En Los Delincuentes dos empleados de banco en un determinado momento de sus vidas se cuestionan la existencia rutinaria que llevan adelante. Uno de ellos encuentra una solución, cometer un delito. De alguna manera lo logra y compromete su destino al de su compañero.

  • IMDb Rating: 7,0
  • RottenTomatoes: 85%

Película (Calidad 1080p)

 

Un saco cuelga de una silla, mientras la luz, matinal y cálida, se hace paso dentro de la habitación a tironcitos de cortina. Un tipo lo agarra, se calza la misma ropa de todos los días y sale para el banco en el que trabaja hace años. La secuencia de introducción de Los delincuentes está dedicada a describir minuciosamente el rutinario comienzo de los días de Morán. Menos de veinte planos alcanzan para dar la idea de un amanecer similar al anterior y calcado, parecería, al siguiente. Ver a Morán salir del subte, caminar por el centro, tomar un café al paso y cruzar las calles de la city porteña, es un acompañamiento gentil. Como una mano que nos guía dentro de las tres horas de película que vendrán. A todo esto, suena Piazzolla. Los Delincuentes podría rodar por el mundo sin documentos; una nostalgia y un carisma rioplatense se certifica en los acentos de su andar. La cámara sigue al hombre en su contexto hasta que un paneo vertical interrumpe la descripción de su marcha. Es un primer sobresalto, una primera pincelada distintiva donde mirada del espectador se eleva hacia la cúpula de uno de los edificios emblemáticos de la Diagonal Norte, hasta que una paloma, veloz, cruza por el cuadro. Corte a: más ciudad, más paredes, más arquitectura, todo sin personas. Un breve ballet urbano se sucede en pantalla hasta que volvemos a ver al hombre en su contexto, pero ahora acompañado con una placa que anuncia el título del film, y otra que nos introduce en la primera de las dos partes que la componen. Esta introducción muestra a la movilidad entre formas como el vehículo elegido para navegar la inmensidad del mundo, ficcional y hermanado con el presente, al que se invita a pasar.

Otro sobresalto llega enseguida, pero de otro tipo. Una clienta del banco tiene archivada exactamente la misma firma que otro cliente. El asunto, que enciende la preocupación del casting de empleados burocráticos, se eleva desde la caja hasta la gerencia, pasando por la subgerencia y los tesoreros. Hay olor a chanchullo. A que la maquinaria delictiva anunciada en el título se pone en marcha enseguida. De antemano, era sabido que lo nuevo de Rodrigo Moreno tenía algo que ver con Apenas un Delincuente, aquel clásico de Hugo Fregonese en el que Morán, un empleado raso de una empresa (no de un banco, como ahora), roba de su trabajo y luego esconde un dinero equivalente al que ganaría trabajando hasta su jubilación. Pero ahora, ni firmas duplicadas, ni cheques truchados. Moreno usa la vía del ascetismo para filmar un robo seco y sin estridencias. El Morán de 2023 entra al tesoro, toma el dinero y huye. En seguida, antes de viajar a Córdoba para distraer un poco y entregarse, convierte en cómplice a Román (Esteban Bigliardi), un compañero del trabajo bonachón, y le encomienda que cuide el dinero durante su condena. Todo rápido, todo simple. Palo y a la bolsa. Su dilema es el mismo que el de su tocayo de 1949: pagar una pena de un par de años en cárcel o vivir una vida tras las paredes monótonas del trabajo asalariado. La premisa fregoniana muta ahora en sus objetivos. Al Morán moderno no le interesa la vida de lujos, ni la pompa, apenas persigue una una idea, romántica e idealizada, de una libertad modesta.

Toda la primera parte de Los Delincuentes es el establecimiento de un policial de lenta cadencia que echa por tierra cualquier idea genérica clásica o noción de remake. En Fregonese, los arcos de los personajes conducen generalmente al reafirmamiento de fuertes convicciones originales que son duramente castigadas. Es el caso del Morán del 49 interpretado por Jorge Salcedo, de Edward G. Robinson en Black Tuesday o de Willard Parker en Apache Drums. Allí, el acto de “morir en la suya” puede caer por la pendiente del heroísmo o de la testarudez necia. Destinos que construyen, paso a paso, trazo a trazo, otra especialidad fregoniana: secuencias finales de aguantadero donde el amasijamiento de los bandos sitiados parece siempre inevitable. A Moreno le importa poco y nada el sendero de las heist movie. El director y guionista elige la fuga moderna, derrite las convicciones de sus protagonistas, dos tipos hermanados por mucho más que sus nombres-anagrama, y riega su recorrido con señuelos quizás falsos, quizás verdaderos.

La gracilidad de la obertura reverbera en la seducción con la que las secuencias y los planos se amalgaman. Todo fluye. Hay una suavidad que subraya las pequeñas obsesiones que guían la composición interior de los planos. Objetos y personas, e incluso caballos y rocas, se ligan entre sí generando una red clandestina de correspondencias simbólicas. Quizás por culpa de esas firmas gemelas abandonadas por la trama, sobrevuela la sospecha de que todo puede tener que ver con todo. Hay un entramado de significantes plantados y abiertos que se desencadena totalmente en la segunda parte del film, cuando el temor por ser descubierto lleva a Román, por indicación de su compañero ya recluido, a esconder el dinero bajo una piedra en particular, en un cerro cordobés ideal. En Los Delincuentes se aprecia una precisión fascinada, propia de un novelista que le dedica páginas enteras la descripción de un movimiento mínimo. Una focalización que convierte a los gestos y objetos en notas con resonancias y vínculos insospechados.

En la primera parte, luego de anunciar que dejará de fumar, Morán tira un pucho a la vereda y lo pisotea. La acción termina, pero el plano se queda en ese cigarrillo apagado y aplastado sobre las infames baldosas de la Buenos Aires larretista. Si el paneo del inicio no alcanzaba, ese cigarrillo se asemeja a la firma de un contrato íntimo que sacraliza la unión del hombre con la ciudad enferma por el deseo de “llegar demasiado pronto a ningún lugar”, tal como se diagnostica a Buenos Aires en Apenas un delincuente. El cigarrillo es retomado más tarde, también como pluma que firma una unión: gracias a unos planos split screen, Morán y Román pueden fuman juntos a pesar de la distancia y hermanarse, en la primera parte, como insomnes temerosos y, más adelante, como desvelados con la mente tomada por una mujer. En la segunda parte, el idilio veraniego, los pastizales, los ríos, pero fundamentalmente el tiempo del ocio y el encuentro espontáneo con el otro, se imponen como trazos que dibujan algo parecido a la libertad anhelada por Morán. Hay un vaivén simbólico constante en Los delincuentes. Las manos ágiles, casi de crupier o prestidigitador, entrenadas por sus años como tesorero, le sirven a Morán para apurar el conteo de dinero en momentos apremiantes. Pero también, en la segunda parte del film, para hacer gala inocente de su extravagante manera de contar billetes para sacarle una sonrisa a la chica de la que está enamorado. Por más utilitarios narrativamente que resulten los objetos y los gestos, la sospecha de que todo puede tener que ver con todo se fortalece minuto a minuto. En Los delincuentes no hay cosa que no tenga la capacidad de cobrar un sentido poético, de ser otra cosa.

¿Qué significa el tiempo que Los Delincuentes le dedica a esas dos firmas calcadas que quedan, en términos narrativos, en la absoluta nada? ¿Qué significa que el idilio veraniego de la vida en las sierras cordobesas esté siempre rodeado por aves carroñeras cuidadosamente filmadas e intercaladas en el montaje? ¿Qué significaba el juego de palabras que Román le escuchó recitar de manera incompleta a unas niñas hace años y que nunca se pudo sacar de la cabeza? ¿Qué significa, para él y para la película, que aún conserve ese recuerdo como un tesoro? ¿Qué significa que casi todos los nombres de la película sean anagramas de las mismas cinco letras? ¿Acaso es posible pensar que, como los miembros de un amor o una amistad, el film teje su propio lenguaje, con sus significantes y signos privados? Lenguajes con algunas señas crípticas para observadores ajenos y otras desentrañables gracias a la percepción de algunas constantes cazadas al vuelo. En Los Delincuentes, ronda una metáfora: el espectador parece estar en un lugar parecido al de Román cuando adivina la lógica del cadáver exquisito de ciudades (Laos, Santiago de Chile, Edimburgo, Osaka, Avellaneda) que su nuevo grupo de amigos juega en el bosque de pinos mientras esperan, todos juntos y resguardados, a que amaine una lluvia pasajera. La metáfora cabe, pero no agota el asunto. Las preguntas de Los Delincuentes son demasiado amplias y a su vez muy simples. En última instancia: ¿Qué significa, cada vez que lo dicen en sus muchas oportunidades, la libertad?

Son misteriosos los destinos de las películas. En pleno estallido de la pandemia del COVID-19, una de las películas que inauguró el sistema de estrenos online del INCAA fue la comedia romántica Tóxico de Ariel Martínez Herrera, una película que imaginaba una pandemia mortífera que sacudía todo acuerdo social básico. También, hace poco, se estrenó una comedia sobre las desventuras de un grupo de mujeres que pelean contra cirujanos plásticos inescrupulosos que lucran con la salud de personas que pretenden cuerpos de una hegemonía impuesta por los medios. El film se llama No me Rompan, está dirigido por Azul Lombardía y se estrenó veinte días después del fallecimiento de Silvina Luna tras años de padecimiento a causa de malas praxis en cirugías plásticas. Más que casualidad, causalidad; más que poderes adivinatorios, sensibilidad con el tiempo histórico. Un recodo misterioso del arte vibra y vive en estos puntos de encuentro de las obras con las problemáticas latentes de la vida real y los estados anímicos sociales. Los Delincuentes se estrena justo en una época en la que personajes como Javier Milei y sus acólitos corroen el lenguaje, banalizan la historia y acopian los significados de palabras como “libertad». Son la prueba de que la lengua y sus sentidos pueden ser reprimidos, encerrados y enjaulados en significados frívolos y dóciles. Los Delincuentes es una película que mina significantes y los abre, que pone al dinero como centro y guía, pero lo descarta para fugar hacia las bellezas que no se compran con nada. Es una película donde se incuba una autonomía poética puesta al servicio de la interrogación de la idea misma de libertad. Un gesto político de primer orden, ayer, mañana y en especial en este momento en el que le toca salir a la cancha. (Tomás Guarnaccia – ConLosOjosAbiertos.com)