Toublanc consta de tres historias inspiradas en relatos de Juan José Saer. Un policía vuelve a su pueblo para investigar un asesinato; una profesora se queja de un caballo que han dejado abandonado. Un día encuentran un hombre muerto y no hay rastros del caballo, que es el único testigo del homicidio.

  • IMDb Rating: 6,9
  • FilmAffinity: 5,7

Película (Calidad 720p)

El Año Saer tiene otro muy buen representante tras El Limonero Real, de Gustavo Fontán. El filme de Fund no se basa específicamente en ninguna obra del autor santafesino pero tiene una estructura y algunos puntos de contacto con “Cicatrices”, libro que tiene un breve “cameo” en la película. Aquí también son varias historias que tienen algún eje en común (o no) y que corren en paralelo, con relaciones más temáticas y estilísticas que necesariamente narrativas.

En Francia, el detective Philippe Toublanc (el crítico de cine y realizador Nicolas Azalbert), un hombre separado con un hijo pequeño escribe constantemente y recorre Paris hasta que en un momento es convocado para ir a una ciudad casi desierta (su pueblo natal, en Bretaña) a investigar el caso policial de un joven obrero que fue asesinado por otro, caso del que preferiría no tener que ocuparse.

En tanto, en Santa Fe, Clara, una profesora de francés tan solitaria como él (Maricel Alvarez, en su segundo filme en BAFICI) se topa con un crimen que sucede frente de su casa y con un caballo suelto en su puerta, que puede ser el único “testigo” del asunto. En paralelo, uno de sus alumnos de francés (Diego Vegezzi) empieza a obsesionarse con ella, a seguirla y a escribir trabajos para la clase que revelan que sabe mucho sobre Clara y que tiene una rara, pero ejemplar y poética manera de hacérselo saber.

Fund aplica aquí su ya acostumbrado registro poético para narrar mayormente con imágenes, aunque con una precisión y marcas de estilo un tanto más sobrias y formalistas que en sus anteriores películas. Los derroteros de estos protagonistas solitarios enfrentados a situaciones policiales nunca están narrados desde el suspenso sino desde la interioridad, algo que se sostiene también a partir del guión escrito por el director junto a Santiago Loza y Eduardo Crespo, en el que las palabras –especialmente en un momento, cerca del final– cobran un peso mayor que las que suelen tener en otras películas del codirector de Los Labios.

En cierto modo, la forma que tiene Fund de “homenajear” a Saer está más en la forma –la experimentación con el lenguaje para narrar el tiempo, la espera, los momentos cotidianos– que en tomar estrictamente un texto suyo y adaptarlo. Y se trata, sin duda, de la manera más lógica de hacerlo, ya que la obra del escritor no es fácilmente trasladable de otro modo. El “espíritu Saer” circula alrededor de Toublanc y, quizás gracias a ese curioso “angel guardián”, Fund logre concretar su mejor película en mucho tiempo. (Diego Lerer – MicropsiaCine.com) 

Para comenzar: “A través de la captación fugaz pero intensa y nítida de un fragmento del acontecer circula la presencia intuitiva del todo al que ese fragmento está ligado”. Podría ser una profesión de fe o una declaración de intenciones del aún joven cineasta de Crespo Iván Fund. Su cine microscópico era hasta ahora una discreta recolección de pequeños actos autónomos que se agrupaban bajo la lógica de una tenue voluntad narrativa. En películas como Hoy no Tuve Miedo o AB había menos un relato firme que un difuso esbozo de historia en el que sobresalían episodios fragmentados de gran intensidad.

La cita inicial pertenece a Papeles de trabajo II. Borradores inéditos, de Juan José Saer, uno de los mejores escritores argentinos de las últimas décadas. Que Fund haya sido elegido para homenajear al escritor en el año en que la provincia de Santa Fe conmemora su nacimiento, no sorprende, pues comparte con Saer la inquietud por los vericuetos azarosos de lo real y la proclividad descriptiva para atrapar la fluidez de todo lo viviente. Sin embargo, en Saer eso no implicaba un desdén por la narración –más allá de que su método consistía en poetizar y así detener la progresión dramática del relato–, mientras que a Fund le venía costando asir el hilo narrativo de sus hermosas películas. Este encuentro con Saer equilibra esa insignificante deficiencia.

Toublanc no es una adaptación de ningún libro. La cuestión es otra: sintonizar con una forma de relato y un modo de percepción característico del escritor. El único elemento estrictamente saeriano es un viejo ejemplar de Cicatrices que aparece en las dos historias que se articulan en el filme. El detective (o escritor) lee ese libro; el joven que siente atracción por su profesora de francés, también. Es el único signo común entre las investigaciones del detective, que tiene que ir a su pueblo natal para descifrar un homicidio, y los flirteos de un joven con su profesora.

La pregnancia de Saer está mucho más en las formas de contemplar la unidad mínima de la vida doméstica y los presuntos actos triviales. Los gestos de un perro, la misteriosa presencia de un caballo, la inanidad casi metafísica de un pueblo francés, un padre jugando al fútbol con su pequeño hijo son zonas de vida conquistada por la cámara, como si Saer espiara a través de ella. Hay secuencias inolvidables en Toublanc, como la del caballo cruzando un río. La vida ordinaria deja der serlo cuando se advierte un potencial estético en la trama evanescente de las apariencias.

No hay tiros ni persecuciones en Toublanc, ni tampoco efectos especiales. La mayor sofisticación explícita recae en un ingenioso uso de la pantalla dividida, momentos en los que el espacio se desdobla y permite acceder a dos tiempos de un mismo suceso. El resto consiste en expandir la experiencia perceptiva mientras un homicidio y los actos policiales subsiguientes evolucionan, lentamente. (Roger Koza – Vos.lavoz.com.ar)