Il Boom

En Il Boom Giovanni Alberti es un respetable hombre de negocios que está muy enamorado de su esposa. El problema es que ella ama tanto el lujo y la buena vida que Giovanni necesita cada vez más dinero para satisfacer sus caprichos. Llega a estar tan asfixiado por las deudas que incluso le proponen que venda algo vital a cambio de una importante cantidad de dinero.

  • IMDb Rating: 7,1
  • RottenTomatoes: 62%

Película / Subtítulos (Calidad 1080p)

 

En los 60 Italia, al igual que muchos otros países del mundo, vivió un resurgimiento económico al que se le acuñó el término inglés de «boom» económico. Atrás quedaban los oscuros años de la posguerra, el capitalismo ofrecía a la sociedad su mejor cara con una creciente prosperidad que parecía no tener límites. El cine italiano, que por entonces se encontraba en plena edad de oro, no quedó ajeno a esta realidad y plasmó en varias de sus grandes obras la faceta más oscura de aquella época: desde la realidad menos agradable de un mundo laboral que seguía basándose en la precariedad hacia los trabajadores más humildes en la tragicómica Il Posto, de Ermanno Olmi a ese inolvidable retrato de la clase burguesa más decadente de La Dolce Vita de Federico Fellini, que tras su aparente lujo y una bellísima escena icónica como la de la Fontana di Trevi escondía una de las obras maestras más desencantadas y desesperanzadas de la historia del cine.

Este contexto era el caldo de cultivo ideal para que Cesare Zavattini, el gran guionista por excelencia del Neorrealismo Italiano, elaborara una comedia amarga sobre el reverso oculto de ese supuesto milagro económico: Il Boom. De entrada, se nos presenta a Giovanni Alberti, un hombre casado y que aparenta una posición económica elevada al incurrir en todo tipo de gastos y pequeños lujos. Pero mientras vemos a Giovanni pegarse la gran vida con su mujer, en paralelo se nos muestra una escena que choca con ese retrato de bienestar económico: la de su madre preguntándole si necesita dinero y ofreciéndole su libreta de ahorros. Giovanni está realmente arruinado, pero se ve incapaz de detener ese lujoso tren de vida al que su esposa, perteneciente a una clase más alta que la suya, no puede renunciar fácilmente.

Il Boom es uno de los retratos más certeros que he visto sobre la vacuidad y las apariencias, sobre la importancia no solo de tener dinero sino de aparentar tenerlo una vez uno se codea con la clase alta. Vittorio de Sica y Zavattini retratan a la perfección esa rueda de continuos gastos y lujo cotidiano de la que, una vez Giovanni ha entrado, se le hace imposible salir. El hombre a quien le ha rogado un crédito le dice que recorte gastos en vez de pedirle una prórroga, pero Giovanni se ve incapaz: su mujer «es una señora». Y aquí se trasluce un segundo drama en el que la película no profundiza pero que Zavattini ya ha esbozado como idea de fondo: el pobre diablo que se ha casado con una mujer perteneciente a otra clase social y que, por tanto, está acostumbrada a una serie de lujos y caprichos que él no puede permitirse; el contraste entre los padres humildes de Giovanni y la familia de su mujer, siendo los primeros los únicos que sienten compasión por él cuando saben que está arruinado y le ofrecen incluso su poco dinero, mientras que su suegro y su esposa reaccionan ante la noticia dándole la espalda y humillándole siendo mucho más acaudalados.

Giovanni intenta salir del paso pidiendo un préstamo a cualquier persona que le escuche (e incluso a aquellas que no quieren hacerlo), ofreciendo supuestos negocios seguros basados, una vez más, en la especulación. Pero la regla de oro que aprenderá es que la gente adinerada huele las desgracias ajenas y solo cuando éste ha conseguido milagrosamente una gran suma de dinero – ahora entraremos en cómo lo ha logrado – se reprocharán de no haber participado en su negocio.

Una de las ideas que subyace en Il Boom es cómo muchas normas de nuestra sociedad no se aplican a la gente rica, algo que era tan cierto entonces (en los países en que el aborto era ilegal, simplemente bastaba con llevar a la incauta hija a «un viaje al extranjero» que no todo el mundo podía permitirse para solucionar el problema) como hoy día (el debate actual sobre los vientres de alquiler, por citar solo un ejemplo). Giovanni encuentra un hombre adinerado y arrogante al que quiere dar un sablazo, pero la mujer de éste le hace entonces una proposición inesperada: que le venda una de sus ojos para poder implantárselo a su marido, que se quedó tuerto a causa de un accidente años atrás. El comercio con órganos es totalmente ilegal, pero ya se nos explica cómo ese respetadísimo industrial tiene contactos médicos que solucionarán esa eventualidad realizando la operación de forma clandestina. Giovanni debe pagar pues literalmente un ojo de la cara para saldar sus deudas. ¿Hasta qué punto está dispuesto a llegar para mantener ese tren de vida?

El filme es pues una metáfora bastante obvia tanto sobre la forma como las clases altas explotan a las más humildes para mantener su bienestar (en cierto momento la mujer del industrial comenta muy orgullosa cómo antaño en cierto proyecto realizado en África su marido tenía a su cargo a mil hombres construyendo carreteras y, además, se hace referencia a que «ya no vivimos en los tiempos de los esclavos», algo que suena irónico visto lo visto) como sobre de los límites a los que está dispuesta a llegar la clase trabajadora con tal de codearse con la más acomodada. Il Boom funciona de esta manera perfectamente al saber mantener muy bien ese tono entre comedia y drama amargo, sin ser explícitamente aleccionador pero sin esconder sus intenciones.

Todo ello en gran parte sostenido por otra portentosa interpretación de Alberto Sordi, que ya por entonces había demostrado en filmes como La Grande Guerra, de Mario Monicelli o Mafioso, de Alberto Lattuada su capacidad de exhibir su innata comicidad pero añadiéndole un deje amargo que nos deja con la sonrisa congelada. Aquí una vez más borda su papel de pobre diablo abocado por su culpa a esa situación extrema. No es un personaje que podamos considerar una víctima, ya que él mismo se ha dejado emborrachar por el lujo y las apariencias, y ni siquiera tiene la elegancia necesaria como para disfrutar de la fortuna que acaba de ganar sin echar en cara al resto de sus amigos el que días atrás le dieran la espalda. Pero no podemos evitar sentir cierta simpatía hacia él y sus tretas para mantener su estatus, que no tienen la suave e hipócrita elegancia de la gente adinerada, sino la picaresca de la clase obrera que nos es más cercana a la mayoría. Además es innegable que Giovanni ama sinceramente a su mujer y que está dispuesto a lo que sea con tal de mantenerla, aun cuando él no se dé cuenta de lo que nosotros como espectadores detectamos enseguida: que por mucho que ella le ame, quiere más a su posición y estatus privilegiado, y no dudaría en abandonarlo si su marido se viera obligado a ofrecerle un tipo de vida más humilde. La genialidad de Zavattini es que no crea personajes estereotipados y caricaturizados con trazo grueso, sino seres humanos que, en su personalidad tan superficial y en su vacuidad, parecen también reales.

La película nos muestra por otro lado a un Vittorio De Sica en plena forma que ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos no solo en temática sino en estilo, imprimiendo a la historia el tono cínico que precisa. Hay bastantes pequeñas ideas muy afortunadas a destacar, como por ejemplo esa costumbre que siempre nos ha intrigado a los que no pertenecemos a la clase alta de tratar a los criados o sirvientes como si fueran objetos a su servicio y, por tanto, poder tener conversaciones perfectamente confidenciales con ellos delante, como si no existieran, como si no fueran personas que están presenciando en primera persona nuestra esfera íntima. Eso es visible en la discusión entre Giovanni y su mujer después de la fallida fiesta en que los invitados se han marchado a causa del comportamiento del primero, en que el matrimonio tiene una discusión bastante violenta mientras los músicos y criados contratados están a su lado de pie aguardando órdenes. Uno de los muchos detalles que contiene el filme y que ni siquiera se explota a modo de gag, pero que le da una riqueza extra a la escena.

El momento más destacable no obstante es aquel en que Giovanni acude a la clínica a someterse a la operación, que en ciertos aspectos me ha recordado – salvando las distancias, claro – al magistral desenlace de El Verdugo (1963), pero que aquí evoca más la imagen de un niño reticente a acudir a una visita al dentista. De Sica nos contagia perfectamente del miedo de Giovanni, de esa sensación de pánico pero también de inevitabilidad, de tener que pasar por algo desagradable y traumático sin que haya forma de escapar de ello. La idea se enfatiza por el hecho de que el otro industrial, ese hombre tan poderoso y arrogante, también tiene miedo porque no soporta el dolor, y sobre todo, porque su mujer tiene en esta escena un papel semejante al de una madre que debe obligar a sus hijos a pasar por esa visita al médico.

La diferencia está en que en este caso ha sido el propio Giovanni el que se ha conducido a sí mismo a esta situación. Y lo más descorazonador de todo es que cuando la película acaba tenemos el convencimiento de que volverá a arruinarse, construyendo una vida de lujos y comodidades sobre la pura especulación, puros castillos de arena que se pueden derrumbar a la mínima crisis económica, algo que mucho me temo hemos podido presenciar en primera persona cómo ha acabado sucediendo décadas después en nuestra sociedad. Eso sí, en algo Zavattini no se equivocó: los ricos mayormente se mantienen al margen de esos vaivenes económicos, y quien se expone a perder un ojo es ese pobre desgraciado con ínfulas de ser más de lo que era. (ElGabineteDelDoctorMabuse.com)

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