En Raging Bull, Jake la Motta es un joven boxeador que se entrena duramente con la ayuda de su hermano y mánager Joey. Su sueño es convertirse en el campeón de los pesos medios. Pero Jake es un paranoico muy violento que descarga su agresividad tanto dentro como fuera del ring. Incluso su hermano es víctima de su enfermizo carácter. Cuando, por fin, alcanza el éxito, su vida se convierte en una pesadilla. Por un lado, su matrimonio marcha cada vez peor debido a sus contantes salidas nocturnas con otras mujeres; por otro, la mafia lo presiona para que amañe combates.

Mejor Actor y Mejor Montaje en los Premios Oscar 1980
Mejor Actor Drama en los Globos de Oro 1980
Mejor Actor y Mejor Actor Secundarioa 1980 para el Círculo de Críticos de Nueva York
Mejor Película y Mejor Actor 1980 para la Asociación de Críticos de Los Angeles

  • IMDb Rating: 8,2
  • RottenTomatoes: 94%

Película / Subtítulos (Calidad 1080p)

 

Decía Joyce Carol Oates en su inteligente ensayo deportivo que “el boxeo, como la imagen de un sueño o una pesadilla, opone un yo contra un yo, un gemelo contra un gemelo idéntico, como en el útero, donde la dominación, el más misterioso de los apetitos humanos, se expresa por primera vez”. Yo no entiendo mucho de boxeo, pero sé que Jake LaMotta pegaba con todo, con el alma, con su vida. Era lo que los especialistas denominan un fajador, sinónimo de un duelo descarnado, acaso un kamikaze que salía al ring sabiendo que durante el primer round recibiría un severo castigo por parte de su oponente. Su compleja personalidad le impidió convertirse en un estratega –al fin y al cabo lo que debe ser todo buen boxeador– sobre la lona, y su capacidad para encajar golpes era francamente demencial: convencía a sus rivales para que lo despertaran de ese cruel letargo que era su vida, y entonces, sólo entonces, implosionaba con todo. 83 victorias (30 de ellas por K.O.) y 10 derrotas avalan una carrera repleta de altibajos que hacen de Jake LaMotta no sólo una leyenda del boxeo sino una figura impagable cuya historia personal es una verdadera bicoca para los espectadores.

El Toro del Bronx solía bajar la guardia durante los primeros compases. Invitaba a sus oponentes a curtir su rostro (marcado gracias a un terrible e inelegante estilo) y su plexo solar, para desentumecer los músculos. Y salvo que te llamaras Sugar Ray Robinson (aquella Némesis de raza negra que neutralizó al valiente Jack en cuatro de sus seis enfrentamientos, logrando que éste declarara con no poco sarcasmo: “He peleado tantas veces contra Sugar Ray, que no sé cómo no tengo diabetes”), podías darte por muerto. Replegaba su dura cabeza a la altura del pecho, el cogote señalando al contrario como si tuviera cuernos, y se cubría la zona hepática con los antebrazos. No conocía más defensa que el ataque. Tampoco esa agridulce máxima de “una retirada a tiempo es una victoria”. No era un fino estilista a lo Cassius Clay o Sugar Ray Leonard, más bien al contrario. Era un peso medio de reverso impredecible. Lento de piernas y descompasado en sus movimientos, su principal virtud radicaba en la fuerza explosiva, como un ser primitivo cuya única meta es sobrevivir; pero residía también en cierta habilidad para esquivar golpes (o preverlos) y mucho apetito de victoria.

Así con todo, LaMotta prosperó en el circuito profesional en la década de los 40, tiempos convulsos en los que el pugilismo era un divertimento para la plebe y un filón para los gánsters que movían a su antojo las apuestas. O sea, como hoy. Poco ha cambiado el contexto de este deporte cruelmente estigmatizado por ciertos medios de comunicación y otras almas sensibles que, de manera casi automática, condenan (muy respetable) la simple acción de ver a dos hombres “pegándose”. Y, sin embargo, lo que allí arriba hacen los boxeadores dista mucho de la pelea que nosotros conocemos, en la que dos personas lanzan golpes indiscriminadamente sin ápice de técnica ni conocimiento de la anatomía. Tampoco soy un defensor a ultranza del ventajista y poco ilustrativo sentimiento que reza: “Es un deporte de caballeros inteligentes, como el ajedrez”. Mucho me temo que si Mike Tyson hubiera de enfrentarse a Bobby Fischer en un torneo de ajedrez, las probabilidades de supervivencia de este segundo serían mínimas. El jaque mate de Tyson (oriundo del Bronx, por cierto) era un directo a la mandíbula revestido de hormigón. Sea como sea, debe prevalecer el sacrificio del deporte, la certeza de un mundo turbio pero insólitamente atractivo. Baste como ejemplo el propio Jake LaMotta.

El 24 de septiembre de 1941, durante el décimo asalto de su combate con Jimmy Reeves, LaMotta conectó un croché de izquierda que tatuó la palabra knockout en la mandíbula del boxeador de Cleveland, Ohio. Aturdido, ya en el piso a causa del fuerte shock, Reeves tardó cuatro segundos en reincorporarse. Pero LaMotta le propinó un nuevo croché de izquierda, aunque esta vez tardaría seis segundos en llenar de oxígeno sus pulmones. Con todo, besó la lona luego de recibir una lluvia de ganchos que le hicieron papilla la zona abdominal. Había llegado a su fin aquella noche. El árbitro comenzó a contar, justo cuando sonó la campana. Y, por supuesto, a pesar del claro repaso que había recibido a manos de Jake LaMotta, los untados jueces dieron la victoria a un Reeves que veía estrellas en el techo del pabellón. El público no daba crédito. De repente comenzaron a llover sillas, invadieron el cuadrilátero y hubo numerosos heridos a causa de tan violenta reacción. La policía era incapaz de reducir a esos camorristas que reclamaban justamente su dinero. Para nada, ya que este oscuro veredicto fue irrevocable. Son episodios que, pese a quien pese, forman parte de la idiosincrasia del boxeo. Obviamente, hoy día apenas suceden este tipo de altercados, menos aún con profesionales de élite. Los grandes combates se retransmiten en modalidad ppv (pay–per–view o “pago por visión”) a través de HBO u otros prestigiosos canales, y púgiles de alto calibre como Manny Pacquiao o Mayweather cobran fácilmente diez millones de dólares por velada.

Años más tarde, LaMotta experimentaría un descenso a los infiernos que, de alguna manera, cumplió el vaticinio de sus más allegados: asaltado constantemente por unos demonios que le han perseguido a lo largo de toda su vida (todavía vive a sus 91 palos), el 14 de Noviembre de 1947 se dejó ganar vergonzosamente ante Billy Fox, un peleador bastante correoso que, a priori, no tenía ninguna posibilidad. En el cuarto round, el árbitro paró el combate dando como ganador por K.O. técnico a un incrédulo Billy Fox, quien casi desfallece por culpa de un directo de LaMotta, que le golpeó, como diría el clásico mexicano, “sin querer queriendo”. Las apuestas favorecían claramente al púgil neoyorquino, pero según palabras del propio Jake, la Mafia le instó a que se tirara para dejarle competir por el campeonato mundial de los pesos medios (aunque hubo ligeros cambios en la “representación” debido a su orgullo y, por lo tanto, lo que medio país contempló fue a un sonámbulo con la guardia baja contra las cuerdas y sin ánimo de boxear, o al menos ponérselo difícil al otro). Cosa que materializó en Detroit dos años más tarde, venciendo al francés Marcel Cerdan, apodado El Bombardero de Marruecos.
Entretanto, LaMotta estaba inmerso en un continuo ir y venir de inseguridades, miedos y celos provocados –quizá sin motivos– por su mujer, Vickie, a quien controlaba enfermizamente. Esta cuestión le volvía loco y hacía crecer de manera alarmante sus complejos: la brutalidad que exhibía en los cuadriláteros era inversamente proporcional al tamaño de su autoestima. ¿Resultado? La sometía a maltratos continuos. A su propio cuerpo, también. Porque esa estricta dieta que debía seguir –y que nunca llevó a cabo– le agotaba psicológicamente: sin entrenar a diario, su cuerpo ganaba peso con facilidad. Y a nadie le extraña que tras abandonar el circuito profesional, engordara hasta convertirse en un obeso amante de los puros y el alcohol.
Si todavía alguien duda del filón dramático de una figura como Jake LaMotta, no se preocupen. En 1980, un tal Martin Scorsese utilizó el guión de Paul Scharder y Mardik Martin –basado en la autobiografía homónima de Jake LaMotta– para construir una de las más brutales y bellas historias que ha dado el cine: Raging Bull. El director venía de dirigir su ópera prima Who’s that Knocking at my Door (1967), Boxcar Bertha (1972) y Mean Streets (1973), una sobre gánsters de baja estofa afincados en Nueva York (su ciudad natal). La película exponía visceralmente un mundo perverso, agotado en inocencia y buenas intenciones, para elevar la violencia al Olimpo de la cinematografía no sólo americana sino mundial. Al ritmo de los acordes rockeros de los Rolling Stones, el joven Scorsese diseccionaba los sombríos recovecos del Bronx donde antaño creciera Jake LaMotta, una minúscula porción del GPS (mental) de un taxista insomne y perturbado llamado Travis Bickle que tras su regreso de Vietnam nos contaba que las calles habían muerto contaminadas de putas, proxenetas, travestis, maricones, yonquis, camellos, negros, inmigrantes, asesinos, pederastas, vagabundos, freaks… Almas tóxicas. Corría el año 1976 cuando Taxi Driver mostró a la cinefilia en general y a la crítica en concreto que existía una forma de hacer cine sin concesiones, sin hacer uso de narrativas tediosas o vacuos ejercicios de estilo. Scorsese había recogido lo mejor de los maestros neorrealistas – Rossellini, Fellini, Visconti, De Sica– y el noir francés heredero de los relatos de Dashiell Hammett y Raymond Chandler, para alumbrar un nuevo modelo que seguía de cerca a contemporáneos suyos como Francis Ford Coppola y Steven Spielberg (aunque el sentido lúdico de éste siempre ha ido unido al blockbuster). A mediados de los 70, el cine norteamericano vivía su enésima edad dorada.
Por ello, después de habernos acostumbrado a la excelencia tocaba pensar que las expectativas serían difícilmente superables. Y, sin embargo, ese ítaloamericano (hablo de Marty, por supuesto) de cejas pobladas y discurso meteórico nos regaló una obra titulada Raging Bull, una radiografía del boxeador más controvertido (por encima de Muhammad Alí) de la historia. Y si no el más controvertido, sí el más complejo: hay en LaMotta muchas personalidades encontradas que hacen de él un hombre tan despreciable como humano. Y en Raging Bullo esas personalidades están adheridas al metódico Robert De Niro, el actor fetiche de un Scorsese al que visitaban las musas. El actor supura credibilidad en cada fotograma. Podemos oler la catarsis emocional que subyace en un relato bañado por el blanco y negro de la fotografía de Michael Chapman. Un blanco y negro que nos transporta a los años 40, que endurece los castigados rasgos del boxeador, que hace del claroscuro (prodigioso cuando LaMotta grita desconsoladamente: “¡Soy un imbécil!”, mientras aporrea con las manos desnudas las paredes de su celda) una herramienta visual tan efectiva como dramática. No quieres apartar la mirada de ese hombre abyecto y deprimido que no cesa en su empeño de amargar la existencia a su fiel hermano. Un Joe Pesci que ya apuntaba maneras en el infame arte de propinar palizas (sin embargo, habría que esperar once años para verle interpretando al mejor sociópata del cine en Godfellas). Siempre enérgico y machista, aconsejando a su hermano –también maltratador a tiempo parcial– que, o bien le da unas cuantas hostias a su mujer, o ésta le amargará la existencia.

Raging Bull es magistral en todos los aspectos: el básico binomio de forma y contenido es aquí una cuestión de ciencia infusa que, sin embargo, resulta poderosamente natural. Los personajes y su arquitectura envuelven la trama –surgida, no nos olvidemos, de un libro– en una virtuosa quietud estética que se alterna con momentos de tensión. El ritmo, gracias a un ejemplar uso de la elipsis, anula toda aparición de fatiga y, además, certifica el virtuosismo del montaje: está todo, no falta nada. Thelma Schoonmaker, editora habitual de Scorsese, imparte magisterio con un relato superlativo, cuyas articulaciones abrazan una suerte de montaña rusa. Todo discurre melódicamente en esa exploración de la psique. Y nos da igual que tras recibir ocho nominaciones a los Oscar, tan sólo se hiciera con dos premios (mejor actor para Robert De Niro y mejor montaje). Poco importa que su ambición cayera ante la simpatía de Ordinary People, de Robert Redford. Importa el recuerdo, que se mantiene intacto. Importa la transformación de un boxeador que soñaba con la gloria y acabó ofreciendo monólogos en locales de dudosa etiqueta. Y allí, en el camerino de cualquier sucio antro, empezaba un recital eterno, puro cine. (Juan José Ontiveros – ElAntepenúltimoMohicano.com)

“Aquellos aplausos aún resuenan en mis oídos. Durante años, seguirán en mi memoria. Una vez, me quité el albornoz y no llevaba los calzones. Recuerdo cada caída, cada gancho y cada golpe, como el peor sistema de deshacerme de la grasa. Como ya saben, mi vida no fue maravillosa, aunque me gustaría oírles vibrar cuando recito a Shakespeare. ‘Mi caballo, mi caballo. Mi reino por un caballo’. Llevo meses sin ganar. No soy un (Laurence) Olivier, pero no se trata del ring sino de la obra. Dadme un escenario donde pueda mostrar mi bravura. Aunque lo mío es boxear, prefiero recitar. Esto es espectáculo”.