En Los Tortuga Anabel tiene 18 años y vive con su madre, Delia, una taxista chilena emigrada al barrio de Collblanc hace veinte años. Estudia primero de comunicación audiovisual en la ciudad de Barcelona. Le costó mucho esfuerzo entrar en la carrera, pero ahora su futuro está a punto de cambiar. Y es que aunque Anabel todavía no lo sepa, una carta está a punto de llegar.
Premio Especial del Jurado, Mejor Dirección y Mejor Guión en el Festival de Málaga 2024
- IMDb Rating: 6,3
- FilmAffinity: 6,2
Película (Calidad 1080p)
La directora catalana Belén Funes vuelve a la carga tras su primer largometraje, La Hija de un Ladrón, estrenado en el Festival de San Sebastián. Los Tortuga es su segundo largometraje, un drama social que aborda las complejas relaciones familiares y que cuenta, al igual que en su primera película, con un guion escrito por ella junto con Marçal Cebrián. Tanto el título en inglés (The Exiles) como el título en español hacen referencia a los españoles que emigraron de los pueblos en el campo a Cataluña. La película se proyectó en la sección Meet the Neighbours+ del Festival de Tesalónica tras su estreno mundial en el Festival de Toronto. Sus dos protagonistas, una madre y una hija muy unidas, pero cuya relación se tuerce a causa del dolor, deben pasar por un periodo de ajuste de cuentas acompañado por una especie de exilio, tanto físico como emocional. El domingo pasado, las dos actrices principales recibieron el premio a mejor actriz y una mención especial en la ceremonia de los premios del festival.
Delia (Antonia Zegers, colaboradora frecuente de Pablo Larraín), una inmigrante chilena en España, y su hija adolescente Ana (Elvira Lara), salen adelante gracias al trabajo de su madre, taxista nocturna en Barcelona. Entre las palabras que no se dicen se hace patente la figura del marido de Delia y padre de Ana, el difunto Julián, que proviene de un pueblo andaluz y de una familia con una finca de olivares. Cada una tiene su propia forma de afrontar su muerte: mientras que Ana asimila su recuerdo aceptándolo, Delia lo niega completamente, actuando impulsivamente cada vez que se confirma de nuevo lo definitivo de su fallecimiento. Delia es alegre con su familia y juega estupendamente con sus pequeñas sobrinas Candela y Marta, pero surgen conflictos brutales cuando intenta estar de acuerdo con su hija.
En primer lugar, Funes deja que el público asimile y entienda la dinámica de la extensa familia, y las relaciones entre cada persona, que se desarrolla durante la primera media hora, antes de que por fin aparezca el título de la película. Especialmente en las escenas de conjunto, emula un estilo documental observacional mientras presenciamos al grupo cosechando olivas, a los adolescentes fumando marihuana a escondidas y, las tensas interacciones en Navidad entre Ana y una Delia cada vez más polémica. Pero poco después de que las dos se muden a Barcelona, para que Ana pueda ir a la universidad, reciben la notificación de desahucio de su piso, lo que lleva a Delia a derrumbarse por completo, mientras que Ana siente el peso de la responsabilidad caer sobre ella. A pesar de esta distancia afectiva, continúan interpretando su relación como una relación unida por un vínculo increíblemente cercano. Demuestran su mutuo amor obstinadamente (Ana sigue usando un set de maquillaje que Delia le compró, aunque a su hija no le guste), mientras emocionalmente pasan la una de la otra, llorando la misma pérdida sin procesar. El director de fotografía, Diego Cabezas, proyecta una persistente sombra sobre los efectos visuales de la película, ya que el pelo oscuro, las habitaciones sombrías y los interiores de los coches, tenuemente iluminados, parecen ocultar más de lo que normalmente lo harían.
La segunda mitad de la película tiene un ritmo menos uniforme, lo que obliga al espectador a completar algunas de las lagunas de conocimiento. Los cambios parecen producirse más rápidamente cuando ambas se alejan más, reuniéndose cada cierto tiempo en un fuerte abrazo y recordándonos que se necesitan la una a la otra. Pero Funes nunca alarga la historia demasiado, sino que nos deja atar cabos. La conmovedora escena final de la película representa una pizca de esperanza para la madre y la hija, donde se muestra no necesariamente una lenta progresión hacia la aceptación, sino un giro inesperado, como una forma real de magia. Puede que, después de todo, haya una forma de salir de la oscuridad de un dolor inimaginable. (Olivia Popp – CinEuropa.org)