En 8 1/2 y después de obtener un éxito rotundo, un director de cine atraviesa una crisis de creatividad e intenta inútilmente hacer una nueva película. En esta situación, empieza a pasar revista a los hechos más importantes de su vida y a recordar a todas las mujeres a las que ha amado.
Mejor Película de Habla no Inglesa y Mejor Vestuario en los Premios Oscar 1963
Mejor película extranjera 1963 para la National Board of Review (NBR)
Mejor película extranjera 1963 para el Círculo de Críticos de Nueva York
- IMDb Rating: 7,5
- RottenTomatoes: 91%
Película / Subtítulos (Calidad 1080p)
En marzo, después de un año, volví al cine. Vi 8 ½ en la única función programada en Mar del Plata, un domingo a las ocho en la sala 1 del Paseo Diagonal, con barbijo y distanciamiento. Shopping y protocolo para una obra maestra que supo reunir la sala grande y la singularidad elocuente de los tiempos del autorismo de alto presupuesto y alto impacto. ¿Resultado? El previsible: Federico Fellini hizo una película perfecta para las circunstancias en las que vivimos, por la sencilla razón de que son las circunstancias en las que vivimos las que tienen que acomodarse a 8 ½, y no al revés.
Lógicamente, esta vez vi una película distinta de la que había visto antes, ya varias veces. Vi -podría decir- una película dantesca. Intentaré explicarme. O bien porque como toda gran obra lleva en sí una capacidad de renovación o persistencia especialmente notable, o bien porque ya pasé la mitad de mi vida, o bien porque había leído hace poco la famosa carta de Dante a Can Grande, o bien por todo lo que está pasando, que pide fácilmente el adjetivo infernal, o por todo eso junto, claro, salí del cine pensando en 8 ½ como en una versión de La Divina Comedia. Pero no tanto de sus episodios como de su soplo y motivo principal: el viaje de un alma atormentada y que habla en italiano por las tres regiones en las que se divide el más allá según el catecismo católico. Fellini seculariza el dogma -todo sucede en este mundo, porque en realidad no hay otro- pero respeta su organización geográfica. Primero, está el infierno de la vida urbana y moderna, puesto en escena al comienzo, con los autos atascados y vueltos, ellos y sus tripulantes, criaturas de agresividad expresionista. Después, el purgatorio-balneario, que es donde la película se sitúa, tanto en términos narrativos como filosóficos. Y por último, el cielo del cine. “Mi ruta había extraviado”, escribe Dante en el canto I de la Comedia. “¿En qué punto equivoqué el camino?”, se pregunta el Guido de Mastroianni en la primera visita al set cinematográfico, mientras conversa con Rossella, la amiga de su esposa. De eso se trata. De lo que hay que atravesar para ver si es posible encontrar el camino nuevamente. De estar perdidos.
Como se sabe, la crisis no ocurre en cualquier momento sino “en medio del camino de la vida”. Para Dante, ese punto son los treinta y cinco años. Para Guido (cuyo nombre, por cierto, coincide con el de Cavalcanti, poeta y amigo de Dante) los cuarenta y tres, con canas notorias que aumentan el peso de la edad. Obviamente, lo que le pasa a un florentino del siglo XIV y lo que le pasa a un italiano del siglo XX no son cosas equivalentes. La Comedia no es un modelo sino un libro matriz, como La Odisea, La Biblia, Los viajes de Marco Polo, el Quijote y el Martín Fierro: una y mil historias nacen de ella, a veces sin que lo sepan quienes se dicen sus autores. 8 ½ es una, lo haya querido no.
De hecho, para un tipo como Fellini, nacido en la Emilia-Romaña en 1920, Dante no es solo el autor de un monumento literario escolar sino también versos recitados dentro de la familia, historias contadas en voz alta y nombres connotados (el amor se llama Beatriz). En una palabra: es también cercanía oral. No es raro que la Comedia, con todas sus mediaciones no librescas, diera vueltas por la cabeza de Fellini, de manera más o menos consciente, y que si en algún momento se le presentó como referencia, la aprovechara a su gusto, sin complejos, que es como se trata a las obras que de verdad importan. Después de todo, Fellini nunca fue un intelectual. No por lo menos en el sentido que solemos darle a la palabra, y que obliga a pensar en tres cosas que no siempre van bien con el arte: predominio de la conciencia, responsabilidad y rigor. Fellini fue algo bien distinto, una criatura que ya casi no existe: un artista convencido de que en el cine había una riqueza única, que no solo no requería autoridades externas sino que podía burlarse de todas aquellas que venían a ofrecerle lustre o pedirle explicaciones. Por ahí andan -esto es Italia, años sesenta- el bla bla católico y el bla bla marxista, drenando sus lugares comunes. Fellini los hizo comparecer ante sus propios balbuceos, porque además de coraje tenía espaldas, sobre todo después de La dolce vita, que convirtió en marca su nombre y lo puso en una situación de privilegio, como beneficiario de presupuestos enormes para hacer lo que se le diera la real gana. Por ejemplo, 8 ½, una película compuesta con todo lo que dificulta o impide hacer películas: las figuras del superyó social y moral, las demandas del mundo moderno, la falta de inspiración, la crisis existencial. Fellini ordeña el vacío. Como Dante. En la escena del congestionamiento, Guido se ve rodeado de caras que lo miran desde otros autos-mónadas iguales al suyo. Es su versión de la selva oscura, de las fieras amenazantes y de los círculos del Infierno, que se presentan de manera simultanea en lugar de sucesiva. El que falta en la escena -en esta y en todas las demás- es Virgilio. 8 ½ es un viaje sin guía. Y no solo eso. También sin dirección precisa, sin Beatriz y (tal vez) sin Dios.
El viaje transcurre por la triada Infierno-Purgatorio-Paraíso pero integrada en una versión moderna de la psiquis, que Fellini elabora a partir de algunas ideas de Freud y especialmente de Jung, no aplicadas sino poetizadas, del mismo modo en que Spinetta elaboró en Alma de Diamante sus lecturas de Castaneda y en Téster de Violencia sus lecturas de Foucault. “Asa Nisi Nasa”, dice el hechizo: “Ánima”, en una especie de jeringozo, porque no hay nada que en Fellini no pase primero por la infancia o por el circo. Él mismo lo dijo así: “No sé si el pensamiento de Jung influyó sobre mis filmes, de 8 ½ en adelante. Solo sé, sin ninguna duda, que la lectura de algunos de sus libros alentó y favoreció el contacto con zonas más profundas y estimulantes, y me provocó muchas fantasías”. Y también: “Lo que admiro con más ardor de Jung es el hecho de que encontró un punto de unión entre la ciencia y lo mágico, entre la razón y la fantasía”. Así que, en un punto, lo que Fellini apreciaba de Jung es que se parecía a Fellini. O mejor dicho: que funcionaba como intensificador.
8 ½ está compuesta (la palabra se impone) con los recuerdos, los deseos, las fantasías y las aspiraciones de Guido, que se suceden y se cruzan con gracia musical. La esferas pitagóricas del Paraíso de Dante giran y al rozarse producen una música celeste. Los empalmes y los movimientos de cámara de Fellini -es increíble la fluidez- producen un cine sinfónico, sostenido, como no podía ser de otra manera, por la música de Nino Rota, y también por la huella que deja en la película “La cabalgata de las Valquirias”, que suena al comienzo, vaciada de cualquier heroísmo, hasta podría decirse: paródica.
Además de todos estos vínculos, más o menos firmes, Fellini coincide con la Comedia -y es lógico- en la relación comienzo-final, que Dante explica de este modo en la carta a Can Grande: “Y así se ve por qué la presente obra se llama Comedia. Pues si miramos la materia, al principio el asunto es horrible y fétido, porque es el Infierno, al final feliz y agradable, porque es el Paraíso”. Y así ocurre, en efecto, tanto en el libro como en la película, aunque en términos distintos. Dante se separa de Virgilio luego del Purgatorio y recorre el Paraíso guiado por Beatriz. Guido imagina a Claudia (la Cardinale) como otro ángel, pero finalmente acepta que no es tal cosa, que no puede serlo, que nadie salva a nadie, y que por lo tanto hay una región a la que no puede acceder. Y sin embargo, justo entonces, algo ocurre. Algo bueno, quiero decir, como si el reconocimiento de que no hay ángel permitiera la imaginación del paraíso. En el final de su camino, Dante ve la luz que lo bendice y lo separa de Dios. En el final del suyo, Guido encuentra la ficción. Es ahí donde sucede lo que el cielo no permite: la reunión del creador y sus criaturas, iguales, bailando en ronda, en una inversión perfecta de la danza de la muerte de The Seventh Seal, y máxima cercanía de Fellini con Bergman, que termina su película -¿por qué será que lo olvidamos siempre?- con la familia de comediantes, no con los condenados. Unos actores que se disfrazan para hacer reír y un niño que toca la flauta sostienen la vida. La Divina Comedia termina con Dante bañado por la luz de Dios. 8 ½ termina con Guido aceptado por el cine, que prepara su advenimiento. En el final, todo empieza. La puerta de la sala 1 del Paseo Diagonal podría haber mostrado un cartel: “Reciban, los que entran, esta esperanza”. (José Miccio – CalandaCrítica.com)