La cinta cuenta las circunstancias que rodearon al robo de varios artefactos prehispánicos del Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México en 1985, y la sorpresa de las autoridades al descubrir que los autores de semejante hazaña habían sido dos jóvenes marginales de los suburbios, Carlos Perches y Ramón Sardina, en lugar de los ladrones profesionales de arte a los que se le atribuía la sustracción de los objetos.

Mejor Guion (Festival de Berlín 2018)

Mejor Director y Premio del Público (Festival de Morelia 2018)

Mejor Coactuación Masculina (Premios Ariel 2018)

  • IMDB Rating: 7,0
  • Rottentomatoes: 87%

Película (Calidad 1080p)

 

Alonso Ruizpalacios debe ser uno de los cineastas latinoamericanos con más inventiva y creatividad visual entre sus contemporáneos. La primera media hora de Museo está a la altura de realizadores como Arnaud Desplechin, Wes Anderson o ciertos maestros de la nouvelle vague a la hora de proponer ingeniosas y originales resoluciones visuales para desarrollar narrativamente su historia. El filme, centrado en el mítico robo al Museo de Antropología de la Ciudad de México que tuvo lugar en 1985 –pero con muchas libertades narrativas respecto a la historia real– se inicia como la historia de dos amigos y de la familia de uno de ellos e incluye una masiva fiesta navideña poblada de adultos y niños que el realizador de «Güeros» logra organizar, maravillosamente, de una manera tan comprensible como divertida y ácida. Hay un narrador y otro protagonista y una larga serie de hermanos, primos, padres, amigos y sobrinos en un comienzo cuyo nervio y energía entusiasman.

La película se centra en los dos autores intelectuales y materiales del famoso robo de unas 140 piezas del Museo. Uno es Juan (Gael García Bernal, siempre impecable), pícaro e ingenioso pero acaso menos inteligente de lo que cree ser. Y Leonardo Ortizgris, el actor de «Güeros» que encarna a Benjamín/Wilson, su ladero, en apariencia un poco más simplón, pero igualmente capaz de cometer el robo en cuestión con mucha sapiencia. Ambos estudian Veterinaria (?) y, así como sucedió en el hecho real, jamás queda del todo claro cuáles fueron los motivos que los llevaron a cometer tan arriesgado y finalmente un tanto absurdo robo de unas piezas que son casi invendibles en el mundo real.

Ruizpalacios avanza con su narración a una segunda media hora muy distinta: el robo en sí. Con los silencios y los pasos cuidadosos, orquestados minuciosamente, propios de películas como «Rififi» o «El Círculo Rojo», la película pasa de su coro de voces (familiares, en off, etc) al silencio que supone el atraco en cuestión, otra impecable y cuidada puesta en escena tan precisa y efectiva como el robo en sí. De golpe, los dos aparentemente inexpertos y confundidos amigos se revelan como maestros del crimen, llevándose una enorme cantidad de piezas en una noche de Navidad en la que, como era de esperar, los guardias estaban preocupados más por beber y brindar que por cuidar esas piezas mayas y aztecas.

La película –de casi 130 minutos de duración– tiene una tercera parte, clásica también de los filmes de atraco, ligada a las consecuencias, a las complicaciones de vender lo robado, a la potencial persecución, a los problemas que se presentan entre los ladrones una vez que advierten que, pese a tener el botín entre manos, no saben qué hacer con él. O no logran convertirlo en el dinero que esperaban. Esa etapa –la más parecida a «Güeros», especialmente en su carácter de road movie— tal vez no esté a la altura de las dos primeras, ya que las desventuras de Juan y Wilson acaso se extienden demasiado. Con 15, 20 minutos menos, quizás, Museo sería una extraordinaria película. Así como está es muy buena y merece irse de aquí con algún premio, pero mejoraría siendo apenas un poco más corta.

De todos modos, queda en evidencia el talento de todos los involucrados en esta gran producción, desde los rubros técnicos hasta los actorales, especialmente los dos protagonistas, que por momentos acercan el tono de la película al de las comedias italianas de los ’50, con sus ladrones metidos en asuntos que le quedan demasiado grandes. Sobre el final, y esto va para los argentinos que lean esto, aparece Leticia Brédice en un rol bastante importante que no revelaremos aquí y que la actriz lleva adelante con la presencia y ampulosidad que la caracteriza. Tomando en cuenta qué tipo de personaje es, su desmesura está muy bien utilizada.

Para el final, Museo ofrece unas simpáticas y hasta emotivas sorpresas que nada tienen que ver con la historia original pero que le otorgan a la trama una suerte de epifanía, un cierre que si bien no explica de modo psicologista los motivos e intenciones de los ladrones, por lo menos sirve para entender que más allá de sus caprichos y tonterías, algo extrañamente romántico funciona como motor de sus actos. Y, además, como pequeño apunte lateral que es igualmente importante, el director deja en claro que el museo estuvo más concurrido que nunca luego de haber sido robado. Tal vez, tras la película, la gente regrese con todo allí solo para comparar ficción con realidad. (Diego Lerer – micropsiacine.com)