El Lugar sin Límites está ambientada en un México sórdido, patético, doloroso. En el prostíbulo de un pequeño pueblo sobreviven la Manuela, un trasvesti, y la Japonesita, una joven prostituta hija de un desliz de la Manuela. Don Alejo, el anciano cacique del lugar, quiere comprar el prostíbulo para venderlo a un consorcio junto con el resto del pueblo. El regreso de Pancho, un joven camionero ahijado de don Alejo, desata las tensiones entre los personaje.

Mejor Película en los Premios Ariel 1978
Premio Especial del Jurado en el Festival de San Sebastián 1978

  • IMDb Rating: 7,6
  • RottenTomatoes: 69%

Película (Calidad 1080p)

 

En un campo de futbol improvisado sobre una llanura de pastaje, un pequeño circo levantó su carpa durante la semana que pasé en el pueblo de mi abuela, cuando tenía 9 o 10 años. Cada noche acudí al mismo espectáculo; sin embargo, lo que llama mi atención ahora es el recuerdo de un individuo que ofrecía, a juzgar por la reacción del público, el mejor show. Después de media hora y luego de varios números, desde el fondo de la carpa salió un hombre disparado: envuelto en un conjunto de falda blanca y maquillado desastrosamente, sugería también, bajo la indumentaria pulcra, un cuerpo curvilíneo. El público inmediatamente comenzó a chiflarle y a proferir burlas al mismo tiempo que aquel se paseaba de un lado a otro, sin molestarle que el movimiento levantara su ropa. De pronto, el hombre se detuvo, miró hacia los primeros lugares y le lanzó besos a un grupo de muchachos, quienes respondieron con mentadas o cubriéndose la cara de vergüenza. En ese intercambio permaneció unos segundos hasta que, decidido, corrió detrás de uno de ellos, casi atrapándolo. Entraban y salían de la carpa, la gente reía y comía el caramelo de sus frutas, sin poder contener, paradójicamente, los gestos de repulsión y rechazo hacia ese individuo. Los minutos pasaban, la persecución se alargó incluso durante los siguientes números. La función no podía culminar para nadie sin el esperado momento en que el abatido muchacho perseguido volvía con besos marcados sobre el rostro y la camisa, al grito de «¡puto!» y «¡maricón!», mientras el hombre de falda hacía reverencia a los aplausos.

El Lugar sin Límites (1978), película de Arturo Ripstein, me remonta a esta anécdota. Cuando pienso en el circo, pienso a su vez en la noche, la gente y la Manuela, concentradas en un flashback donde vemos al personaje de Roberto Cobo bailar una danza española mientras su público se divierte a expensas de él. Las imágenes de lo real y lo ficticio, cautivantes como amargas, se repiten en mi mente una sobre otra, y me pregunto si acaso existe una suerte de libertad para estas vidas que parecen reducidas al espectáculo.

Al principio de El Lugar sin Límites, la Manuela despierta por la llegada de Pancho al pueblo y sostiene un diálogo con la Japonesita, su hija, sobre el temor que su acosador le provoca. Enseguida, con toda naturalidad, se refiere a sí mismo como a una mujer, mientras se empolva el rostro. La Japonesita le dice «papá». A la mañana siguiente, mientras busca un hilo rojo para arreglar su vestido, se cruza con varias trabajadoras de la casa de citas que dirige, donde se replica el acto de convertirlo por acción de la palabra en «chata» o «patrón». Esta ambigüedad no resulta un conflicto para la Manuela, sino que esboza la figura de un individuo quizás inclasificable, solo delimitado por su nombre.

En el flashback mencionado, la Japonesa (madre de la Japonesita) aún vivía. Durante los preparativos de una fiesta para Don Alejo, el personaje de Cobo relata cómo se enamoró de niño, admitiéndose homosexual desde que tiene uso de razón y tras encuentros con diferentes hombres. No obstante, culminado el festejo, su paradigma cambia. Gracias a una apuesta para quedarse con la casa de citas, la Japonesa seduce a la Manuela y la envuelve en un acto amoroso mediante la promesa de compartir la propiedad. A la luz de una lámpara débil, embelesado ante su descubrimiento, el protagonista rodea con las manos el cuello de su amante, proponiéndole sostener una relación más profunda que una simple amistad. Pese al fracaso de su petición, el acontecimiento complejiza sus preferencias sexuales.

Así, alguien que no sabe bien lo que representa (y que tampoco lo expresa decisivamente al espectador) habita las realidades de lo masculino y lo femenino, como también del sujeto homosexual y heterosexual, sin que nadie le exija precisiones. A la Manuela parece preocuparle, ante todo, ser molestada con abucheos cuando baila con su vestido negro para el gusto de Don Alejo, quien le pide continuar el espectáculo a cambio de doblar su paga.

Las paredes húmedas de la casa de citas, las calles empolvadas de su pueblo y el antiguo cuarto de la Japonesa son un oasis para el personaje de Cobo, quien, a pesar del trágico final que le depara, dialoga con la posibilidad de transformarse a partir de su vínculo con los demás. Queda preguntarnos en este punto de mi reflexión si el lugar sin límites no es el mapa fértil de la identidad, si no corresponde a una estancia plural dentro de la Manuela más que a unas coordenadas geográficas donde priman la corrupción y el machismo.

De la misma forma, me pregunto si, antes o después del espectáculo, el hombre del circo respondía a varios nombres, si se trataba también de un individuo con preferencias sexuales diversas o si, en el peor de los escenarios, compartió una tragedia similar a la que sufrió la Manuela. Frente a estas cuestiones, solo puedo imaginar el resguardo de la libertad de ambos sujetos bajo sus vestidos como un secreto, uno lejos de la violencia, las burlas y la muerte. (Ángel Sandoval – CorrespondenciasCine.com)