En Midsommar una pareja estadounidense que no está pasando por su mejor momento acude con unos amigos al Midsommar, un festival de verano que se celebra cada 90 años en una aldea remota de Suecia. Lo que comienza como unas vacaciones de ensueño en un lugar en el que el sol no se pone nunca, poco a poco se convierte en una oscura pesadilla cuando los misteriosos aldeanos les invitan a participar en sus perturbadoras actividades festivas.

  • IMDb Rating: 7,5
  • RottenTomatoes: 83%

Película / Subtítulos (Calidad 1080p)

 

Midsommar tiene muchos elementos en común con Hereditary, la primera película de Ari Aster, pero muchos más que difieren. Son diferencias malvadas, casi juguetonas, planteadas como píldoras de veneno para las ideas preconcebidas que el espectador pudiera traer tras aquella magistral opera prima. Al fin y al cabo, cuando Hereditary fue saludada como una de las grandes películas de género de los últimos tiempos, Aster afirmaba que era un drama familiar que se convertía en una pesadilla, sin llegar a colgarle la poco cool etiqueta de «terror»

Por eso, cuando Aster anunció que su segunda película sería una pieza de terror rural ambientada en el solsticio de verano noruego, y empezó a mostrar imágenes y piezas que recordaban de forma inevitable a uno de los clásicos más respetados del folk horror, The Wiker Man (Robin Hardy – 1973), muchos nos acercamos con cautela a ‘Midsommar’. Independientemente de cómo el propio Aster categorizara su primera película, ‘Hereditary’ había sido una pieza muy divergente de las tendencias y las modas del género.

Midsommar, finalmente, resulta ser una película que juguetea con las convenciones de una película de terror a la vez que parece disfrutar frustrando las expectativas de quien vaya a verla creyendo que puede anticiparse a las intenciones de Aster. No porque la película plantee giros radicales a las convenciones del folk horror o incluso de las películas de jóvenes guapos y civilizados vs. monstruos rurales / cabrones del campo, sino por la forma plácida, anticlimática que tiene de discurrir la acción.

Una forma que le debe algo al estilo de Hereditary en su tratamiento del tiempo, a esa elasticidad viscosa propia de una pesadilla. Pero también funciona como reverencia a la atmósfera opresiva de la inevitable The Wicker Man, donde los primeros pasos que da el sargento Howie en la isla de Summerisle son, de partida, fangosos e inestables, y también el arranque de un tobogán directo a la desconexión total con el mundo civilizado.

Como en Hereditary, Aster inyecta en el relato negros presagios acerca de lo que va a suceder. El bagaje emocional de la protagonista, a flor de piel desde los primeros compases, está extraordinariamente bien narrado, con la soberbia dosificación de impacto puro y atmósfera ominosa propia de Aster. Estos primeros minutos despliegan unos designios que el espectador entiende y asimila, aunque si se tratara de una conocida en circunstancias normales, no dudaría en calificar de supersticiosos… lo que resulta brillantemente adecuado para lo que vamos a ver.

Tras la citada experiencia traumática, la joven Dani (Florence Pugh, de The Little Drummer Girl, de Park Chan-wook) decide intentar superarlo acudiendo en compañía de su novio Christian (Jack Reynor, de Sing Street y Free Fire) y un grupo de amigos de éste a experimentar unas fiestas veraniegas de raíz pagana en la Suecia natal de uno de ellos. Pese a una cálida recepción inicial, las costumbres ancestrales del lugar pronto se tornarán terroríficas.

Si el espectador se sobrepone al exigente ritmo que impone Aster -que no tiene nada de arbitrario y caprichoso, más bien todo lo contrario: obedece a un implacable indagar en las posibilidades del tempo narrativo como herramienta desestabilizadora-, obtendrá una película que usa ciertos códigos del terror para hablar de la necesidad y los peligros de la pertenencia a una comunidad (un país, una familia, una relación amorosa). O en el caso de nuestra heroína, la profunda desazón que le provoca el no percibir esa pertenencia. Aster quiere hablar de una ruptura amorosa, pero también del pasaporte directo al caos que supone la ruptura con todo tipo de lazos emocionales.

Midsommar discurre pareja al perpetuo, enorme gesto de sorpresa, pavor e infantil alegría -todo a la vez- de la radiante Pugh, y pretende ser la película de terror con menos oscuridad de todos los tiempos. Un propósito que impregna todos y cada uno de sus aspectos: de su ritmo que parece aplastado por el calor hasta sus estallidos de gore y violencia malsana (que tienen algo de revelador y festivo), pasando por sus inagotables temas (solo hay algo más canicular que un amor de verano: una ruptura de verano). ‘Midsommar’ da mucho más de lo que promete, engañosamente simple en comparación con Hereditary. Pero no os dejéis confundir por el ambiente: toda fiesta patronal esconde un ganso degollado. (John Tones – espinof.com)