En C’mon C’mon Johnny es un periodista radiofónico que se embarca en un viaje a través del país con su pequeño sobrino.

  • IMDb Rating: 7,9
  • RottenTomatoes: 94%

Película / Subtítulos (Calidad 1080p)

 

En Alice in the Cities (1974), Wim Wenders seguía los pasos de un periodista alemán, Philip Winter, varado en Nueva York. Comisionado para redactar un artículo sobre los paisajes norteamericanos, el proyecto se ve frustrado cuando termina absorbido por la inmensidad, la desolación y el vacío que lo rodean. Ingeniando en el aeropuerto la forma de regresar a Múnich en plena huelga de controladores aéreos, Philip conoce a una mujer alemana y a su hija, Alice, en la misma situación. Bajo el pretexto de solventar una ruptura reciente, la madre deja a la pequeña a cargo del amable desconocido. Alguien podría pensar a la luz de esta premisa (y del blanco y negro y del formato road movie) que C’mon C’mon, la última cinta del realizador estadounidense Mike Mills, se resume a una mera reformulación de la anterior. Sin embargo, las similitudes, que tienen más de homenaje que de plagio, son tan patentes como sus diferencias.

En la obra que nos ocupa, Johnny, un locutor de radio de mediana edad, recorre diferentes ciudades de Estados Unidos con su sobrino Jesse para entrevistar a jóvenes de diversos trasfondos sociales sobre su percepción del futuro. ¿La razón? Darle tiempo a la madre de Jesse para que convenza a su marido —un músico de la Sinfónica de Oakland— de ingresar en una clínica y así lidiar con los problemas de salud mental que le acechan. Ahora bien, mientras que Alicia en las ciudades se sustentaba sobre tomas dilatadas sin apenas diálogo y un marcado distanciamiento respecto de los personajes, C’mon C’mon enfatiza las emociones del dúo protagonista por medio, fundamentalmente, de la palabra hablada. El resultado es un sensibilísimo estudio acerca de la relación entre niños y adultos en un contexto de incertidumbre generalizada donde los miedos, las inquietudes y los sueños de unos y otros son, en esencia, idénticos. La película parece echar un pulso a la tendencia, tan manida como irrealista, que sitúa los dos escalones generacionales como polos opuestos destinados a simplemente tolerarse hasta que el relevo biológico se produzca. La figura ambivalente del tío, desprendida de la jerarquía paternofilial, coadyuva a reflejar esa camaradería que Mills no solo cree posible, sino también deseable.

El intimismo en que se desarrolla la relación entre Johnny y Jesse se superpone a la magnitud de un entorno que les excede. Viajarán de Detroit a Nueva Orleans pasando por Los Ángeles y Nueva York, dibujando una suerte de rosa de los vientos a lo largo y ancho de un territorio en plena transición y declive. Las lecturas de El mago de Oz en la seguridad del dormitorio contrastan con los amplísimos planos a vista de pájaro salpicados de rascacielos. Todos ellos están rodados en el acertado blanco y negro de Robbie Ryan (American Honey, 2016; Marriage Story, 2019), que acentúa tanto la soledad inescapable del nómada como la aspereza y la indiferencia del amasijo urbano. C’mon C’mon es asimismo una mirada melancólica al pasado y un pronóstico optimista del futuro. No es casual que Johnny sea periodista de radio, un oficio que en tiempos del podcast se juzga anacrónico. Tampoco lo son las localizaciones. Si bien Nueva Orleans fue otrora el bastión de la metrópolis francesa al otro lado del Atlántico y Detroit el motor de la economía estadounidense, la primera vive hoy bajo la amenaza de quedar sumergida y la segunda ha sido declarada en bancarrota. En cambio, Nueva York y Los Ángeles son en la actualidad las pujantes capitales del país a este y a oeste (es el propio Johnny quien nos recuerda que la Gran Manzana «representa el futuro»).

C’mon C’mon sirve también de indagación en el periodismo en tanto que abandono del ego para fijar nuestra total atención en el otro. Durante las numerosas entrevistas que se suceden de ciudad en ciudad (estas fueron, en un guiño documentalista, improvisadas), Johnny consigue poner a un lado su propia vida para sumergirse en la del entrevistado. Por un instante, las heridas abiertas por la muerte de su madre, el conflicto con su hermana y el abandono de su mujer parecen dejar de quemar hasta casi cerrarse. Por otro lado, resulta curioso que Jesse siga un método similar al de su tío a la hora de desaparecer por completo. La táctica consiste en adoptar la identidad de un huérfano al que maltratan en el orfanato y que a veces se aparece de noche (según su madre, es algo que todos hacen a su edad). Solo tras varias de estas apariciones descubrimos que las confesiones de la máscara son en realidad las suyas, y que el álter ego no es más que el modo que emplea el chico para hablar de sí mismo con libertad. Se delinean así dos identidades en las que convergen miedos pretéritos y una mirada optimista, abordando la naturaleza de las relaciones consanguíneas contemporáneas. El papel de la familia atraviesa todo el cine de Mills, ya sea con relación a su padre (Beginners, 2011) o a su madre (20th Century Women, 2016). Lo que hace de su nueva película algo tan personal y entrañable es que, quizá por vez primera, el director no se remonta años atrás en el tiempo para abordar su historia, sino que explora junto con Joaquin Phoenix una experiencia hermosa, única y difícil que es, además, nueva para ambos: la paternidad. Intuimos que la transmutación en el papel de tío —que acaba convirtiéndose en el mejor amigo de Jesse— no tiene por objeto eludir una identificación directa; están hablándonos de lo que aspiran a ser para sus hijos. (Carlos Cruz Salido – ElAntepenúltimoMohicano.com)