En Sonatine, Murakawa no es solamente un gángster, sino uno especialmente violento y agresivo. Es todo lo imprudente que uno puede esperarse de un yakuza o incluso más, y ha conseguido buenas influencias. Pero empieza a estar cansado de su estilo de vida, quiere cambiar. Varios yakuzas de Tokio son enviados a Okinawa para ayudar a terminar una guerra entre gángsters. El conflicto se intensificará y Murakawa se convertirá en una pieza fundamental

Mejor Película en la Seccion Un Certain Regard del Festival de Cannes 1993

  • IMDb Rating: 7,5
  • RottenTomatoes: 89%

Película / Subtítulo (Calidad 1080p)

 

Sonatine no fue reivindicada hasta que Hana-bi ganó el León de oro veneciano. De Takeshi Kitano se han aplaudido mucho sus melodramas aunque en realidad el eje que vertebra su filmografía está en el thriller de yakuzas. Por eso ver Sonatine tras haber disfrutado de Hana-bi, El verano de Kikujiro, Dolls y siguientes supone una revelación y sobre todo una guía para, en mi caso, revisar toda la filmografía de Kitano. Sonatine es un western crepuscular en el que Takeshi Kitano, director, y Beat Takeshi, el mismo en calidad de actor, desarrolla todo un mundo de temas y formas que haría propias a lo largo de los años. En Murakawa, el jefe Yakuza que abandona Tokyo junto a sus compinches para huir de un duelo entre bandas, hay mucho del guerrero hastiado, del samurai agotado, del vaquero sin rumbo, del héroe despiadado y del manipulador expeditivo que Kitano ha dirigido e interpretado durante tres décadas. En contraposición a lo visto en Zatoichi, película de formas más tarantinianas que retrataba la violencia desde la hipérbole y el espectáculo, casi a modo de videojuego de filosofía y ambiente feudal, Sonatine marca la tónica más repetida en Kitano al traernos esa citada violencia desde la contención, dejando las víctimas de los tiroteos fuera de plano, dilatando la espera de la muerte con largos planos o filmando los ajustes de cuentas de una forma no por fría menos poética, no por eufemística menos efectiva, prestando única atención al haz luminoso de la pistola al lanzar la bala o al rostro desencajado poco a poco por efecto de la herida mortal. Porque Sonatine es eso: la incertidumbre y al mismo tiempo la certeza de quien se deja llevar por la agonía, arrastrándose hacia un mar simbólico en el que cualquier posibilidad de luchar y seguir adelante queda descartada.

Murakawa representa el enfermo que no quiere sanarse y que, al no conocer otra cosa que la ley del más fuerte, no teme morir, como antes de perecer tampoco teme matar a quien se le presente por delante. Es la deshumanicación absoluta, la fiera henchida de sangre, y al mismo tiempo el hombre sensible que en su ocaso encuentra un referente femenino con el que expiar pecados y tal vez confesar miedos inconfesables. También el pallaso que utiliza a sus jóvenes súbditos para marcarse una risotadas, el malo que apoyado por la jerárquica organización de su clan no duda en engañar, humillar y poner al límite a sus esclavos. Un poso de maldad e ironía negra que Kitano, en sus orígenes y todavía ahora un cómico de humor extremo, muestra en todo su esplendor en Sonatine: la escena en que Murakawa mata por descuido a un yakuza enemigo ahogándolo en el mar es de una brutalidad y al mismo tiempo de una comicidad absurda de lo más brillante. Y en paralelo a estas escenas que beben claramente del thriller, el drama habita de la forma más cruda en Sonatine: el fresbee rojo que lanza Kitano en la playa es casi una metáfora de la carnicería final, y la playa como lugar de retiro, paraíso (re)encontrado y escenario de juegos infantiles contiene mil y un símbolos.

Como el Kikujiro que ayudaba a un pequeño a buscar a su padre (El verano de Kikujiro), como el agente de policía que cuidaba de su esposa enferma (Hana-bi) o como el vagabundo ciego curtido en el arte de la espada (Zatoichi), el Murakawa de Sonatine es un ser de bondad escondida, débil pese a su fachada, o sea, el rostro pétreo, la mirada distraida, la sonrisa lacónica y el caminar encorbado del propio Takeshi Kitano. Sonatine es una película triste que por su naturaleza de thriller corre el riesgo de pasar desapercibida o desecharse directamente en el cajón de sastre donde figura todo el cine de yakuzas de Kitano. Pero Sonatine vuela muchísimo más alto que O’Brother o que la reciente Outrage, tal vez porque de alguna manera es el título visagra que conecta sus heterogéneos inicios (cinematográficos y televisivos) con la etapa más intermacional y personal de su carrera (Hana-bi nace como homenaje familiar después de que Kitano sufriese un brutal accidente de moto, y El verano de Kikujiro es el velado homenaje que Kitano hizo a su padre). En el póster español de Sonatine se puede leer ‘la respuesta japonesa a Clint Eastwood‘, y aunque el cine estadounidense forma parte de las referencias kitanianas su obra es mucho más. Sonatine, definitiva, es la primera obra maestra de Takeshi Kitano. (Cachecine.blogspot.com)