En Un Poeta la obsesión de Óscar Restrepo por la poesía no le ha reportado ninguna gloria. Envejecido y errático, ha sucumbido al tópico del poeta en la sombra. Conocer a Yurlady, una adolescente de origen humilde, y ayudarla a cultivar su talento trae algo de luz a sus días, pero arrastrarla al mundo de la poesía quizá no sea el camino.
Premio del Jurado en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2025
Premio Horizontes a la Mejor Película Latinoamericana en el Festival de San Sebastián 2025
- IMDb Rating: 7,8
- RottenTomatoes: 92%
Película (Calidad 1080p)
“Yo me debería haber matado a los 30”, dice Oscar Restrepo en un momento de Un Poeta, segundo largometraje del colombiano Simón Mesa Soto, luego de Amparo, que acaba de estrenar la plataforma HBO Max. Los motivos de tamaña afirmación hay que buscarlos en una vida llena de frustraciones y deseos incumplidos. El más importante, aquel que rige todas y cada una de sus decisiones, es no haber podido vivir de la poesía. Aunque Oscar se defina orgullosamente como poeta, lo cierto es que publicó un par de libros cuando era joven y poco más.
Es, pues, una de esas promesas literarias que terminan desvaneciéndose por razones que pueden ir desde la falta de talento hasta una personalidad incapaz de adaptarse a las exigencias de la realidad. Mesa Soto construye alrededor de él un retrato melancólico y por momentos incómodo de un hombre atrapado entre la grandilocuencia de sus aspiraciones artísticas y la precariedad material de su existencia cotidiana.
Estrenada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes del año pasado, de donde se llevó el Gran Premio del Jurado, Un Poeta no es otra cosa que una radiografía de un personaje patético y decadente que no puede -y todo indica que tampoco quiere- salir de una zona de confort sostenida por el rótulo de artista incomprendido, atormentado y alcohólico. Oscar no es solamente un poeta frustrado, es alguien que convirtió ese fracaso en una identidad y en parte constitutiva de una personalidad más capaz de generar rechazos que aceptaciones. A fin de cuentas, todo su entorno parece alterarse ante su llegada: mientras la madre lo mantiene y le recuerda sin filtros su fracaso, la hija adolescente lo mira con una mezcla de vergüenza y lástima, y los viejos compañeros de tertulias literarias convierten cada reunión en una puesta en común de lamentos y nostalgias por un pasado indudablemente mejor.
Es en ese contexto que Oscar (notable labor de Ubeimar Ríos, profesor de literatura en la vida real devenido actor no profesional) termina dando clases en un colegio secundario donde aparece Yurlady, una jovencita que altera por completo su frágil equilibrio emocional. La adolescente escribe sobre cosas cotidianas desde una espontaneidad ajena a cualquier cálculo intelectual. Un problemón, como diagnostican los miembros del club de poesía donde él quiere anotarla en un concurso. “Hay que escribir sobre los grandes temas, sobre narcotráfico, corrupción, realismo mágico, que es lo que quieren los europeos”, le dicen a Oscar, en una de las escenas donde la película deja más clara su mirada sardónica sobre los mecanismos de legitimación cultural y la fascinación paternalista por las voces marginales.
Rodada en un 16 mm visible en la imagen granulada y los bordes rugosos del cuadro, la película se mira a sí misma al espejo y, ante la disyuntiva de ofrecer lo que se espera o no, se inclina por lo segundo. Lejos del tono sórdido del cine latinoamericano que suele triunfar en los principales festivales del mundo, Mesa Soto convierte los barrios populares de Medellín en escenarios atravesados por una comicidad amarga que, en lugar de cancelar el dolor de los personajes, lo vuelve todavía más evidente.
Aunque sobre el último tercio, cuando una situación alrededor de Yurlady convierta a Oscar en objeto de escarnio público, Un Poeta amenaza con correrse hacia el lado del miserabilismo, Mesa Soto sabe detenerse justo antes de chocar contra los lugares comunes de esas películas en las que todo lo que puede salir mal, sale peor. Aquí, en cambio, humor y desolación conviven sin subrayados dramáticos. La vida misma. (Ezequiel Boetti – Página12.com.ar)