Max Fisher, un alumno de Rushmore, una de las escuelas más prestigiosas del país, es el editor del periódico escolar y el capitán y presidente de numerosos clubs y sociedades; pero también es un pésimo estudiante que está siempre al borde de la expulsión. Max se enamora de Miss Cross, una joven y encantadora profesora, pero su cortejo peligra porque el señor Blume, padre de dos compañeros de clase, intenta también conquistarla.

Mejor Director y Mejor Actor Secundario en los Premios Independent Spirit 1998

  • IMDb Rating: 7,7
  • RottenTomatoes: 89%

Película / Subtítulos (Calidad 1080p)

 

La primera película de Wes Anderson, Bottle Rocket, sufre de un mal habitual en las óperas primas de los grandes cineastas: una limitación patente que proviene de una enorme falta de presupuesto, y eso hace que no termine de ser una obra puramente suya. En su siguiente trabajo, Rushmore, sin ser un derroche de producción, se notan unas posibilidades económicas más que suficientes para trabajar con el reparto adecuado y desarrollar con comodidad su universo. En ese sentido, creo que podríamos considerar esta película como el verdadero primer Anderson, y como primero que es, quizá sea el más puro. Así que me parece una decisión acertada incluirla en el ciclo de nueva comedia americana del festival de San Sebastián.

Ya tenemos todos los objetos de calculado esnobismo indie, el telón, los uniformes, los objetos pintorescos. La ornamentación que vemos en la película será la que marcará el tono de sus siguientes trabajos. Y por supuesto los personajes. El estirado y casi aristocrático decano Brian Cox, el siempre cínico y resignado Bill Murray en el papel de un exalumno de lujo. El grupo de críos, a veces organizados, que vienen a ser un preludio de los jóvenes de Moonrise Kingdom. Y sobre todo, el complejo y extremadamente excéntrico personaje protagonista de Jason Schwartman. Posee varios de los rasgos claves de los personajes favoritos del director. Se presenta a la vez como un triunfador iluminado (su enorme participación extraescolar) y se descubre al mismo tiempo -casi desde el principio- como un farsante perdedor incapaz de conseguir los objetivos más básicos. En lugar de buscar una transformación gradual de uno a otro extremo, toda la película mantiene esa dualidad, consiguiendo en muchas ocasiones un contraste delicioso entre la realidad y su concepto de sí mismo. Sus acciones son, como en los personajes que vendrán después, absurdamente ambiciosas (el acuario, su superproducción de teatro).

La banda sonora también es puro Anderson, con sus clásicos 60s – 70s, Cat Stevens, John Lenon; y con flirteos ya con la chanson francesa, Yves Montand. En cuanto a la composición en sí, repite con Mark Mothersbaugh con quien seguirá trabajando hasta que llegue Alexandre Desplat.

Aunque todas las piezas ya están ahí, en realidad cuando digo que es la muestra más pura del director, voy algo más allá. Siempre ha tenido una manera de presentar las emociones y los elementos dramáticos de una manera indirecta, subterránea – o subacuática en ocasiones – dejando que sea el espectador interesado el que vaya desentrañando de forma activa los momentos verdaderamente emotivos a partir de lo que se desprende. En cierta manera, este estilo puede dejar fuera a gran parte del público y ser una de las razones de algunos rechazos. Con el tiempo, se ha ido abriendo y colocando escenas más abiertamente emocionales, siendo Moonrise Kingdom, su última película, el ejemplo más claro. En Rushmore, sin embargo, no da un respiro al cinismo y a la distancia de sus personajes. Quizá, la indie más cruda de su filmografía. El Wes Anderson más puro.

Y llegamos al final y lo prometido es deuda, resumen. Hay una secuencia en Rushmore (la que muestra la exagerada lista de actividades extraescolares del protagonista) que contiene prácticamente todos los elementos del cine de Anderson y que por tanto confirma que ya en esta obra temprana había definido su personalidad, después se encargará únicamente de matizarla. Está su estilo de elección musical (Making Time de The Creation). Están sus encuadres artificiales, casi caricaturescos, muchos de ellos con los personajes mirando (o casi) a cámara. Está la excentricidad de su protagonista, absurdamente ambicioso. Los planos cenitales de objetos pintorescos. Su gusto por la caligrafía. El uso de los rótulos. El esnobismo. Está casi todo. (Iñaki Ortiz – PreCríticas.com)