En El Ángel Exterminador y después de una cena en la mansión de los Nóbile, los invitados descubren que, por razones inexplicables, no pueden salir del lugar. Al prolongarse la situación durante varios días, la cortesía en el trato deja paso al más primitivo y brutal instinto de supervivencia. Una parábola sobre la descomposición de una clase social encerrada en sí misma.

  • IMDb Rating: 8,2
  • RottenTomatoes: 92%

Película (Calidad 1080p)

 

Los náufragos de la calle Providenza fue el título que barajó Luis Buñuel para su alegoría más salvaje al origen primitivo del ser humano. También evidencia la obstinada, aunque difícilmente evitable, huida de simbolismos conscientes que se cuelan por las rendijas de la improvisación surrealista, movimiento artístico al que perteneció el director. Porque la idea racional ya estaba en ese título. Si la película terminó bautizándose como El Ángel Exterminador no fue por representar el contenido, sino por encontrar un grupo inesperado de palabras (costumbre surrealista) que den una visión absolutamente nueva de lo que ya existe. Eso es precisamente lo que buscaba la vanguardia: sistematizar automatismos del subconsciente. Pero el surrealismo, no fue ni mucho menos, una corriente estética monolítica.

Una de las características de aquella vanguardia, surgida en los años 20 del siglo pasado, fue la multidireccional emancipación artística de casi todos sus miembros frente a los postulados iniciales de su precursor (con permiso del movimiento dadaísta) y padre de la criatura: André Breton. Su empeño por ejercer de Pope del surrealismo más puro, generó conflicto entre los miembros que no tenían miedo a experimentar nuevas vertientes por su cuenta. Es exactamente lo que ocurrió con Salvador Dalí y su amigo Luis Buñuel.

A trazo grueso, me atrevería a poner el acento en que el realizador, aun con todas sus inquietudes surrealistas, al fin y al cabo, sigue la línea de un programa iconográfico, y por tanto simbólico. Eso sí, muy personal y depurado con su propio diccionario de obsesiones, filias y manías. Su lenguaje no se construye desde el imaginario colectivo, sino que emerge del microcosmos de sus constantes biográficas. El surrealismo de Buñuel trabaja la introspección sobre un collage de imágenes desordenadas sacadas de ensoñaciones, además de una profunda fijación por el costumbrismo rural vivido en su niñez, de la práctica religiosa en su etapa educativa y de “ese discreto encanto” que encontró en la burguesía acomodada que tanto juego le dio.

Gradualmente, y aunque nunca perdió su mirada vanguardista, el estilo de Buñuel derivó a un cine plagado de crítica social, eso sí, de una crítica exenta de un depurado análisis prefabricado. El Ángel Exterminador es un ejemplo de esta etapa, lejana ya en esencia a las célebres Un perro andaluz (Un Chien andalou, 1929) o La edad de oro (L’âge d’or, 1930).

En una cena, en la mansión de los Nóbile, un grupo de invitados, sin ninguna razón aparente, son incapaces de salir del lugar. La extrañeza de ver cómo la racionalidad del engranaje burgués se rompe en pedazos, al ver cómo las esferas de su individualidad se agrietan, es la base isotópica de la película. Las juntas del lujo se ensucian, al igual que todos sus valores, de modo que todo se posiciona en un mismo peldaño.

Pero Buñuel no se conforma únicamente en deshilachar clases sociales en pos de la reflexión. Para eso está la mayoría. El director español esboza una mueca juguetona en cada plano. Buñuel es un director distinto y de instinto, él plasma recuerdos que le obsesionan o que simplemente se le ocurren, sin más, en una de esas tormentas de ideas que le surgían en forma de lúcidas ensoñaciones que siempre resuelve longitudinalmente en el eje de las dos dimensiones freudianas: El Eros y el Thanatos.

Desligado de las metonimias alegóricas de Dalí y de los automatismos inconexos de André Breton, el director español es mucho más ecléctico. Su decálogo es otro, pero sus obsesiones, al igual que ocurre con el pintor de Figueres, se dan la mano con extraña nitidez con el psicoanálisis freudiano. El Eros, atribuido al instinto de vida y conservación. El sexo como placer generador de vida. Concepto al que acompaña el Thanatos o pulsión de muerte que tiende a la autodestrucción en bucle con el estado inanimado previo al nacimiento. Ambos generan la tensión y el desequilibrio emocional de los seres humanos y definen sus impulsos más arraigados por medio de sus deseos.

Ese deseo simple de salir de una habitación en El Ángel Exterminador (no hay ni puerta) es un obstáculo anti-darwiniano que alimenta el conflicto. Como vemos, la cómica puesta de largo de la opulencia burguesa, en realidad sólo es el decorado del gran leitmotive buñueliano: la frustración.

En varias de sus obras, la incapacidad de no culminar el deseo sexual, como ocurría en La edad de oro o más adelante en Ese oscuro objeto de deseo (Cet obscur objet du désir, 1977), donde una pareja quiere unirse sin conseguirlo, es un tema omnipresente. Pero la frustración tiene otras formas, ya sea por no conseguir una acción tan básica como sentarse a cenar (Ese discreto encanto de la burguesía, 1972) o, como es el caso que nos ocupa: no poder salir de la mansión.

Otra marca de la casa es el gusto por los sucesos que se repiten. La búsqueda de la recursividad llega hasta límites estáticos cuando Buñuel decide replicar una misma escena en el montaje. Como es el caso de la llegada de los invitados antes de subir las escaleras.

El Ángel Exterminador también está provista de escenas que aluden a recuerdos de la residencia de estudiantes en Madrid, donde Buñuel se obsesionó con un amigo suyo que sólo se peinaba la parte delantera, patrón que llegó a odiar, al igual que uno de los personajes de la película.

En general, el elenco de actores no acabó de convencer del todo al director, aquejado también de no haber podido plasmar mejor una historia que, según él, hubiera encajado mejor en París o Londres. Tampoco quedó conforme con el atrezzo del mobiliario. Sin embargo, se trata de una de las pocas películas que ha vuelto a ver y que mejor impresión le ha dejado. El tiempo ha puesto en evidencia que se trata de una de las películas, dentro de su enorme colección de obras maestras, que han dejado huella e inspiración a las nuevas generaciones.

Si volvemos al título original: “Los náufragos de la calle Providenza” veremos cómo el fantasma de la bestialidad humana que Théodore Géricault inmortalizó en 1819 en su famosa pintura: La Balsa de la Medusa, sobrevolaba la mente, siempre efervescente, de Buñuel en este peculiar “día de la marmota” que viven los invitados a la fiesta. El juego de espejos del clasismo, recuerda al Dorian Grey, que despojado del lustre de su juventud, no puede evitar ver que debajo de todo envoltorio emerge la vanitas de la muerte. Tal instinto es el que erosiona con los deseos y frustraciones de los protagonistas, puestos en ridículo, en una de las mejores situaciones cómicas vistas en el cine, por el que seguramente sea el mejor director español de todos los tiempos. (Mario Millán – ElEspectadorImaginario.com)