Sirât

En Sirât un hombre y su hijo llegan a una rave perdida en Marruecos. Buscan a Mar, su hija y hermana, desaparecida hace meses en una de esas fiestas sin amanecer. Reparten su foto una y otra vez rodeados de música electrónica y un tipo de libertad que desconocen. Conocen a un grupo de raveros y deciden seguirlos a una última fiesta que se celebrará en el desierto, donde esperan encontrar a la joven desaparecida.

Premio del Jurado en el Festival de Cannes 2025

  • IMDb Rating: 7,0
  • RottenTomatoes: 7,3

Película (Calidad 1080p. La copia tiene subtítulos en español)

 

Sirât, la cuarta película del director Oliver Laxe, producida por Pedro Almodóvar, es menos una narración convencional que una experiencia extrema. Ambientada en un Marruecos desértico, agrietado por el calor y la desesperanza, la cinta avanza como una caravana fúnebre entre el duelo personal y el derrumbe colectivo. Laxe, que ya había explorado la muerte, el tiempo y la espiritualidad en las excéntricas Todos vós sodes capitáns, Mimosas y O que Arde, regresa con una obra más ambiciosa y visceral, una especie de techno-éxodo apocalíptico que desafía las leyes de la lógica narrativa.

La premisa es mínima pero potente. Luis (Sergi López, impresionante en su contención) y su hijo Esteban (Bruno Núñez) viajan entre raves en medio del desierto buscando a Mar, la hija desaparecida de Luis. Nadie sabe nada con certeza, pero alguien menciona una próxima fiesta, y padre e hijo se suman a un grupo de ravers itinerantes que cruzan el desierto en camiones industriales, en busca de un evento que tal vez ni siquiera exista. Desde ese momento, Sirat deja de ser una película de búsqueda y se transforma en un descenso físico y emocional a un purgatorio sin reglas claras.

Laxe filma el desierto como si fuera otro planeta. Implacable, silencioso y casi religioso. Pero esta vez lo llena con cuerpos en trance, música electrónica que retumba como un corazón tectónico (a cargo del productor francés Kangding Ray), y un grupo de personajes desgastados, mutilados, tatuados y heridos, que parecen flotar fuera del tiempo. Esta comunidad nómada entre la utopía y el abandono acoge a Luis y Esteban no sin reservas, como si la normalidad de ese padre y ese hijo rompiera el pacto implícito de la tribu. Aquí no se espera nada del mundo, ni del pasado, ni del futuro.

Sirât está atravesada por una pregunta que nadie formula del todo, pero que resuena en cada escena: ¿qué significa seguir adelante cuando todo ha colapsado? En este sentido, la película conecta con obras como Mad Max, pero lo hace desde una sensibilidad radicalmente distinta. Aquí no hay héroes ni adrenalina; hay cuerpos que se desgastan, rutas que se desdibujan y un duelo que muta en trance. Laxe transforma el techno en un lenguaje espiritual, en una forma de exorcismo colectivo.

La película juega con una estructura que parece disolverse mientras avanza. El primer acto sugiere una narrativa lineal de un padre buscando a su hija. Pero pronto esa claridad se evapora en la arena. Laxe se permite rupturas tonales, cambios de registro, mutaciones que acercan el filme a lo alegórico, lo onírico, incluso lo grotesco. La escena central, conformada por un giro trágico inesperado, detona una segunda mitad mucho más abstracta, donde el dolor se vuelve físico y el relato se fragmenta como si hubiese pasado por una tormenta de arena.

El título, Sirât, remite al puente delgado como un cabello que en la tradición islámica separa el infierno del paraíso. Cruzarlo es peligroso e incierto. Y esa imagen sostiene toda la película. Los personajes caminan sobre una línea que separa la vida del vacío, la comunidad del abandono, la fe del sinsentido.

Sergi López ofrece una de las actuaciones más poderosas de su carrera. Su Luis es un hombre que ha sido obligado a desprenderse de las certezas (padre, trabajador, civilizado) para sobrevivir entre nómadas sin reglas. Su dolor es seco, callado y devastador. Bruno Núñez, como su hijo Esteban, aporta una fragilidad silenciosa que da equilibrio al caos. Junto a ellos, el elenco no profesional (que incluye a dos entrañables perritos) aporta autenticidad. Sus cuerpos hablan, su desgaste es real y su mirada está marcada por la intemperie.

Como en las películas de Antonioni, Laxe deja que el paisaje tome el control. La historia se evapora, lo que queda es una experiencia. Pero a diferencia del vacío emocional del cine modernista europeo, aquí hay un fuego latente. Algo se quema, aunque no sepamos del todo qué. La atmósfera recuerda también a Zabriskie Point, pero sin cinismo. Laxe no observa con ironía, sino con una mezcla de compasión y fatalismo. Su dios (si es que hay uno) es, como decía Beckett, ausente y cruel.

Sirât no es perfecta. En su tercer acto, algunas imágenes simbólicas se sienten forzadas, y ciertos elementos narrativos (como el uso de personajes racializados en roles secundarios) rozan la superficialidad estética sin suficiente peso dramático. Pero esas fallas no opacan el conjunto: Sirât es una obra imperfecta, sí, pero profundamente viva.

Más que un filme sobre la muerte, Sirât es un experimento sobre cómo sobrevivimos a la pérdida cuando el mundo se desmorona a nuestro alrededor. Y sobre cómo, en medio del polvo, del calor y de la música, podemos inventar una forma de seguir.

Oliver Laxe no ofrece respuestas. Ofrece una película que abruma, desorienta y transforma. Una travesía que comienza con una búsqueda y termina con una extinción. Y entre ambos extremos, una belleza oscura y feroz. (André Didyme Dôme – Es.RollingStone.com)

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