En In Front of Your Face, una veterana actriz regresa a su país, Corea del Sur, e irrumpe en casa de su hermana. Un cineasta, algunos años más joven que ella, le ha pedido que se una a su proyecto y, tras una amable negativa, han acordado reunirse por primera vez. El centro de Seúl está lleno de estrechas callejuelas que albergan diminutos bares antiguos, y ahí es donde se encuentran. Mientras se emborrachan, llueve y truena repentinamente.

  • IMDb Rating: 6,9
  • RottenTomatoes: 93%

Película / Subtítulos (Calidad 1080p)

 

«Todo lo que veo a mi alrededor es gracia.
No hay ayer ni mañana.
Pero este momento, ahora, puede ser el paraíso»

Acaso su mejor película en muchos años, In Front of Your Face comienza, como casi todas las del realizador coreano, de una manera absolutamente casual, casi cotidiana. Dos mujeres están juntas en una casa y conversan tras despertarse de sus camas. Una le habla a la otra de un sueño que tuvo pero no quiere contárselo hasta el mediodía (dice que trae mala suerte hacerlo) y ambas bajan a desayunar antes de una actividad que Sangok (Lee Hye Young), la mayor de las dos, tiene planeada para el almuerzo.

Mientras desayunan al aire libre frente a un lago sabremos que ambas son hermanas y que Sangok vive en los Estados Unidos y está en Corea de paso, por más que Jeongok (Cho Yunhee) desee que ella regrese al país para quedarse. Sangok se fue de allí con sueños de éxito económico pero la sensación que ambas tienen –en un interesante giro del tema migratorio– es que les fue mejor económicamente a los que se quedaron en Corea. Allá, la mujer tiene una tienda de venta de bebidas («a liquor store«) en Seattle y no le alcanza ni para ahorrar demasiado.

Queda claro, además, que han estado muy poco comunicadas durante todos estos años y un tono de reclamo mutuo se hace evidente en sus conversaciones. Y también uno va sintiendo que hay cosas que se siguen sin decir, algunas cuentas no del todo saldadas. Cuando, al caminar por el parque, dos mujeres reconocen a Sangok entraremos en un territorio más clásico de Hong. La mujer, antes de emigrar, llegó a tener cierto éxito como actriz de cine y televisión. Y es, o fue, al menos un poco famosa.

La mañana de ambas continuará con una visita a al hijo de Jeongok que tiene un negocio de comidas y luego las hermanas tomarán rutas separadas. Sangok visitará el barrio de su infancia y llegará luego a la reunión que tenía planificada. No conviene contar mucho más. Solo vale decir que ese encuentro –regado como es costumbre de comida y bebida– será con un cineasta que la quiere contratar para trabajar con él y ocupará casi todo el resto de la película. Será, además, una de las secuencias más bellas, encantadoras, raras, tristes y emotivas de toda la carrera de Hong Sangsoo.

En algún sentido, In Front of Your Face son dos (o hasta tres) películas en una, sostenidas en cada caso por largas escenas de conversaciones, generalmente filmadas en plano secuencia. Ya de entrada uno sabe que esa vuelta a Corea es, para Sangok, algo especial (algunos comentarios en tono de plegaria de su voz en off así lo dan a entender) y el recorrido que ella hace por la ciudad, por sus familiares y por su pasado y quizás futuro trabajo se convierten también en un recorrido por su vida.

En menos de 90 minutos, Hong Sang-soo arma su film más desnudo y elocuente, casi un retrato íntimo de una mujer en un momento muy especial de su vida, una señora que tiene una optimista filosofía de vida (de ahí viene el título, ya verán cómo se incorpora) que le permite afrontar difíciles circunstancias con una inquebrantable luminosidad. Dentro de los parámetros siempre un poco ácidos del director, quizás este sea su film más honesto y conmovedor, desgarrador y ligero a la vez, desmañado pero puro y bello, como la melodía que en algún momento Sangok se pondrá a tocar en la guitarra.

No he visto prácticamente nada de la competencia oficial de Cannes pero difícil que haya allí una película con la lucidez y la humanidad de In Front of Your Face. Que no esté en esa sección habla más bien de cómo la grandeza del cine de Hong tiende a pasar desapercibida aún para aquellos acostumbrados a ver este tipo de películas. Su brillantez es tan casual, tan desprovista de subrayados, tan sincera y desprolija –y el hombre, además, produce tanto– que muchos siquiera advierten el nivel de sinceridad e inteligencia de cada una de ellas. Y de ésta, en especial, en la que deja de lado cualquier tipo de reticencia o control emocional y hasta apuesta a la lágrima del espectador.

En un momento en el que Sangok pasea por Itaewon, el barrio de su infancia –su comida con el director se demora más de lo pensado, permitiendo a la película insertar una tangente narrativa–, la mujer visita la casa de su infancia. Allí es recibida por la actual dueña del lugar, que vive y tiene un negocio de ropa ahí mismo hace muy poco tiempo. Ya dentro de la casa, reformada y para ella irreconocible, la mujer se topa con la pequeña hija de la dueña del lugar. Y la breve escena que tienen juntas es como un viaje proustiano en su memoria, una suerte de emotivo reencuentro consigo misma, medio siglo o más después.

Pero la «pièce de résistance» de la película serán sus últimos 40 minutos, con dos personas sentadas frente a frente en la mesa de un restaurante (al cineasta y ¿alter-ego? del director lo encarna Kwon Hae-Hyo, un veterano del cine de Hong) manteniendo una conversación que irá girando de tono y de temas, que irá de la amabilidad a la melancolía, de la risa a la tristeza, del cine a la música y del café a la comida y de allí al alcohol.

En esa larga escena es como si todo el cine de Hong junto se congregara en una suerte de bergmaniana convención de fantasmas que resume y corona una carrera extraordinaria. Está el Hong de las conversaciones largas sobre la vida y las relaciones, el del mundo del cine y el amor por las películas, el del interminable consumo de alcohol que va haciendo revelar más y más verdades, y el de la masculinidad algo tóxica de sus viejas películas. A todo eso le suma algunos temas nuevos que revelan que el realizador todavía tiene mucho para contar y una coda algo ligera que deja en claro que, en el fondo, hay algo de juego en todo lo que hemos visto. Es una obra maestra. (Diego Lerer – MicropsiaCine.com)