En To Have and Have Not Harry Morgan y Eddie son dos marineros que tratan de ganarse la vida en la isla de la Martinica alquilando su barco de recreo durante la Segunda Guerra Mundial. Pese a sus reticencias, finalmente se verán obligados a trabajar para la Resistencia.
- IMDb Rating: 7,8
- RottenTomatoes: 90%
Película / Subtítutlos (Calidad 1080p)
Este noir, basado en la primera y no tan celebrada novela escrita por Ernest Hemingway, tiene la virtud, que durante muchos años fue defecto en su exhibición, de situar a sus personajes en tierra de nadie en la mitad de un conflicto armado, como fue la Segunda Guerra Mundial, en el mar Caribe y, más concretamente, vía portuaria hacia la isla de Martinica. Allí, los protagónicos Harry Morgan (Humphrey Bogart) y el borrachuzo Eddie (Walter Brennan) se dedican a dar paseos en barca para la pesca de escualos a ricos incautos de carácter, cuando en realidad no lo son. Todo recuerda en demasía, quizás, a dos películas en que Hemingway, Raymond Chandler, Howard Hawks —artífice también de esta— y Robert Siodmak identificaron similares tipos de conflictos. Así, en The Killers (Robert Siodmak, 1946), el calibre de la situación o escena inicial, basada en el relato Los asesinos, nos pone en un brete el hecho de que las expectativas de los personajes se acabarán disparando en una u otra dirección según convenga. Por otro lado, en The Big Sleep (Howard Hawks, 1946) se juega con más abstracción a lo mismo a través del uso de escenarios que brillan por su opulencia.
La mano de Hemingway quizás nos sitúe, así como la pluma de Faulkner —que, junto con Chandler, se consideraron los guionistas más difíciles de un Hollywood que apenas diferenciaba la pluma novelística de la de guion—, en un contexto testosterónico y orgánico de pura supervivencia. Hawks, como gran lector literario, conocía también las diferencias con Faulkner, de quien aun hoy podemos entender ciertos rasgos metafóricos poderosos, como por ejemplo la picadura de abejas negras que hace cambiar de sino a cada uno de ellos, y también alguna línea de diálogo más sofisticada e imposible de resumir en un «lárgate», sino en otra conminación a actuar de esta forma que, a pesar de serlo, logra con elegancia hacer desaparecer siquiera literariamente algo o a alguien de escena o secuencia.
Se cumplieron, el año pasado, por otro lado, ochenta años de un estreno cuyo rodaje estuvo cargado de anécdotas, entre ellas el enamoramiento real entre la por entonces adolescente Lauren Bacall (Marie Slim Browning), que aquí muestra una belleza andrógina por la que le resulta sencillo sentirse cantante de blues, y el protagonista Bogart, que se mueve como pez en el agua, no solo en el embarcadero a la hora de hacer valer sus emolumentos como patrón de recreo, sino de manejar el entorno sentimental de lo que pudiera ser un Café de Rick, así como el hotel anejo al piano bar, sin ser él el dueño. En este sentido, es curioso cómo Michael Curtiz, director de esa Casablanca (1942) a la que nos referimos, dirigió The Breaking Point (Michael Curtiz, 1950), basándose en el mismo primer libro de Hemingway, con la elegancia de los más sentimentales perdedores.
La película, en este sentido, busca que las expectativas de protagónicos y antagónicos se crucen, todo para mostrar un mundo de ricos sumamente insolidarios incluso entre sí, haciendo que los intelectuales se creen mala conciencia por lo retorcido en que todo se plantea y los pobres, más unidos por razones más sentimentales que de pura supervivencia. Probablemente sería una película maniquea de no ser todos ellos unos veletas que cambian de bando político a conveniencia, tras la extraña llegada de los franceses de Vichy a la isla, perseguidos por los norteamericanos, que solo quieren ganar de una vez el conflicto armado, al menos. Sin tener asimismo un alto palmarés en premios y distinciones de la academia, fue considerada una de las grandes y últimas películas de Hawks, lo que la convierte en joya desclasada de un género policíaco que juega, en este caso, con el secuestro, la rapidez mental y la necesidad de hablar lo justo y necesario, por más que de nuestra boca no salgan más que ensaladas de palabras.
Al mismo tiempo, el trabajo fotográfico y musical, tan geniales, de Sidney Hickox y Franz Waxman, que no apareció en los créditos finales, hace que queden indelebles en la retina las escenas en que se sugiere, gracias a la iluminación tipo Harcourt de interior, la torridez y humedad del Caribe, así como el sex appeal no solo de dos desvergonzados amantes, sino de dos grandes fumadores, siempre tensos y dispuestos a salvar los propios muebles con dignidad. En el montaje de Christian Nyby, también vemos una pericia especial, dada la rapidez con que todo sucede. El vestuario y la peluquería resaltan sobre todo en Bacall —este fue su primer papel en cine— y en cuyo look visual era reconocible una elegancia entre la femme fatale y la Lolita de un elenco donde solo comparte reparto femenino con la episódica Dolores Moran (Hellene de Bursac). (Daniel González Irala – Cintilatio.com)