Beanpole transcurre en Leningrado en 1945. La Segunda Guerra Mundial ha devastado la ciudad y derruido sus edificios, dejando a sus ciudadanos en la miseria tanto a nivel físico como psíquico. El asedio (uno de los peores de la Historia) ha terminado, la vida y la muerte continúan combatiendo en el desastre que la guerra deja tras de sí. Dos mujeres jóvenes, Iya y Masha, tratan de encontrar un sentido a sus vidas para reunir fuerzas de cara a reconstruir la ciudad.

Mejor Dirección (Una Cierta Mirada – Festival de Cannes 2019)

  • IMDB Rating: 7,2
  • Rottentomatoes: 93%

Película / Subtítulos (Calidad 720p)

 

Lo que seguramente desacomodó a muchos de los que vieron Beanpole (que aquí se verá con su título original en ruso, Dylda) en el Festival de Cannes y se sintieron un tanto defraudados con la nueva propuesta del director de «Tesnota» es lo diferente que es a la anterior. La opera prima del realizador ruso que ahora tiene 28 años (la hizo a los 25) era bastante radical en su propuesta estética, mientras que su segundo film responde, si se quiere, a un modelo más clásico de película rusa sobre la Segunda Guerra Mundial. Esa diferencia, que se siente más en la forma que en el tono grave y oscuro de ambos films, no debería impedir apreciar su segundo largo por lo que es: una muy desgarradora película sobre la amistad, los conflictos y las penurias de dos mujeres en Leningrado apenas terminada la guerra.

Beanpole es el apodo de Iya, una joven mujer, muy flaca y muy alta, que trabaja en un hospital que sigue recibiendo y continúa alojando a heridos por la guerra. Pero ella también ha sufrido las consecuencias, ya que cada tanto tiene algún tipo de ataque que la paraliza por completo durante unos minutos. Iya tiene un pequeño niño llamado Pashka, que en realidad es hijo de su amiga Masha, y que ella cuida como si fuera suyo esperando el regreso de su madre del frente de combate. Iya es muy servicial y atenta con los heridos, que le tienen mucho cariño, al igual que al pequeño. Y lo mismo sucede con el jefe de la mujer, que valora los esfuerzos que hace pese a sus problemas.

Pero esos “problemas” le jugarán una mala pasada estando sola con el niño en una escena que es por demás dura de sobrellevar y que seguramente marcará a quien la vea. No hay nada que Iya pueda hacer para evitar lo que sucede, pero el resultado será trágico. Y al regresar Masha tendrán que afrontar las consecuencias. Pero lo que sucede de ahí en adelante (lo que mencioné es, apenas, el principio del film) se aleja un poco de lo esperado, ya que no convierte a las mujeres en rivales sino en dos amigas que atraviesan incontables e inenarrables sufrimientos tratando de salir adelante en un país victorioso pero devastado.

De ahí en adelante, las amigas vivirán algunas desventuras con jóvenes soldados, navegarán los complicados manejos políticos del hospital, lidiarán con las respectivas limitaciones de sus estados físicos (Masha también tiene sus problemas en ese aspecto) y psíquicos, y tratarán de llevar adelante una relación que se adivina como amorosa, si bien la película nunca llega a sugerir que exista algo romántico entre ambas. Balagov construyó en unas calles de San Petersburgo (que entonces era Leningrado) una réplica de lo que era la ciudad entonces. Eso, en combinación con la excelente reconstrucción de época en todos los otros aspectos, transporta directamente al espectador a ese desgarrador universo en el que soldados muy malheridos piden que los liberen de su “condena” física, médicos y enfermeros se ocupan de salvar a quienes puedan y cómo puedan, y los políticos hacen lo suyo, llevándoles regalitos.

Es una pintura muy oscura de las desgarradoras consecuencias de una guerra que no solo aniquiló a millones de personas sino que aplastó moralmente a la gran mayoría de los ciudadanos que la sufrieron en carne propia. Y si bien la muerte de un niño siempre es una decisión narrativa complicada a la hora de utilizarlo como metáfora o eje temático de una película, Balagov logra esquivar las connotaciones éticas más discutibles, cinematográficamente hablando, de tal escena, y de ahí lleva el relato hacia otras zonas. La muerte es una constante en ese lugar y en ese tiempo, lo mismo que la locura, la violencia y enfermedades como la de “Beanpole”, que le imposibilitan tener cualquier cosa parecida a una vida más o menos normal. A ella y, de una manera u otra, a todos los demás también.

Beanpole es oscura y demoledora, pero también emotiva y si se quiere hasta bella. Es una película increíblemente rigurosa y sólida para haber sido hecha por alguien que promedia los veintipico. Pero da la impresión que los rusos ya traen incorporado a su sistema los sufrimientos de la nación y les resulta sencillo acceder a ellos y transmitirlos artísticamente. Balagov es uno de esos talentos. Un alumno aventajado de la escuela de Sokurov que pinta para convertirse en un realizador capaz de hacer grandes cosas. Si no le sucede como a algunos connacionales que se toman demasiado en serio el rol de Gran Cineasta Ruso (como es el caso de su colega Andrei Zvyagintsev, el de «Leviathan», que parece haber tomado ese camino de ida) se pueden esperar futuras obras maestras en los años y décadas que vienen. (Diego Lerer – micropsiacine.com)