Mauro recorre la ciudad comprando cosas. Cualquier cosa, no importa qué. Porque Mauro es pasador. Y pasador es el nombre con el que se conoce en la calle al que cambia billetes falsos. Marcela y Luis viven juntos, ella está embarazada de algunas semanas. Luis y Mauro deciden instalar un pequeño taller de serigrafía para falsificar billetes artesanalmente. Mauro cambia los billetes grandes de noche en bares y discos. Se mueve discretamente, siempre solo; hasta que conoce a Paula.

Premio Especial del Jurado y Premio FIPRESCI en el BAFICI 2014

  • IMDb Rating: 6,8
  • FilmAffinity: 5,8

Película (Calidad 720p)

Reconocido montajista, Rosselli debuta en el largometraje con Mauro, una película que consigue la extraña paradoja de ser profundamente creíble a la hora de retratar el universo de los falsificadores de dinero en el sur del Gran Buenos Aires. La historia de un «pasador» de billetes truchos le sirve para conseguir uno de los debuts más deslumbrantes del cine argentino en mucho tiempo, que le valió el Premio Especial del Jurado y el de la crítica internacional FIPRESCI en la Competencia Internacional del último BAFICI.

No sé si es mejor que tantos otros debuts auspiciosos (me generó una euforia similar a la que en su momento me produjo, también en el BAFICI, Mundo Grúa, de Pablo Trapero), pero logra construir un universo propio (temático, estético, narrativo) de una consistencia, una profundidad y una solidez infrecuentes en la producción actual. Y no sólo local. Con algunos elementos que me hicieron recordar también al cine de José Celestino Campusano (aunque tiene un tono y un vuelo muy distintivos), además de la inevitable vinculación con El Dinero, de Robert Bresson, Mauro propone un registro, una descripción del sur del conurbano bonaerense que pocas veces resultó tan imponente e impactante.

Mauro (Mauro Martínez) es un “pasador”; o sea, aquel que se dedica a comprar cosas con billetes falsos (haciendo diferencia con los vueltos) que vive pendulando entre la cocaína y los ansiolíticos. Además, instala con Luis (cuya mujer, Marcela, está embarazada) un taller de serigrafías para imprimir plata trucha. Y, más allá del trío protagónico, aparecerá una misteriosa mujer capaz de seducir al antihéroe (y conmover su previsible existencia), así como varios personajes secundarios típicos de este submundo, con su dinámica, sus técnicas, sus jerarquías, sus códigos y su jerga tan particulares.

Rosselli tiene muy claro qué contar y cómo hacerlo. La puesta en escena, la distancia siempre justa de la cámara, el tono de las actuaciones, los climas conseguidos y el montaje son siempre funcionales a la premisa de sumergirnos en un mundo único, desconocido, fascinante. Una película pequeña y deslumbrante a la vez. Una de las revelaciones del año. Un debut a lo grande (Diego Batlle – OtrosCines.com) 

Entrevista al realizador en la página OtrosCines.com

Esa misteriosa cualidad de lo “verdadero” parece brotar desde el primer plano de esta película del debutante Hernán Rosselli acerca de la vida de un hombre que se dedica, irónicamente, al tráfico de billetes falsos. Lo “verdadero” está impreso en cada diálogo, en cada actitud, en cada imagen de este filme cuya impresión de realidad es tan fuerte que durante un buen tiempo uno siente que está ante un documental o algún tipo de ejercicio manejado con “cámaras ocultas”.

No hay una nota falsa, no hay un plano fuera de lugar, no hay un diálogo que parezca extraído de un guión previamente escrito. Si el neorrealismo con el que el cine argentino viene coqueteando desde su renovación de mediados de los años ’90 buscara una expresión de máxima pureza, de destilaciñon absoluta, tendría que detenerse aquí: no se puede ir mucho más lejos que esto.

Lo cierto es que Rosselli construye, con los devenires de su oscuro personaje (que tiene algo del Ratso de Dustin Hoffman en Midnight Cowboy) a través de un mundo suburbano, un retrato impresionista de un negocio, de una “familia” y de un espacio social. Ese sur del Gran Buenos Aires tiene aquí su primer gran película, con Rosselli encontrando en ese mundo y personajes algo similar (y aún más imponente en su verosimilitud) a lo que Raúl Perrone o José Campusano encuentran en sus respectivos universos.

Mauro es una película sobre las peripecias de un pasador de plata trucha que pone un taller para falsificar billetes y luego se enamora poniendo en riesgo su empresa y sus relaciones personales. Pero más allá de la trama, lo que la película construye (desarma y rearma) es un universo de boliches nocturnos, ferias de ropa, bandas de metal, de calles suburbanas que parecen cobrar vida en la pantalla.

Una película sobre el trabajo (da la impresión que estos falsificadores “actúan” demasiado bien su… trabajito), Mauro es la puesta en escena de una forma de vida y, como sin quererlo, de un país de economías paralelas –y vidas paralelas– en constante crecimiento. La película tiene algo de Mundo Grúa y algo de Bonanza, en un estilo que la hace continuadora de la “primera ola” del nuevo cine argentino.

Pero Rosselli –en su opera prima como director, él es montajista– no va por el lado de la contemplación ostensible, de cámaras fijas y planos largos. El mundo que retrata se mueve al ritmo nervioso y atribulado de su personaje. Va y viene, y se lleva puesto a los espectadores. Una opera prima notable y posiblemente el máximo “descubrimiento” del BAFICI desde El Estudiante, de Santiago Mitre. (Diego Lerer – MicropsiaCine.com)