Partimos de un vampiro depredador, originario del género y de metodología selectiva. Posteriormente llegó el romanticismo humanizador de la bestia, el vampiro era capaz de simpatizar con el ser humano corriente y conmoverse emocionalmente. Sus sentimientos influían en su juicio hasta el punto de convertirse en la mascota defensiva de las personas. Por último, y manteniendo el espíritu depredador, aunque no el humanizador, tenemos al vampiro racional, que correspondería al interpretado por “la chica”. Es capaz de distinguir entre el bien y el mal, llevar a cabo su propio juicio valorativo moral y aplicar el castigo a su antojo. Sin embargo, no se deja conmover por los sentimientos de sus posibles víctimas. Se retoma el concepto de criatura que observa en las sombras, analiza y selecciona a sus presas siguiendo un criterio subjetivo. El resto de ciudadanos se convertirán, pues, en víctimas potenciales que tendrán que probar su “inocencia”, sucumbiendo al poder de la criatura a no ser que pasen el filtro de idoneidad vampírica.

La prostituta, el vicioso, el niño travieso, el vagabundo… representan unos valores que influirán en la decisión final del perverso verdugo, quien actuará en función del valor individual de cada uno y los beneficios que puedan aportar a la sociedad ficticia. Por ello, la vampiresa nunca mata en el primer encuentro, sino que ofrece el beneficio de la duda; lanza persuasivas advertencias en algunas ocasiones en las que se requiere de una actuación más didáctica —caso de niño—, o se mantiene en un segundo plano como simple observadora en otras, para finalmente enfrentarse uno por uno a todos los personajes. En estas tareas se encontrará con sentimientos que van desde el desprecio —mostrándose implacable en su proceder—, hasta la necesidad —frente a la que aplicará una despiadada selección natural con el fin de encontrar alimento—, pasando por algo parecido al amor, aunque para ello el héroe tendrá que mutar a una versión draculesca de sí mismo. El humor negro será otro componente esencial en la cinta de Amirpour, un ingenioso y divertido recurso que contrasta con la poética y lacónica actitud de la protagonista, quien logrará manifestar su hereditario don de la ubicuidad gracias a la complicidad de un gato negro —sustituto de los recurrentes quirópteros— que le otorga un conocimiento ilimitado de los detalles de sus futuras víctimas.

La directora sorprende con un gran repertorio de primeros planos y enfoques aberrantes que aportan fuerza a la trama, al tiempo que introduce varias escenas musicales desprovistas de diálogos que nos ayudan a comprender o, al menos apreciar la imprevisible personalidad de los personajes en este western al que, habiendo dejado fuera de combate a “el malo” en el primer cuarto de metraje, no le queda más remedio que luchar, gracias al poder persuasivo que desprende la inaudita pareja principal en su insólita relación, por mantener a flote la emoción de una historia cuya intriga principal fue resuelta sin dilación ni contemplación. (Alberto Sáez Villarino – ElAntepenúltimoMohicano.com)