O Agente Secreto

O Agente Secreto sucede en 1977, durante la dictadura militar brasileña, cuando Marcelo, un profesor que huye de un pasado turbulento, regresa huyendo a la ciudad de Recife, donde espera construir una nueva vida y reencontrarse con su hijo. Pero pronto se da cuenta de que la ciudad está lejos de ser el refugio que busca, que las fuerzas gubernamentales le persiguen y las amenazas de muerte se ciernen sobre él.

Mejor dirección, mejor actor y Premio FIPRESCI en el Festival de Cannes 2025
Mejor Actor – Drama y Mejor Película Extranjera 2025 en los Premios Globos de Oro
Mejor Actor y Mejor Película Extranjera 2025 para el Círculo de Críticos de Nueva York (NYFCC)
Mejor película extranjera 2025 para la Asociación de Críticos de Los Ángeles (LAFCA)

  • IMDb Rating: 7,8
  • RottenTomatoes: 82%

Película / Subtítulos (Calidad 1080p)

 

O Agente Secreto confirma a Kleber Mendonça Filho como uno de los autores más singulares del cine brasileño contemporáneo. Desde O Som ao Redor pasando por Aquarius (su mejor película hasta ahora) y la explosiva, delirante y psicodélica Bacurau, ha construido una filmografía marcada por la obsesión con el espacio, la vigilancia, la memoria y la violencia estructural. Su cine no busca ser popular ni accesible. Es político sin panfleto, estilizado hasta el exceso, atravesado por una cinefilia tanto de género como militante que le permite moverse con naturalidad entre el drama sociopolítico, la sátira, la ciencia ficción, el horror, y el thriller paranoico. Como sucede con cineastas radicales como Antonioni, Altman, Kusturica, Béla Tarr, Assayas o Martel, Mendonça no se acomoda. Su estilo genera admiración o rechazo, sin mucho espacio para términos medios. Para algunos, es un autor ineludible; para otros, uno que se encierra en sí mismo y excluye al espectador.

O Agente Secreto, nos ubicamos en el Brasil de 1977, en época de carnaval y plena dictadura militar. Wagner Moura interpreta a Marcelo, un ingeniero académico que, tras oponerse a la privatización de su centro de investigación por parte de un ministro corrupto, se convierte en objetivo de una cacería. El conflicto no nace de una militancia política abierta, sino de un gesto ético mínimo. Negarse a que el conocimiento público sea capturado por intereses privados. La respuesta del sistema es grotesca y brutal. Dos asesinos, empleados del aparato represivo, son enviados a eliminarlo. Marcelo huye en su Volkswagen escarabajo amarillo a Recife, donde una pequeña célula de resistencia lo esconde en una casa segura durante los días de carnaval, junto a otros fugitivos. Allí lo cuida una figura maternal, Doña Sebastiana (Tânia Maria), mientras adopta una nueva identidad y comienza a trabajar, con irónica exactitud, en un departamento estatal de emisión de documentos. El hombre perseguido por tener nombre propio ahora produce nombres falsos. El cine político de Mendonça siempre se ha alimentado de estos juegos de inversión simbólica.

Pero la historia no avanza en línea recta. El relato, en apariencia simple, se va cargando de desvíos, repeticiones, bifurcaciones y digresiones. Marcelo, mientras explora los archivos en busca de información sobre su madre fallecida, se cruza con una figura siniestra. Euclides (Robério Diógenes), es un policía corrupto que aprovecha la anarquía del carnaval para operar como ejecutor encubierto. El régimen, en lugar de mostrarse con uniformes y tanques, aparece como una red amorfa, fragmentada, envuelta en los pliegues de la burocracia y la arbitrariedad cotidiana. La violencia no es espectacular; es estructural, gris, administrativa. Pero estalla, eventualmente, en formas explícitas, delirantes y dolorosas.

En O Agente Secreto, la paranoia se transforma en mito. Una pierna humana aparece en el estómago de un tiburón capturado. Los medios explotan el hallazgo. Y como si la población no necesitara más que una chispa para encender el fuego colectivo del miedo, surge una leyenda urbana: una pierna mutilada salta por la ciudad, aterrorizando a la gente durante la noche. La perna cabeluda, figura del folklore brasileño, irrumpe en el presente como símbolo del terror sin rostro. Y Mendonça, lejos de ridiculizar el mito, lo utiliza para fundir lo político con lo fantástico, la represión con el absurdo, y lo histórico con lo alucinatorio. El resultado es una película que se sitúa en un punto intermedio entre el thriller político, la sátira social, la comedia negra y la fábula urbana. Y que, además, homenajea, sin disimulo, a obras como Le Magnifique (con Jean Paul Belmondo y conocida en Latinoamérica como El Agente Secreto), Jaws, Popeye, Doña Flor y sus dos maridos y The Omen, no desde la cita directa, sino desde la apropiación estética. La cinefilia, como sucede con Tarantino, Jarmusch, Soderbergh y Almodóvar, no es adorno sino una parte integral de su lenguaje.

Wagner Moura ofrece una actuación contenida y precisa. Su Marcelo no es un mártir ni un héroe clásico. Es un hombre empujado al borde por un sistema que convierte la moderación en amenaza. Lo acompaña un elenco sólido, con especial brillo en la ternura firme de Tânia Maria y la brutalidad caricaturesca de Robério Diógenes como el policía. Y hay espacio, incluso, para un cameo de Udo Kier que encapsula el tono elegante, grotesco, desfasado y perfectamente absurdo de la película.

Formalmente, la cinta de más de dos horas y media de duración es impecable. El gran formato, la fotografía, el diseño de producción, el trabajo de sonido y el montaje sostienen un universo denso, envolvente y opresivo. Cada plano está pensado. Cada encuadre parece operar como una trampa. El ritmo, sin embargo, es deliberadamente lento, errático y sinuoso. Como en Jackie Brown de Tarantino, The Limits Of Control de Jarmusch, Wasp Network de Assayas y Black Bag de Soderbergh, no tiene la urgencia de un thriller. Se comporta como una novela. Toma desvíos, saborea los bordes y se demora en los detalles. Esa estrategia, para algunos, será una forma de resistencia estética; para otros, una forma de arrogancia narrativa.

Y es ahí donde la película se rompe. Para quien logre sintonizar con su frecuencia, puede ser una experiencia absorbente, incluso fascinante. Para quien no, el exceso de control formal, la densidad simbólica y la falta de progresión emocional pueden resultar asfixiantes. Lo que algunos leerán como ambición narrativa, otros lo vivirán como agotamiento. Lo que para unos es una sinfonía política, para otros es un desfile de gestos huecos. Quien escribe se inclina a pertenecer al segundo grupo. Hay momentos en los que la película roza la genialidad. Pero nunca logra tocarla. Porque la distancia emocional, la frialdad del relato y la constante sensación de estar ante un mecanismo, más que una experiencia viva, terminan por bloquear cualquier forma de entrega.

O Agente Secreto es, sin dudas, una obra de autor. Una película de riesgo, sin concesiones, profundamente consciente de sí misma. Es también una película sobre un país donde el delirio social reemplaza la verdad, y donde la violencia no necesita uniforme para operar. Es cine hecho con inteligencia y técnica. Pero también con una confianza excesiva en que esa inteligencia basta. A veces lo hace. A veces, no.

¿Querías cine político? Aquí tienes cine político. ¿Querías cine de autor? Aquí tienes cine de autor. ¿Querías que el cine te diga algo sobre el Brasil de ayer y de hoy? Lo dice. Pero lo dice con tanto subrayado, con tanta carga de sentido, con tanto virtuosismo autosatisfecho, que uno sale más exhausto que conmovido.

Y eso, viniendo de un director que sabe perfectamente lo que hace, no es un accidente. Es una decisión. Y como espectador, uno también puede decidir: quedarse dentro del hechizo, o salirse del círculo. Otros, podemos sentirnos expulsados. (André Didyme-Dome – EsRollingStone.com)

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