Fulboy muestra la vida de un plantel profesional del Fútbol Argentino, en la intimidad de la concentración, previa a los partidos. Allí conocemos una faceta absolutamente oculta del pensamiento y la sensibilidad de estos jugadores que, lejos de reproducir el relato televisivo -que los hegemoniza y estigmatiza-, los sumerge en las profundidades de la mente y las contradicciones humanas.

Película 

 

No hay deporte más popular en el mundo que el fútbol. Cuesta, sin embargo, encontrar acercamientos del cine a este deporte que eviten los lugares comunes: hinchadas fervorosas, devociones varias, la estética de “el aguante”. Las cámaras suelen posarse sobre las tribunas, colmadas de fieles exultantes frente a esos superhéroes que cada fin de semana los llevarán a la gloria o al cadalso, al éxtasis o a la furia, sin matices ni grises, sin que alguien decida parar la pelota y ofrecer otra mirada sobre el deporte que es pasión de multitudes.

Martín Farina tiene treinta y dos años y más de la mitad los dedicó a jugar al fútbol. Lo hizo en Ferro Carril Oeste, un club que milita en la segunda división de Argentina, y en unas pocas líneas define con claridad la lógica de una de las actividades más particulares que se puedan encontrar. “Jugué casi profesionalmente, entrené con la Primera bastante tiempo. Hice todas las inferiores, por lo que nunca me fui de viaje con mis amigos. Vivía desclasado, en el medio de dos espacios emocionales distintos: la escuela de clase media, burguesa, y el fútbol como ideal de vocación, maduración, salvación”.

Tomás, hermano de Martín, juega en el club Platense, de la tercera división de Argentina. Al igual que Ferro, es un club que supo militar durante muchos años en la máxima categoría, aunque nunca se alzó campeón. Martín aprovechó la presencia de Tomás en el primer equipo para meterse ahí donde nadie entra: las concentraciones en los hoteles, los vestuarios después de los entrenamientos, las charlas antes de los partidos. Una entrometida cámara funciona como ojo fisgón ingresando –por fin– a ese lugar selecto, dejando fuera de campo a los hinchas. “Quería mostrar cosas que, al menos yo, no haya visto nunca. No sé si sabría cómo filmar un hincha. No se bien qué es un hincha. Es algo abstracto, su comportamiento excede su propia individualidad. No sé si es un elemento cinematográfico. Habría que pensarlo, al hincha, como individuo. Me da la sensación que se disuelve en el propio hecho que le da existencia. Es complejo pensar su universo. Es otro tipo de emoción, otro tipo de película. No era la que yo quería hacer. En realidad no era la que yo estaba viendo. Porque en verdad yo hice la película que vi”, afirma Martín.

El nombre de la película, Fulboy, cuenta el director, deriva de una intención inicial de los futbolistas. “Ellos querían que la película se llame ‘Fulbo’, así nomás, como sienten y perciben el fútbol desde su origen y en la forma más lúdica de su expresividad. Yo creía que ese nombre era incompleto. Que no abarcaba todo lo que veía. Porque el ‘Fulbo’ no eran sólo ellos, sino también el mundo exterior, la actividad, la relación. Y no era eso lo que estábamos compartiendo, sino sus pensamientos, temores, juegos, contradicciones y, fundamentalmente, la reconstrucción simbólica de su universo significante. Por eso también necesitaba poder definirlos un poco más en relación con la forma estética que primó en el encuentro que tuvimos. Curiosamente, la intención inicial que me planteé fue poder reflejar la tensa relación que venían manteniendo con los espectadores a raíz de una serie de resultados adversos. Pero esto no fue posible, porque desde el día que empecé a filmar, ellos no perdieron ni un solo partido”.

Los futbolistas que registra el ojo de Farina son reflexivos sobre su propia actividad y sobre el imaginario que el grueso de la sociedad tiene sobre ellos. Hay un momento clave en Fulboy que define sus coordenadas éticas: cuando un jugador pide hablarle a la cámara y sostiene un extenso monólogo tratando de revertir la imagen que “la gente” tiene de “los futbolistas”. En su reivindicación de la profesión, reniega de la fama de “vagos” y “fiesteros” que constituyen esa representación social. Al respecto, también reflexivo, dice Martín: “Creo que un futbolista no es cualquier trabajador, al menos por dos circunstancias determinantes: una es que deben rendir examen público, ante miles de personas todas las semanas, lo cual pone en peligro su fuente de trabajo casi a diario. Y segundo, que cuando las personas más o menos comunes empiezan a hacerse adultas, y a entender cómo manejarse profesionalmente en la vida, ellos están terminando su carrera para siempre. Digamos que poder controlar eficientemente esas pasiones es una tarea complicada. Por eso el fútbol es un trabajo complejo sobre el cual hay todo un esquema de comunicación que, a mi modo de ver, propone una imagen sesgada del futbolista y de su cuerpo. Como si fuera un fragmento. Por todos los medios que pude, traté de hacer una película que le proponga al espectador una mirada radicalmente antagónica a ese esquema de comunicación del cual formamos parte, sin espacios para algún tipo de sensibilidad verdadera; o al menos algo legítimo desde la contradicción íntima que conlleva el hecho de ser futbolista, sus esquemas de pensamiento, etcétera. Quería que sea liviana, divertida, y asimismo que no renuncie a una profundidad vital que creo intrínseca en el hecho cinematográfico”.

La referencia del director a los cuerpos no es un elemento que pase desapercibido. A lo largo de la película vemos en detalle las imágenes del gran fetiche nacional: futbolistas en un vestuario. En Fulboy los jugadores de Platense pasan buena parte del metraje desnudos o casi. Se los ve, además, atentos a su estética, dedicando mucho tiempo a elegir su ropa, a comprar perfumes, a mirarse en el espejo. Son hombres encerrados en habitaciones de hotel (“concentrados”, vaya eufemismo) intercambiando bienes de consumo, en lo que podemos inferir un desplazamiento de sus propias construcciones identitarias, subvirtiendo el lugar de consumidores a objetos de consumo. Farina lleva la desnudez al plano de la metáfora: “Es un hecho del orden de lo objetivo, porque lo que se ve en un vestuario y en un hotel de concentración son hombres desnudos o semidesnudos prácticamente todo el tiempo, con una mirada omnipresente sobre sí mismos, de lo cual se habla mucho y se tiene plena consciencia y libertad expositiva. Así y todo, creo que la desnudez de la película no es tanto física sino emocional. Me gusta la idea de que la desnudez física es como una primera trama que sirve de telón de fondo, de puesta en escena, para que aparezca una desnudez del tipo de orden social que funciona dentro del universo del futbolista, y con ellos, de muchas personas que consumen el mundo del fútbol diariamente, como parte inseparable de la vida”. Y se anima a ir más lejos, haciendo implosionar los modelos de macho-masculinidad desde el corazón de su factoría: “Por eso creo que es erótico, o no sé si es erótico, quizás es como una provocación a animarse a ver algo más allá que la robustez, dentro de la masculinidad. Y acá sé bien de lo que estoy hablando dentro del mundo del fútbol, y también dentro del esquema de mi propia formación en la sensibilidad”.

Martín filma durante meses la campaña de Platense. El equipo acumula victorias, los jugadores lo adoptan –a él y a su cámara– como una suerte de talismán. Las posibilidades de ascender de categoría son más palpables que nunca. Sin embargo, el equipo pierde en las instancias decisivas, convirtiendo a Fulboy en dos cosas: por un lado, la crónica de un fracaso. Al respecto dice Martín: “Me cuesta pensar en la imagen del ascenso que no sucedió. Es una imagen que no está. Pero quizás lo que habría sido diferente –y que tiene que ver con el mundo del fútbol y no con el futbolista– es que se hubiera tejido una idea de héroe-fútbolista en vez de una idea de hombre-futbolista, pero tampoco estoy tan seguro. Quizás me hubiera visto más empujado a hacer una película más como la que el hincha quisiera ver (en este caso el hincha de Platense); como si fuera un tributo, un homenaje. Imagino que todos se hubieran querido ver en esa película, en cambio en esta creo que quedé tan solo como cuando empecé. Y no está mal. Al final el cine en tanto experiencia estética es, creo, un acto de pensamiento individual que se pergenia en una butaca en una sala a oscuras. Esta película es más propicia para ese espacio”. La otra cosa en que se convierte el artefacto Fulboy quizás sea la más importante: una historia de amor entre hermanos. “Ahí estoy yo, como ex futbolista, y está el esquema de sentimiento-sensibilidad- que aprendimos mi hermano y yo de mi padre. Sobre eso se sustenta el motor del entramado emocional que motiva el film”, afirma Farina. Y continúa, casi en clave psicoanalítica: “La historia de amor entre hermanos es, en este caso, una aproximación al nudo simbólico de la instauración del deseo paterno, que en su devenir ha resultado en caminos bien diversos. El entrecruzamiento de ellos es algo que le da un sustento muy especial a la película, una especie de amor que sólo es abordable desde una lejanía. Creo que eso es algo único, algo muy personal, lo pienso como una abstracción de fondo que sostiene toda la trama emocional de la película”.

Esta primera experiencia como documentalista lo encontró trabajando casi en completa soledad (el director Marco Berger, con quien luego codigiría Taekwondo, se sumó al montaje en el último tramo de la post producción), lo que hizo que Fulboy se resintiera en algunos aspectos, sin que esto preocupara en extremo a Martín. “Era consciente de esas debilidades en todo momento, así que no me hacía problemas. Fulboy está repleta de debilidades que no intentan ser disimuladas. Me gusta el cine como un acto individual, porque así lo pienso yo. Así lo disfruto. El encuentro de uno con el mundo. Como un acto de amor, lleno de problemas, egocéntrico, apasionado e irreverente, tratando de entender al otro, entablando diálogos. Multiplicando posibilidades. Luchando contra el sentido común. La hice sin plata, sin ayuda de ningún tipo, y también sin expectativas”. Quizás podamos pensar, entonces, y tomando sus propias palabras, que ese ideal de vocación, de maduración y, por qué no, de salvación, Martín Farina lo haya encontrado en la realización cinematográfica, terreno en el que, afortunadamente, no parece presto a colgar los botines. (Gonzalo Beladrich – Cinépata.com)