Durante generaciones, la familia Solé, cultiva una gran extensión de melocotoneros en Alcarrás, una pequeña localidad rural de Cataluña. Pero este verano, después de ochenta años cultivando la misma tierra, puede que sea su última cosecha.

Oso de Oro a la Mejor Película en el Festival de Berlín 2022

  • IMDb Rating: 7,2
  • RottenTomatoes: 86%

Película / Subtítulos (Calidad 1080p)

 

Hay algo de mágico, algo de místico en el hecho de cultivar la tierra, —permítaseme este acceso naíf— que tiene que ver con una suerte de justicia telúrica: cuidar del campo, alimentarlo y dedicarle trabajo y sudor genera como contrapunto que éste devuelva el favor, que cuide de esas manos que lo riegan, y proporcione alimento y sustento. Es un equilibrio perfecto en sí mismo, que retribuye el esfuerzo con un regalo de vida, dictando además el paso del tiempo y demarcando, en su sucesión periódica y ordenada, una dinámica sencilla y hermosa. Alcarrás, segunda película de Carla Simón, nos presenta el colapso de esta perfecta belleza.

Mediante un acercamiento naturalista y sin prácticamente otros recursos, la cámara observa de manera atenta, se sienta a la mesa con sus personajes y consigue un tremendo efecto de cercanía, un vínculo tan intenso, que parece fundir las fronteras, desdibujando cualquier disonancia entre quién es observado y quién observa, por momentos alcanzando casi un estado de interacción. Cada uno de los miembros de esta familia, los Solé, está escrito con muchísima delicadeza, y sus líneas de diálogo evitan con acierto recurrir a sobreexplicaciones y contextualizaciones para comunicarse al otro lado de la pantalla; no hace falta. Porque esta es una historia claramente reconocible, partiendo de una premisa muy básica y presentando a cada uno de los miembros de la familia con la sobriedad de la sencillez.

Lo que resulta casi alquímico en Alcarrás es cómo germinan, sin manipulaciones estéticas, destellos de emotiva belleza en algunas secuencias y que encierran, a su vez, un profundo significado discursivo. Como la primera escena a su vez prólogo y profecía, que presenta a la pequeña Iris (Ainet Jounou) y sus dos primos gemelos jugando dentro de un coche destartalado que es un pequeño paraíso, en el que tiempo no importa o solo está dictado por los mecanismos de la naturaleza y no de otra índole, no hay juicios de valor sobre las cosas, simplemente se aceptan y se toman, como con el propio trabajo de tierra y sus frutos; un paraíso, decíamos aparentemente atemporal que desvela una fragilidad inevitable —y, por ello, terrible—, cuando se acerca un operario de grúa que echa a los niños y recoge el coche para llevarlo a desguace. Prólogo y profecía, pues es esto mismo lo que está ocurriendo paralelamente en la casa familiar: una promesa como acto de gratitud durante los años más oscuros de la Guerra Civil, transmitida de generación en generación, parecía el único y orgánico modo de concebir el mundo de las personas y las cosas. La digna pureza del trabajo de la tierra proporcionaba el sustento y modelaba a su vez el devenir de los días, de los meses y los años, sin intervención de herramientas más complejas que el esfuerzo, la dedicación y la disciplina; y no hay excusas de inocencia que valgan como justificación de lo inesperado, pues la palabra era más importante que el papel, y la transmisión de un juramento valía más que cualquier notaría. Por desgracia, de manera análoga a aquel juego infantil del inicio, este modelo de vida comienza a resquebrajarse desde los cimientos en el momento en el que el menor de los Pinyol, miembro de una nueva generación, terrateniente tecnócrata e ignorante, reclama en propiedad las tierras a la familia, y no hay promesa ni tradición que valga, pues esta es la era del ultraprogreso, de la agricultura extensiva la producción en serie. De repente, este paraíso sin relojes se da de bruces con la antesala de su fin, al acabar el verano.

Dentro de este clima apocalíptico, la primera reacción es la rabia, y Quim (Jordi Pujol Dolcet), obstinado y tozudo cabeza de familia, echa en cara su anciano padre (Josep Abad), el abuelo de los niños, semejante acto de ingenuidad continuada. Al igual que sobre la propia tierra, sobre el padre se cierne la profunda tristeza de la decepción de contemplar el final de una era, de un Ethos incompatible con el mundo actual. Comienza así una carrera desesperada por conseguir cosecharlo todo, a pesar de las dificultades económicas; lo máximo posible, antes de la conclusión del verano. Ya ni siquiera se puede contar con tanta mano de obra externa, y la imposibilidad para recurrir al número usual de temporeros durante el verano denota que no solamente es el terreno familiar que está sufriendo este desplazamiento, sino es la región entera, como por efecto dominó; es todo el sistema el que está colapsando. En este frenesí de conseguir salvar la fruta, con los días contados, participan todos y todas, la abuela, el abuelo, cada miembro se deja la salud en salvar todo lo que puedan, inmersos como están en un naufragio inevitable, y la espalda sufre y la frustración es aún mayor, porque ni siquiera el cuerpo parece ya soportar esta debacle. Quim le espeta reproches a su hijo mayor y lo reprende por pasar tantas horas recogiendo fruta en lugar de estar estudiando, porque en el fondo ya sospecha que transmitir esta vida a sus hijos, esta vida que está a punto de desaparecer, supone condenarlos a la incertidumbre.

En medio del colapso, vemos cómo todavía hay espacio para las fiestas de pueblo, para la ternura, y la imaginación infantil, juegos teatrales en días lluviosos, cariñosos forcejeos al borde de la piscina y largas sobremesas a mitad de la tarde, pero que están cargados de una importancia determinante, pues resignifican de alguna manera los acontecimientos pasados y presentes con un manto de gravedad nostálgica, acercándose el final inevitable —mención especial al alegórico y sencillo momento en el que los niños, en una cueva, juegan con pistolas de plástico, se disparan y corren, hasta que uno de ellos, exhausto, sentencia que está ya está cansado de la guerra, que quiere descansar—. Y esto le da a cada gesto cotidiano una intensidad brutal. El avance de los días agrava la urgencia de las medidas, y además causan una ruptura en la propia familia, pues hay también pensamiento divergente, y a los que deciden ponerse del lado del progreso, tachados inicialmente como traidores, ni siquiera puede achacárseles cobardía, porque también están buscando una manera de salvar a la familia, aun teniendo que pactar con los enemigos. Y aun a pesar del determinismo, de saberse inmersos en una derrota previsible, cada uno de sus esfuerzos y sus actos, erráticos y desesperados, demuestran una dignidad incorruptible, casi heroica, que transforma el fracaso en épica. Carla Simón ratifica, con Alcarrás, su segunda película, merecedora del máximo galardón en esta Berlinale, su enorme talento relatador. Tras el sobresaliente debut Verano 1993 (premiada también en el festival alemán del año 2017), la directora catalana presenta un retrato de familia campesina al borde del abismo, rico en capas metanarrativas, que se presenta, de alguna manera, como elegía colectiva de un mundo en descomposición. Alcarràs es un canto a la belleza de la tierra rural y sus tradiciones, cuya reivindicación ya es, de por sí, un acto de resistencia. (Luis Enrique Forero Varela – ElAntepenúltimoMohicano.com)