En White Noise un accidente industrial causa un terrible incidente medioambiental en una bucólica ciudad del medio-oeste americano, cubriéndola en una nube tóxica. Jack, un profesor universitario que ha vivido rodeado del ruido blanco de la alta tecnología, las señales electromagnéticas y el consumismo, se ve obligado a enfrentarse a su propia mortalidad.

  • IMDb Rating: 5,9
  • RottenTomatoes: 62%

Película / Subtítulos (Calidad 1080p)

 

Noah Baumbach abre el Festival de Venecia rompiendo con la tradición naturalista de su filmografía anterior, aunque su divorcio se revele como una treta encubierta. White Noise se construye por puro high concept: Don Cheadle, profesor universitario, está dando una clase acerca del optimismo soterrado bajo la violencia como espectáculo en las películas. Según él, es definitivamente más fácil desentrañar el valor de un choque entre coches que la maraña de emociones detrás de cualquier drama. Como saboteándose, Baumbach propone una pieza que abre caminos muy diversos, todos ellos lejanos al realismo con sabor a cine indie.

White Noise es, antes que nada, el retrato de un personaje-caramelo: un cuarentón que vive con su familia medianamente acomodada y satisfecha. El tipo se muestra inseguro y está lejos de una masculinidad típicamente alfa, pero hay algo que lo aparta de la posibilidad de ser corriente. Jack (así se llama) es profesor de Estudios Hitlerianos y ha aprovechado su línea de investigación sobre la masa y la idolatría para construirse una reputación mayúscula como experto del Mal. Ataviado con gafas oscuras y capa (casi como un segundo Van Helsing, aunque incapaz de hablar una sola palabra en alemán), despierta un fervor insólito en sus alumnes. Nunca Jack podría ser más que un personaje, pues su perfil es demasiado rico y perfilado para compararlo con nuestros historiales. Adam Driver lo encarna con un brillo inusitado, que le permite alternar los farfullos propios de un hombretón farruco y los aspavientos de unas performances megalómanas, «annettianas».

Reventará pronto la burbuja de acontentamiento en la que vive la familia de Jack, con una mujer (Greta Gerwig, gran repetidora) que es puro espíritu yuppie y con tres criaturas que causarán pesadillas a quienes odien la fugaz pero persistente curiosidad infantil. La amenaza, como en todo buen cuento norteamericano, viene desde el cielo: una nube tóxica se acerca a la ciudad, o eso dice la radio, puede que aún tengamos tiempo de comernos el pollo frito, dice el padre. Del retrato de una América que se ha acomodado en sus quistes y sinsentidos a su propia sublimación satírica, a su quintaesencia apocalíptica. Añadiremos a la receta un buen puñado de referencias a aquellos desastres que parten del mundo se niega a admitir, ya sea por ideología o por pavor: la nube de Baumbach, aquella amenaza invisible que sobrepasa incluso raza y clase, encaja sin dar más explicaciones en un contexto de posverdad y pospandemia, aunque todo ello resuene ya un tanto lejos en nuestro imaginario.

Mientras, el ruido blanco del título no ha deja de aumentar. Baumbach aquí vuelve a girarse en contra de su fórmula: recogerá su verborrea habitual, aquella que lo hizo un gran director de actores, y la va a multiplicar por mil, hasta que su tiroteo de respuestas ingeniosas marca de la casa se deshilvane completamente, pierda todo sentido. Si las conversaciones de Baumbach ya formaban un prieto diseño de mimbre entre cabos recogidos al aire, hoy sus personajes habrán perdido toda capacidad para hablar bien. Se repiten, pierden el hilo, no se entienden entre sí. En este contexto, toda dirección de actores queda anulada en favor de la réplica pura, de la capacidad para simplemente responder. Repleta de intertítulos y de insertos de todo tipo, White Noise es asimismo la película más cinemática de Baumbach…

También la que menos se preocupa por su propia coherencia. En ella, cohabitarán las formas de la aventura familiar postapocalíptica, algo de terror, un comentario social descacharrado y adrenalínico, y el suspense, que ocupa el segmento final del filme. Sin embargo, Baumbach no se moja en tal mezcolanza, usando los recursos de uno y otro para hablar siempre de otro tema. Sí se irá comprometiendo con las formas del musical, el género del artificio reivindicado, hasta llegar a un número final que quizás es de lo mejor de la cinta. Una breve coreografía por aquí, un repiqueteo por allá, y así descubrimos que si la verdad es así, es porque así queremos que sea. Baudrillard para principiantes, en una película que oculta un último twist. Vaciado el largometraje en una concatenación tarantiniana y vuelta toda narrativa mero teatro del absurdo, parecería que Baumbach ha abandonado sus personajes a un nihilismo absoluto. Que regresen las «emociones humanas»; aun atees y idiotizades, sentimientos como el amor, el miedo o la esperanza, se dice, jugarán un papel importante en el fin de este mundo de locos. (Mariona Borrul Zapata – ElAntepenúltimoMohicano.com)