Rapito transcurre en Bolonia, en el año 1858. Los soldados del Papa irrumpen en la casa de los Mortara para secuestrar a su hijo de siete años, Edgardo. La película sigue la lucha de la familia para tratar de recuperar a su hijo ante esta acción de la Iglesia Católica.

Mejor Guión en el Festival de Valladolid – Seminci 2023

  • IMDb Rating: 7,1
  • RottenTomatoes: 81%

Película / Subtítulos (Calidad 1080p)

 

El «caso Edgardo Mortara» es un proyecto en el que Steven Spielberg ya estuvo trabajando durante 10 años antes de acabar abandonándolo. En su lugar, esta historia ambientada en Bolonia sobre el secuestro de un niño judío que fue arrancado de su familia de origen en 1858 para ser educado como católico bajo la custodia del papa Pío IX ha sido llevada al cine por Marco Bellocchio y su película Rapito, presentada en competición en el Festival de Cannes, para la que se ha inspirado libremente en un libro de Daniele Scalise y que ha escrito junto con Susanna Nicchiarelli.

Entrelazando las esferas pública y privada, Bellocchio relata esta injusticia irremediable de abuso de poder por parte del último “papa rey”, el cual se opuso firmemente a la sociedad laica y se enfrentó al momento histórico del nacimiento de un moderno estado nacional unitario en Italia. Con el pretexto de un supuesto bautizo clandestino de una joven criada católica, el inquisidor del Santo Oficio, Pier Gaetano Feletti (Fabrizio Gifuni), ordena a la policía que se lleve por la fuerza al pequeño Edgardo (Enea Sala de niño y Leonardo Maltese de adulto), que es trasladado al Collegio dei Catecumeni en Roma para ser educado según los preceptos de la Iglesia romana. Solo cuatro meses después, sus desesperados padres (Barbara Ronchi y Fausto Russo Alesi) consiguen volver a verlo, al tiempo que el caso traspasa las fronteras italianas y se convierte en un asunto de alcance internacional. Incluso Napoleón III hace saber que «no le ha gustado» el secuestro de Pío IX (Paolo Pierobon).

El cuerpo de Edgardo se convierte en un cuerpo en disputa, tal y como el de Aldo Moro en Esterno Notte—que también tratan sobre un secuestro de carácter “político”— o como el de La Bella Addormentata,  y algunos de los arquetipos de Bellocchio, uno de los directores más lúcidos y coherentes del cine europeo, se renuevan en una reinterpretación del presente a la luz de un viaje al pasado. Desde su ópera prima, el director ha abordado la Iglesia católica desde una perspectiva laica, como institución que sostiene la autoridad del neocapitalismo y esclaviza al son de la hipocresía y los prejuicios. En Rapito, la Iglesia y el poder político convergen, de manera que enseguida viene a la mente el fanatismo religioso caracterizado por una constante carga de violencia y opresión por el que se rigen algunos estados hoy en día. Pero a Bellocchio, como siempre, lo que le interesa es sobre todo la dinámica de la familia como cuerpo social al que el poder no tiene problema en atacar y conquistar. La figura del padre es algo recurrente en su cine, de declarada matriz autobiográfica, y en este caso el papa se convierte en un padre que sustituye al padre biológico.

En cuanto a la estructura compositiva, en Rapito se recurre a un refinado montaje caracterizado por la alternancia (por cortesía de la magistral Francesca Calvelli) en el que se contrasta la angustia de la familia con la tenaz firmeza papal, los ritos del régimen temporal eclesiástico en sus grandiosas sedes del poder con los ritos religiosos de un enemigo que también se atiene a la palabra de Dios, pero que constituye un pueblo sometido, controlado y recluido, en el sentido literal de la palabra. Por medio del habitual claroscuro de la fotografía de Francesco Di Giacomo, que explora los rostros a corta distancia, de la autoritaria banda sonora de Fabio Massimo Capogrosso, que subraya el dramatismo de la historia, y del guion del director, se recurre al constante uso de lo grotesco: el papa subiendo a gatas por las «escaleras sagradas», o siendo arrojado al suelo por un joven Edgardo furioso que ahora se ha convertido en un cristiano fervoroso. Todo esto se hace desde el distanciamiento de lo onírico, que se sitúa fuera de la verosimilitud narrativa. En una de las escenas culminantes de Rapito, el pequeño Edgardo libera de los clavos que lo mantienen fijado a la cruz al hombre dolorido que tiene claro que ha sido “asesinado por los judíos”. Jesús baja y se aleja silenciosamente de la iglesia, como queriendo distanciarse de la figura del papa y de la Iglesia, de la misma manera que Aldo Moro consigue salir de la habitación-prisión y se libra utópicamente de ser ejecutado por los terroristas que lo secuestraron. (Camillo De Marco – CinEuropa.org)