Tarde para la Ira arranca en Madrid, agosto de 2007. Curro entra en prisión tras participar en el atraco a una joyería. Ocho años después sale de la cárcel con ganas de emprender una nueva vida junto a su novia Ana y su hijo, pero se encontrará con una situación inesperada y a un desconocido, José.

Mejor Película y Mejor Director Novel en los Premios Goya 2016
Mejor Actriz en la Sección Orizzonti en el  Festival de Venecia 2016
Mejor Drama, Mejor Director y Mejor Guión en los Premios Feróz 2016
  • IMDb Rating: 7,1
  • RottenTomatoes: 100%

Película

 

Cada vez son más los jóvenes actores de nuestro pequeño star system que se atreven a probar ese salto mortal sin red que supone sentarse en la silla del director. El último osado en llegar ha sido Raúl Arévalo, uno de los intérpretes más versátiles de su generación, que, siguiendo los pasos de otros colegas de profesión a los que no les fue nada mal (Achero Mañas, Daniel Guzmán, Leticia Dolera…, nuestra cantera es tan prolífica como talentosa), parece haberse propuesto dejar constancia de que no hay mejor director de actores que alguien que haya estado con anterioridad delante de las cámaras. Viniendo de protagonizar algunos de los thrillers patrios más impactantes de las últimas temporadas –La Isla Mínima (Alberto Rodríguez, 2014), Cien Años de Perdón (Daniel Calparsoro, 2016)–, lo previsible hubiese sido que el nuevo cineasta se hubiese impregnado del virtuosismo estilístico de la primera o de los efectismos (a la americana) de la segunda para construir su Tarde para la Ira, pero, como sorpresa mayúscula (y reconfortante), no son estos los modelos en los que su cinta se mira. Arévalo ha sido más inteligente y ambicioso que todo eso, echando la vista atrás hacia las poderosas historias de venganzas de Carlos Saura, desde la magna La Caza (1966), donde, a través de incómodos silencios y mucha violencia soterrada, convirtió un coto en escenario de los ajustes de cuentas entre tres amigos, hasta su descarnada reconstrucción del crimen de Puerto Hurraco en la escalofriante El 7º Día (2004), recuperando su sequedad, hiperrealismo y una facilidad pasmosa para retratar lo cotidiano, a través de escenarios y personajes fácilmente reconocibles a la vuelta de la esquina de cualquier barrio de clase obrera.

Al igual que el personaje de Mario Casas en la reciente Toro (Kike Maíllo, 2016) –otro ejercicio de nuestro cine de género de última hornada, que terminó engullido por un envoltorio visual demasiado pegado a la obra de Nicolas Winding Refn–, que trataba de recuperar su vida después de pasar unos años en prisión por robo, pero el entorno se confabulaba para que le fuese difícil escapar de la espiral de criminalidad, el Curro de Tarde para la Ira –impresionante Luis Callejo, captando toda la agresividad irracional del personaje– sale de la cárcel tras 8 años de condena por colaborar en el atraco a una joyería que se complicó más de la cuenta. Como cabeza de turco, al negarse a delatar a sus cómplices (de los que fue más cooperador necesario, como chófer, que verdadero brazo ejecutor de la trama), fue el único del grupo que pagó por sus culpas, y tiene a Ana –Ruth Díaz, toda fragilidad y sentimientos a flor de piel, magnífica en su encarnación de la típica fémina de cine negro (con aires de andar por casa, para la ocasión) que siempre suele cumplir el papel de detonante de la tragedia–, su novia de toda la vida y madre de su pequeño hijo, esperándole en la calle para retomar su familia. Este panorama esperanzador, con nuevos horizontes de reinserción y vida normal, se ve truncado con la aparición de José (Antonio de la Torre), un misterioso hombre de pocas palabras, pero que arrastra su propio infierno personal. Tarde para la Ira habla de cómo los fantasmas del pasado siempre acaban alcanzándote, del odio y la rabia contenida que no deja vivir, así como de la necesidad de venganza para seguir caminando, aunque esta se sirva tarde y muy fría. Desde la impactante secuencia de apertura, donde el director nos introduce en el interior del coche de los atracadores, en medio de una accidentada persecución policial, llama poderosamente la atención la estética setentera del largometraje, filmado en granuloso (y un tanto en desuso) 16 mm –algo que lo dota de gran personalidad, alejándolo de cualquier moda o concesión comercial–, así como un manejo de la cámara para nada propio de un cineasta novel, el tono crudo y descarnado de su relato y la veracidad de unos personajes muy bien perfilados (y mejor interpretados), siempre expuestos a situaciones límite.

El alma de la película es, desde luego, Antonio de la Torre, un actor todoterreno, experto en camuflar una importante carga de violencia y monstruosidad bajo una aparienca amable y cercana –recordemos Caníbal (Manuel Martín Cuenca, 2013)–, que en el papel de José vuelve a dar muestras de una magistral contención que, a la manera de aquel hombre tranquilo y civilizado convertido en sanguinario vengador –como todos sabemos, la violencia solo engendra violencia– que fue Dustin Hoffman en Straw Dogs, de Sam Peckinpah, acaba rompiendo mediante imprevisibles explosiones de agresividad animal. De la Torre, Callejo y Díaz componen un atípico triángulo de alto voltaje, condenado al sufrimiento, en el que se mezclan irrompibles lazos sentimentales, lealtades traicionadas y cuentas pendientes, muy bien respaldados por un plantel de secundarios impecable, en donde cada personaje contribuye con tino a enriquecer la trama –desde el cuñado simpaticón interpretado por Raúl Jiménez a ese mafioso de medio pelo al que Manolo Solo borda en brevísimos (pero intensos) minutos–. Es Tarde para la Ira un thriller polvoriento y sucio, con reminiscencias de western –esa búsqueda incansable de venganza de este solo ante el peligro que es José, acompañado de Curro, a través de un panorama costumbrista poblado de familiares bares de barrio, gimnasios con oscuras trastiendas, moteles de carretera y plazas de pueblo festejando a sus santos– y un tramo final de road movie en el que el destino se torna en incierto para sus protagonistas. Estamos ante una cinta envolvente, con un guion que funciona como un reloj y dosifica muy bien sus cartas, a pesar de que da más importancia a los personajes y sus motivaciones que a la acción en sí. Puede que lo que nos cuentan Arévalo y su coguionista David Pulido no sea, ni mucho menos, novedoso o rompedor, pero es en el modo en que lo plasman en imágenes donde logran su gran triunfo, sirviendo como ejemplo perfecto esos planos tan cercanos de los rostros amantes, que consiguen una sensación de intimidad y desnudez (física y emocional) tan auténtica como poco frecuente. Seca, cortante y con una narración coherente y sin más fuegos de artificio que los que provocan el miedo, el rencor o la ira –sentimientos primarios capaces de despertar a la bestia que todos llevamos dentro–, Tarde para la Ira merece ser saludada, con todos los honores, como una de las óperas primas más brutales y sobresalientes que el cine español ha conocido en muchos años, así como la constatación de que con Raúl Arévalo ha nacido un nuevo gran director.